¡Se buscan jóvenes escritores para grupo literario!

No pude parar de sonreír después de leer esta frase de la catedrática Ana Gallego Cuiñas: “no es lo mismo ser escritor del Boom que de McOndo”. Se refería a ese famoso movimiento, profetizado en el prólogo que acompañaba a una antología publicada en 1996, en donde Alberto Fuguet y Sergio Gómez reunieron a ciertos cuentistas españoles y latinoamericanos en un intento de contraponer su McOndo con el Macondo de Gabriel García Márquez. La adulteración del término responde a la famosa cadena de restaurantes, McDonalds, y todo el realismo mágico del capitalismo: una hamburguesa que sabe igual que otra, volviéndonos el mismo consumidor, pagando el mismo precio, pero creyendo que acabamos de consumir dos hamburguesas diferentes. Lo mismo sucede con los movimientos literarios: parecen distintos porque los impulsa la voluntad de parecerlo. Es probable que esté equivocado.

Siempre he sospechado de los movimientos literarios autogenerados. Y me crean sospecha porque todos están emparentados en cuanto a su artificialidad, pues son sus propios creadores los que declaran que, en realidad, existen, y que su realidad histórica está bien fundamentada… porque así lo imaginan. No solo eso: dado que se crean con el afán de la pluma que cree haber descubierto algo, también controlan sus significados, su producción y, más importante, su pertenencia. Sus manifiestos son, más que la búsqueda de una estética, la creación de un espacio para ellos mismos, el reparto de capitales simbólicos. Sin embargo, ¿no todo escritor busca su permanencia con las herramientas que tiene a la mano? Hasta hace poco pensaba que la operación de matar a los padres literarios era una idea trasnochada, de una revolución que no me correspondía, sobre todo por mi aversión a las armas.

Ya no más.
En una conferencia en 2010, el estudioso Gerald Martin, dijo algo interesantísimo: “A nadie se le ha ocurrido hacer literatura comparada dentro de la literatura latinoamericana porque todos intuyen que, con todo y ser veinte países, hay una sola literatura”. Lo menciono porque si un movimiento literario es, creo, la creación de un campo que busca agruparse, desfasarse, o incluirse en el canon latinoamericano -ese monstruo al que se le quiere o se le combate- entonces un movimiento literario tiene que, necesariamente, buscar la diferencia desde el interior y desde un principio, pues de nada sirve volverse Inquisición. No solo eso, pues dos de los últimos movimientos literarios en América Latina, el Crack mexicano y el McOndo chileno, parecieron renegar de la idea de una literatura latinoamericana. Es por ello por lo que propongo un movimiento literario en donde todos seamos contrincantes y en donde nuestro manifiesto pueda actualizarse a nuestro capricho. Nos unirán nuestras diferencias y evoluciones.

¿Para qué coincidir en todo?
Tanto el Crack como McOndo, buscaron -en intensidades dispares- una ruptura con el realismo mágico y, al mismo tiempo, su propia transparencia: todo movimiento literario aspira a su propia pureza, y es perfectamente aconsejable hacerlo, pues demuestran una preocupación por el futuro de la imaginación. Intuyo que ambos grupos respondieron a un mismo contexto, en donde “la identidad narrativa tradicionalmente aferrada a una geografía se empezó a debilitar, como la correspondencia entre Estado y Nación”, escribió Ana Gallego. Macondo, pues, dejó de ser un destino turístico para el escritor y se convirtió en una especie de abominación anacrónica que debía ignorarse, pero no destruirse. El Crack fue más ambiguo respecto al realismo mágico y quiso enfocar sus baterías en novelas totales y barrocas, pero, al igual que McOndo,a ellos también les urgía sacudirse su propia (futura) decadencia, que a todos nos llega.

Leonardo Da Jandra (1951), lo intuyó respecto a su propia generación, cuando en el prólogo de Dispersión multitudinaria (1997) dijo que “pertenezco a una generación destinada inevitablemente a la decadencia. Después de la grandeza solo puede venir la caída y era evidente (…) después de Rulfo, Borges, Paz, Sabato, Cortázar, Lezama Lima, Onetti, Guimarães Rosa, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y tal vez una decena más de titanes…”. ¿Cómo hacer una obra con el peso de tanto mundo imaginado? ¿Eso era lo que tanto McOndo como el Crack, una generación después, buscaron evitar? ¿No es el mismo nombre del Crack un reconocimiento implícito de este hecho, es decir, que después de una expansión casi sin límites vendrá un reordenamiento, necesariamente una implosión? Quizá sea la ambición por la permanencia en la mente del lector el verdadero motor para atreverse a la totalidad, al preciosismo o a la densidad en una obra literaria. Llegamos, de esta forma, a la más triste de las conclusiones: el escritor es un político frustrado que aspira a otro tipo de púlpito.

La oferta de estos dos grupos suena tentadora: la enunciación de ciertos principios que se enumeran no tanto por una estética colectiva, sino para distanciarse de ese reproche histórico que los comparará en algún momento con los demás. Es decir: el mundo es otro, ya no necesitamos otro Macondo, hagamos el nuestro, aunque sea deformando el nombre. Sin embargo, a McOndo lo unió un desdén inexistente y, según Gerald Martin, históricamente inexacto, pues, “la familiaridad más superficial con la historia de la novela latinoamericana nos demuestra que García Márquez no había inventado el realismo mágico, cuyos orígenes se remontan a los años veinte y cuyo apogeo llegó a finales de los 40, con Asturias y Carpentier”. Quizá, sin embargo, no se trate de un error sino de una elección plenamente consciente, pues McOndo no solo implica una respuesta literaria, sino de geopolítica cultural, en donde acabar con los regionalismos implicaba también actualizar el nombre de lo local y lanzarlo al circuito neoliberal, global, o migratorio. El punto aquí era estrenar algo: la literatura latinoamericana no podía reducirse a no conocer el hielo. Me parece que Jorge Fornet intuyó algo así, pues “Chile es el sitio donde con más éxito se ha experimentado el proyecto neoliberal”, mientras que México “fue pionero en suscribir un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos”. De esta manera, concluye, “ambas tendencias, la de McOndo y la del Crack, encarnan la lógica cultural del neoliberalismo latinoamericano”. Ambos movimientos nacieron en países en donde pensar en Macondo era ya un despropósito. Había que reemplazarlo con una realidad que no estableciera sus propias reglas cerradas. McOndo, por un lado, aspiraba a lo plural, lo cruzado, lo desechable. El Crack, por el otro, a “la reflexión teórica y filosófica, y el relato histórico”, escribió Ana Gallego.

Estas elucubraciones me llevaron a sentir, por primera vez en mi vida, un miedo muy específico: el de la soledad literaria. Me pregunté, por primera vez, qué tanta colectividad existe en un libro individual, y si los esfuerzos del escritor por aparecer con su nombre en la portada no forman parte de una farsa de la que, sin embargo, no es posible escapar, pues, ¿qué tanto nos corresponde a nosotros mismos en la novela que creamos? ¿Qué tanto nos es ajeno?

Recientemente, Dominique Lear, en un ensayo, desmiente aquel mito en torno al cual García Márquez escribió encerrado en su cuarto Cien años de soledad, y más bien “durante el año y medio que dedicó a escribir la novela, García Márquez pasó horas al teléfono con sus amigos, o acudiendo a cenas, donde leía capítulos en voz alta y atendía a las reacciones y sugerencias de su público”. Entonces, ¿es Macondo una creación colectiva? ¿Son nuestras novelas plagios recombinados, parchados, y vueltos a hacer? Y más importante: ¿a todo escritor le hubiese gustado escribir Cien años de soledad? ¿Se acaba la novedad de Macondo (García Márquez), de Comala (Rulfo), de Ixtepec (Garro), de Santa María (Onetti), de Santa Teresa (Bolaño)? ¿Es necesario escapar de esos espacios para crear los nuestros? ¿O Macondo tiene un estatuto especial, inacabado, al que siempre regresaremos?

Es por ello por lo que llamo, con toda solemnidad, a los escritores jóvenes más insignes de mi generación para volver a pensar, en nuestra literatura, ese abismo latinoamericano que ahora parece desfasado u olvidado por escritores más interesados en la auto ficción o en la ideología. Esto no es un manifiesto, apenas un deseo. Busquemos en la historia lo que el presente califica de novedoso y regresemos al Macondo tan odiado, no para quedarnos ahí, sino para ver, con los pergaminos de Melquiades, un nuevo lugar. Habría, sin embargo, que olvidarnos de Macondo y apoyarnos, más bien, en la pluralidad de las voces de Comala para llegar a ese nuevo espacio. O mejor aún: Macondo representa la fecundidad de las generaciones,
Comala, en cambio, la progresión de la muerte. El mundo que los jóvenes escritores heredaremos parece ser, justamente, ése: el de la disolución de los cánones, el del exterminio de una disciplina, la ironía como nuevo idioma.

¿Será conveniente aspirar a algún orden?
Lo que McOndo quiso hacer, Borges ya lo había imaginado, pues el argentino remite “a una tradición de la narrativa hispanoamericana en la que se defiende el derecho del escritor a escoger con libertad sus horizontes”, escribió la crítica Verónica Cortínez. Acaso los fundadores de McOndo ya lo sabían, y su movimiento no es otra cosa que una redefinición pop, urbana, y global de una literatura –la latinoamericana– que oscila, según Gerald Martin, “entre una visión americanista y cosmopolita de su empresa creativa”. Por lo mismo no sorprende que en el I Encuentro de Autores Latinoamericanos, organizado por Seix Barral en 2003, los participantes, entre los que se contaron varios miembros del Crack y de McOndo, buscaron “la reelaboración de conceptos como lo latinoamericano, el escritor”, escribió Ramón Alvarado Ruíz.

¿Es necesario redefinir el papel del escritor en la plaza pública para imaginar un nuevo tipo de literatura? Yo creo que no. El escritor entenderá que las cuestiones materiales, políticas e históricas desde donde se proyecta y se imagina han cambiado, y eso bastará para crear su obra. No digo que no se deba hacer una crítica consciente del pasado y de nuestra tradición, sino que la mejor forma de hacerlo es atendiendo al presente y, tal vez, adivinando un futuro mediante la escritura, en donde el tiempo se encargará de verificar, o no, una estética. La literatura de la violencia en México, por ejemplo, responde a un entorno de dolor y horror que nos ha tocado vivir, no a ninguna reelaboración de hacia dónde deberíamos ir. Y lo mismo si alguien no escribiese sobre ello: es una decisión presente que juzgará el futuro.

Estos laberintos recuerdan a las advertencias respecto a los Estados Unidos que hizo José Martí en su ecuménico “Nuestra América”, a José Enrique Rodó y su “Ariel” y, más recientemente, a Roberto Fernández Retamar en “Calibán”. Hay una tradición consciente y paralela para encontrar una identidad latinoamericana -la gran obsesión de muchos- que nos defina como unidad cultural y que tantos quebraderos de cabeza nos ha dado. Es un intento fútil, pues hasta donde entiendo la identidad es un elemento cambiante, caprichoso, siempre incompleto.

Su naturaleza es, precisamente, no tenerla. ¿Es Rubén Darío latinoamericano a pesar de escribir de gnomos y princesas? ¿Es Clarice Lispector, una escritora multifacética y misteriosa, latinoamericana? ¿Lo es Jorge Luis Borges?

Sí: existe la literatura latinoamericana, pero ya no atravesada por formas regionales de la imaginación, sino por escrituras que cruzan el espacio global, y que buscan en lo abierto algún tipo de anclaje, que terminará siendo obsoleto. “La dualidad, local-global, traducida desde el siglo XIX al binomio nacional-extranjero, vuelve a manifestarse en este momento”, escribe Alvarado Ruíz. Es decir: nada nuevo bajo el sol, solo las formas en que se presenta y los espacios que atravesamos. “A la hora de definir lo latinoamericano, por su parte, los autores de McOndo proponen un inventario tan incluyente y sesgado que, sin dejar de ser cierto, diluye, por exceso, cualquier posible proyecto continental”, escribió Jorge Fornet. Tiene razón: es fácil ser profetas si incluimos nuestro propio futuro, y nuestro propio proyecto, como parte de… ese mismo futuro. Entiendo la seducción que la globalización opera en las formas en que escribimos y concebimos nuestra literatura, pero tiene que haber algo más allá de McDonalds. Es decir: para que una literatura se vuelva relevante necesita presentar sus productos –sea Macondo o McOndo– con una voluntad de continuidad, que se ocupe -está bien- de los productos del mercado, pero con los gestos de la tradición: estilo, búsqueda de la permanencia, ambición literaria. Es por ello por lo que es un nombre afortunado: aquel lugar de Juan Rulfo no desaparecerá, así como tampoco es posible rehacer y continuar los hitos del pasado bajo las formas efímeras del presente. Desechemos la serialidad de McDonalds: hay que darles la bienvenida a los miles de resultados de Google que, para la página diez, ya son piezas de museo. Solamente así nuestro movimiento literario podrá cobrar relevancia: como un bucle infinito de posibilidades.

En 2006, diez años después de la publicación del famoso prólogo que llevó a Alberto Fuguet a la fama, el chileno se quejó en una entrevista con el periódico La Nación de que “no se habla del libro, se habla del prólogo”. Cómo no: a menos que una gran obra salga del grupo, pervivirá la voluntad colectiva de su creación, sus estructuras afectivas, y la voluntad de su supervivencia, pero no mucho más. Gracias a este tipo de escritores, la alfaguarización de la literatura se ha acelerado. ¿Qué significa esto? La identificación de un tema cultural que pueda capitalizarse y, al igual que una BigMac, producirse con los mismos ingredientes, pero ofreciéndole a cada lector una experiencia distinta. Es decir: una BigMacización de lo literario disfrazada de una antropología del descubrimiento semanal. Esto tampoco es novedad. De esta forma, el sueño de los mercadólogos –que ven en cada publicación clásicos a granel– se topa de bruces cuando la literatura les exige tiempo, el gran enemigo de las cintillas que abrazan los libros en la mesa de novedades.

Veinte años después de McOndo, en 2016, Alberto Fuguet vuelve a cometer el mismo error que en 2006, en el mismo periódico, aunque no, por suerte, con el mismo entrevistador. A la pregunta de qué es lo que hace en estos días, el escritor responde: “Mucha prensa”. Con razón.

P.D.
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