Menos bella, más brutal. Nueva narrativa mexiquense

Miguel Ángel Hernández Acosta.

Hace 50 años el poeta Efraín Huerta escribió en el poemínimo “Lo dicho”: “Fuera / Del Metro / Todo es /Cuautitlán”. Con ello, tal vez, argumentaba que la Ciudad de México tenía su límite ahí donde el sistema de transporte colectivo era incapaz de llegar. Sin embargo, el crecimiento descontrolado de esta región pronto hizo que toda el área conurbada fuera devorada y se creara un territorio monstruoso que ya no sabe de límites ni fronteras, en donde lo mismo se confunde a un morador de la colonia Condesa con uno de Satélite, a alguno de Tlalpan con otro de Tlalnepantla. A diferencia del resto de la “provincia” que aún viaja a “México” (y con eso entiende que va a la capital del país), los habitantes de estas zonas limítrofes del Estado de México van a la Del Valle, al Foro Sol, a Ciudad Universitaria, a Tepito, como si el desplazamiento no fuera de una entidad a otra, sino en una misma zona urbana. Por lo tanto, viven y sufren las mismas cualidades y problemas; se somatizan con cualquier habitante de la ciudad y la introyectan como si la raigambre la tuvieran pegada a las siglas CDMX y no Edomex. Así, las personas quienes viven en esta zona metropolitana suelen ver el Zócalo del país y a las colonias de la ciudad como si fueran propias, y contemplan a su capital, Toluca, como un ente a quien un himno estatal obliga a tener en la memoria, pero que no llevan en el corazón.

En Menos bella, más brutal. Nueva narrativa mexiquense los personajes de estos cuentos viven la ciudad de México y no distinguen una geografía de otra. Si se les analiza de forma territorial, sólo aquellos que no viven pegados a la metrópoli son quienes se permiten abandonar las temáticas urbanas y van hacia la tradición. Los demás, viajan en Metro, beben en las cantinas del centro histórico de la capital (nacional) y ven a su estado como esa zona en donde los asaltantes se suben a las combis, donde los policías son capaces de extorsionarlos y robarles la dignidad, y donde la esperanza de la modernidad se difumina entre colonias asentadas en cerros, por más que intenten vivir de la gestión comunitaria o llenarse de la cultura que en apariencia sólo les ofrece ese gran faro colocado en Palacio Nacional.

Conformada por 24 relatos de la misma cantidad de autores (algunos de de ellos con premio literarios, y en su mayoría con al menos un libro publicado), esta antología muestra una narrativa joven que quiere gritar y romper moldes; que halla en la desazón y en las temáticas provocativas una forma de abrirse camino; que explora historias fuertes con tal de hacerse visibles. Enseña, además, un tono (tal vez generacional) de desencanto por el tiempo que ha tocado vivir a estos personajes. Por ejemplo, en “Rebabas de la hecatombe”, Carlos Balbuena apunta: “A la gente le gusta chingar: enséñales tu CV de debilidades y harán gala de sus mejores trucos para llevarte al diablo”. Asimismo, muestran este alejamiento del honor mexiquense que la violenta realidad les ha enseñado a olvidar o no creer, por lo que ven su territorio de una forma brutal. Así se aprecia en “Desde la otra orilla de la lluvia”, de Alejandro Reyes Juárez: “Papas y presidentes han elegido estas tierras salitrosas para recibir baños de pueblo: para mostrarse como exorcistas de los demonios de la miseria, como guías de rebaños ante un paraíso que abre con su sola presencia”. Es manifiesto también el acoso y las violencias que viven las mujeres. Eso se lee en “Cortos horizontes” de Lizeth Sosa Claudio, quien señala que a su personaje mujer, “la mirada de los hombres le subieron por las piernas como hormigas”. Y, por último, también se puede desentrañar ese impulso que los motiva para continuar adelante, para seguir a pesar de las nulas promesas del futuro. En palabras de Juan Mendoza, en “Kunderette”: “Ella borracha, yo también: hacía dos horas no nos conocíamos, pero ahora teníamos la oportunidad de partirle la madre al mundo”.

Estos personajes viajan en Metro y ahí descubren la sexualidad; viven entre pequeñas pandillas que son capaces de asesinar con tal de poner un escarmiento; se retiran a meditar al Lago de Guadalupe y después van a drogarse al centro de Coyoacán. Estos jóvenes (la mayoría de los personajes) son los desheredados de la Ciudad de México, y los parias del Estado de México.

Dentro del libro hay dos apuestas formales que muestran una madurez evidente. En “Evitando el sueño”, Julio Cé López narra la vida de Diego, quien se levanta a diario a las 6 de la mañana para acudir a trabajar. Una noche su cotidianidad se filtra en sueños y vislumbra esta rutina que nunca cambia. Sólo que hay un detalle diferente: mientras viaja en taxi rumbo a su oficina, a lo lejos ve a una compañera de trabajo (“era una mujer hermosa, rubia, de grandes ojos verdes, carácter fuerte y grandes ambiciones”), así que Diego toma esta casualidad como una oportunidad para abordarla. El sueño termina en desastre, por lo que, a la siguiente mañana, su rutina se convierte en pesadilla cuando cada uno de los pormenores del sueño (de su vida monótona) se repiten como han pasado siempre de lunes a viernes, y una noche antes en su sueño.

Por otra parte, Leonel P. Mosqueda, en “Historia de la marsopa que baila charleston” expone al lector a un personaje que de tan lógico parece loco. Su realidad, además, está alterada y no se sabe si cuando sucede es real para la narración, para el lector o sólo para el personaje.

Menos bella, más brutal. Nueva narrativa mexiquense es un rompecabezas que al estar completo muestra unas calles y espacios particulares, pero también a una generación de narradores que se abren paso con voces que no buscan complacer. Cada uno de ellos y ellas con una estética definida, buscan despertar al lector con un grito destemplado en el oído.

Moreno Hernández, Hugo César (compilador). Menos bella, más brutal. Nueva narrativa mexiquense, México: Ediciones Periféricas / H. Ayuntamiento de Tlalnepantla de Baz, 2021

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