Piano chino, de Étienne Barilier

Luis Bugarini.

Al ser un organismo en mutación permanente que subsiste de procesar y asimilar registros escritos de cualquier naturaleza, la novela no deja de sorprenderse a sí misma y a sus lectores con la multiplicidad de notaciones que habitan en sus páginas.

Encuentro cualidades en Piano chino (2020) del escritor Étienne Barilier (Payerne, Suiza, 1947), del que apenas se tienen noticias en el medio editorial mexicano y que ahora, gracias a la iniciativa de Librosampleados, se inserta en el mercado de la lengua española como un recordatorio de que es posible distanciarse del arraigado folclor de la triste realidad mexicana (las drogas, los luchadores, los migrantes, lo que dicte el periódico, etc.), para escribir una novela a partir de aquello de lo que los lectores huyen como si se tratase de la peste: las opiniones de los críticos.

Y es que en un movimiento inesperado, que lo mismo podría leerse como vacío creativo que como un anhelo de evitar que se pierdan las opiniones musicales del propio Barilier, Piano chino anda a caballo entre la posibilidad de quedar como un mero pastiche de dichos al vuelo, o erigirse orgulloso hasta sugerir la necesidad de debates urgentes sobre la importancia de la música actual en las artes, el maximalismo de la cultura musical europea o el asunto de la multiculturalidad en una Europa que para reconocer el valor del acto creativo aún pide (de manera soterrada) piel blanca, occidentalismo y cristianidad de los creadores.

El cruce de opiniones sucede entre ‘Frédéric Ballade’, “el crítico más agudo del mundo” y ‘Léo Poldowski’, “un celoso de la creación en todo dominio”, alrededor de una obra de la pianista china ‘Mei Jin’, a quien se le reconoce como un mérito destacado el siguiente: “evitar la catástrofe de la sobreinterpretación”. La novela de ideas tiene un camino largo en la tradición europea, no así la novela de opiniones, que más de alguno habrá confundido con aquella, debido a la falta de olfato. Sin embargo, su taxonomía como individualidad es genuina al no hallar su fundamento en nada más que lo que refieren los opinadores. Esto es, ninguno de ellos recurre a Hegel, Marx o Heiddeger para dar fuerza a su visión del arte o la Historia, sino que lo mismo Ballade que Poldowski se erigen como los últimos responsables de sus juicios. Así que su condición opinadora está libre de cualquier influencia externa.

Es previsible que la naturaleza especializada de las opiniones de dos críticos musicales pueda generar vértigo en lectores no especializados. Eso no debe ser motivo para abandonar la lectura, en cualquier caso, pues lo que ocurre en las páginas de Piano chino, en realidad, es una defensa exaltada de pasiones encontradas que no admiten cortapisas. Es un debate que huele a siglo XIX en el mejor de los sentidos. Aquel era una época de coraje y singularidad, contrario a esta época, en donde se publican opiniones limadas o, sencillamente, no se publican si es que afectan al “sentir general” por temor a un linchamiento mediático. En un escenario ideal, ambos críticos se habrían retado a muerte en un duelo bajo la lluvia de otoño.

Ahora bien, Piano chino resulta significativa porque la materia de los debates nos concierne. Un ejemplo de la pluma de Ballade: “…la música europea es la más elevada y pasa a ser, por consecuencia, por derecho de genio y de sufrimiento, la música universal”. Esta aseveración es la idea de un europeo promedio, que se relaciona con producciones culturales de otras latitudes con lejanía y exotismo y está convencido de que Europa es el sostén artístico/espiritual de todo cuanto hay de bueno, bello y verdadero en los objetos artísticos sin importar su procedencia. A ello, más joven que Ballade, responde Poldowski: “no creo en la superioridad de ninguna música, pues no creo en el valor definitivo de ninguna obra de arte”. La respuesta es un escándalo y no lo sería si Poldowski fuese un vendedor de periódicos, pero la pluma de un crítico escribe sobre el presente y se le tiene por responsable de sus afirmaciones. El primero defiende una idea inamovible de los valores universales de la cultura europea, y el segundo, lejos de proponer la inclusión del resto de las producciones, apela al relativismo del juicio.

Los hallazgos a lo largo de la novela son cuantiosos. Una de sus virtudes -subrayo sin jerarquizar-, es alejarnos del aserrín soporífero de los “debates de la actualidad”, como si alguien pudiese señalarlos con autoridad inapelable e instalarnos en el plano de revisión de fundamentos de la cultura actual. Piano chino aporta indicios, además, de que la materia novelística puede arquearse en ángulos hacia los que nadie intentó arquearla, por temor a que se revienten los materiales que sostienen la experiencia. La salud de la novelística europea es vigorosa y despliega lecciones para la nuestra, siempre nostálgica de la palabrería chiclosa del Boom latinoamericano, deudora de Faulkner in aeternum o de la aquella exhumación de palabras exóticas del neobarroco. Aún se requieren vías hacia la identificación de nuestro rostro en el tiempo (¡uno diferente!), que no sorprenda a los lectores de cualquier latitud por su exotismo y adornos de alebrije, sino por su fidelidad al modelo.

Barilier, Étienne. Piano chino. Traducción: Lucrecia Orensanz y Sharbel Pimentel. México: librosampleados, 2020.