La banda, de Frederic Thrasher

Por Hugo César Moreno Hernández.

La traducción de The Gang, de Frederic Thrasher, realizada por Carles Feixa y María Oliver, más que una apuesta editorial, significa traer al mundo hispanoparlante una obra clásica muy necesaria para la comprensión del fenómeno de las pandillas contemporáneas. La obra de Thrasher es un clásico de la sociología en cuanto sus hallazgos y premisas siguen con la vigencia necesaria para ayudar a comprender y afrontar este fenómeno.

Thrasher comprende que la banda tiene una existencia liminal, pero se desarrolla en un espacio social específico, “las bandas habitan en las sombras del suburbio […] Viven en un mundo distintivo propio” (61). En ese espacio social proliferan y establecen relaciones con el resto de la sociedad, asumiendo singularidad tanto hacia fuera como hacia grupos igualmente marginales.

El intersticio es el concepto más representativo de la obra. Los intersticios aparecen en el medio de los objetos sociales, en espera de ser ocupados:
…el concepto más significativo del estudio es intersticial, es decir, perteneciente a espacios que se interponen entre una cosa y otra. En la naturaleza la materia extraña tiende a acumularse y apelmazarse en cada grieta —en los intersticios—. También hay fisuras y roturas en la estructura de la organización social. La banda puede ser vista como un elemento intersticial en el marco de la sociedad (80).

El intersticio es espacio habitado y cuando no es problemático, sus habitantes quedan tan invisibles como la ausencia de distancia entre un elemento y otro percibida por un ojo no atento. Ahí donde las sociedades promueven mayores distancias y “condiciones desordenadas”, los intersticios serán más tibios, invitando a su habitación. La banda no es, en sí, habitante del intersticio, “estas condiciones desordenadas no producen directamente bandas, sino que la banda es un crecimiento intersticial que florece donde hay ausencia de otras instituciones o están fallando a la hora de funcionar de forma eficiente. Es un síntoma de la vida desordenada de la frontera” (595). Ante la inoperancia o disfuncionalidad de las instituciones sociales más elementales (familia, escuela, iglesias, trabajo, etcétera), la marginación abre y ensancha intersticios, donde sus habitantes descubren en la banda una mejor manera de habitar y de crear intersticios.

No hay que olvidar la perspectiva ecológica y profiláctica de Thrasher, miembro de la Escuela de Chicago (a este respecto, la introducción a la edición en español es lectura obligada para comprender las implicaciones de esta filiación), esto define su observación. La desorganización social es metáfora de desequilibrio ambiental, producto de la introducción de elementos ajenos en un medio ambiente, sin embargo, sería muy necio intentar encuadrar al autor y sus correligionarios en una ideología conservadora o reactiva. Sus observaciones son suficientemente críticas como para exigir un cambio en el punto de vista sobre el fenómeno de las bandas, y el diagnóstico no es muy diferente a estudios actuales, sobre todo cuando comprende que la banda “ofrece un sustitutivo para lo que la sociedad falla en aportar; y proporciona un alivio de la supresión y el comportamiento desagradable” (98). La definición de Thrasher para la banda, implica la diversidad de circunstancias y podemos asumirla vigente:

Una banda es un grupo intersticial formado en su origen espontáneamente e integrado después mediante el conflicto. Se caracteriza por el siguiente tipo de comportamiento: encuentros cara a cara, peleas, movimientos en el espacio como si fuera una unidad, conflictos con grupos similares y planificación. El resultado de este comportamiento colectivo es el desarrollo de una tradición, una estructura interna no reflexiva, esprit de corps, solidaridad moral, orgullo de grupo y vínculo con un territorio local (118).

Carles Feixa (2019) interviene esta definición para incorporar características contemporáneas tales como: la transnacionalidad, muy ligada a las relaciones on line o en el mundo digital, motivadas por la complejidad de los procesos migratorios actuales y la afectividad, algo que había quedado fuera de la definición clásica, aunque no del estudio final. La visión de Thrasher no es criminalizante: busca comprender el fenómeno a través de aquello que ofrece la banda a los jóvenes que la integran, asuntos primordiales para cualquier agente social, como conciencia de grupo, pertenencia, solidaridad duradera, lealtad, líderes reconocidos (121), todo esto construido desde el estar juntos.

La falta de supervisión adulta crea intersticios. La cualidad atractiva del Chicago de los veinte del siglo pasado, sitúa a poblaciones desterritorializadas bajo exigencias de adaptación acelerada imposibles de lograr, lo que posibilita mixturas y conflictos que en sí son ya intersticiales. Para Thrasher, esto supone una crisis de tradición. El resultado de este problema es que impone su propio margen, se quiebran instituciones y de entre sus grietas aparecen espacios sociales fácilmente habitados por los jóvenes cuando están “sueltos” a yugos adultos bien definidos, debilitados por las circunstancias económicas y políticas: “Gradualmente la banda suplanta el hogar, la escuela y la vocación, y se convierte en el principal interés del muchacho” (143), la banda es subcultura, pues la producción de sus valores retoma y exacerba los valores ad hoc de la cultura general, “la calle educa con fatal precisión. Estos aspectos informales de la educación son mucho más vitales en la vida del niño que las formas convencionales. Los niños en estas áreas suelen ser prematuramente despiertos” (209), lo que implica que la falta de supervisión adulta no significa ausencia de adultos, sino que los influjos de éstos no son recibidos desde la escuela, la casa, la iglesia o el trabajo, sino en relaciones callejeras.

La observación profunda del fenómeno de la banda, implica la intromisión a la intimidad del intersticio, reconocer las dimensiones que le dan forma y cuestionar perspectivas unidimensionales. El trabajo de Thrasher tiene la profundidad necesaria para desmarcarse de visiones puramente criminales o de una psicología de la desviación, donde el sujeto se supone único responsable de la toma de decisiones. La banda es resultado de relaciones sociales complejas y no de la burda creencia sobre alguna maldad innata en el individuo, ya sea por falencias orgánicas o psíquicas.

La banda es el encuentro de muchachos en un entorno marginado donde las posibilidades para encontrar direcciones adecuadas a las necesidades del resto de la sociedad están limitadas o, de plano, canceladas para jóvenes “saludables” que buscan desfogar energía, encontrar pertenencia, reconocimiento, respeto y poder. Presentarse a sí mismo y a los otros, sobre todo entre pares, lleva a una “forma de comportamiento conflictivo que implica riesgo” (155) y si no existen derroteros suficientes para alcanzar estos objetivos básicos para el desarrollo de cualquier personalidad, la banda se presenta como instancia de suplencia.

La banda no aparece con el fin de cometer delitos. Pero cuando el delito se convierte en actividad riesgosa desde donde se adquiere prestigio y respeto, entonces deviene en rutina del grupo, siendo valorado según su dimensión cohesiva. Las valoraciones internas de la banda, a pesar de ser reflejo del entorno inmediato, suelen ir a contrapelo de los valores generales de una sociedad. Se trata de hacer patente la separación respecto a las reglas, leyes, normas y costumbres del resto de la sociedad, es un grito de existencia:

La banda se desarrolla como una respuesta a la sociedad. El grupo social al que el pandillero pertenece no ha sido capaz de proporcionarle actividades organizadas y supervisadas adecuadas para absorber sus intereses y agotar sus energías. Un muchacho activo sin una vía de salida para sus energías es un muchacho inquieto, buscando satisfacciones que no puede nombrar, deseando experimentar, curioso sobre esto y aquello, ansioso por escapar de cualquier vigilancia que se le imponga. La banda resuelve este problema, ofreciéndole lo que la sociedad no ha sabido proporcionarle (337).

Lo que la banda ofrece a los jóvenes es la posibilidad de participar activamente en la toma de decisiones en aspectos tan elementales de la vida social como la creación de valores éticos, en la constitución de apreciaciones y producciones estéticas y lingüísticas. Para muchos jóvenes, la banda se convierte en el único lugar donde su voz, sus cualidades y su presencia tienen valor en la medida de su participación en el grupo.

En la última parte del estudio, Thrasher ofrece vías de tratamiento para resolver los problemas ocasionados por las bandas, pero no para disolver a las bandas. Hace énfasis en la necesidad de entender al juego, la diversión y el valor del riesgo como elementos de fusión entre jóvenes, fluidos de sentido con los cuales la viscosidad del estar juntos se solidifica en la banda. No se trata de entender al pandillero en solitario, como se definiría desde los estatutos de la modernidad, sino como resultado de las relaciones complejas que producen el intersticio donde los muchachos serán productores de sus propios espacios en colectividad y tampoco es adecuado configurar esquemas de comprensión basados en supuestos filamentos de desviación cuando se trata de jóvenes perfectamente sanos, en la medida que esa salud le impulsa a acercarse al mundo de cierta manera. Porque “para entender al pandillero uno debe entrar en su mundo con comprensión, por un lado, de la seriedad tras su máscara de ligereza y bravuconería; por el otro, del papel del romanticismo en sus actividades y en su interpretación del más amplio mundo de la realidad” (202). Sobre todo, es preciso acercarse al fenómeno apreciando aquello que la banda ofrece a sus miembros, porque no es sólo juego y diversión, sino también valores éticos, estéticos y lingüísticos donde ellos participan activamente en su generación. “la banda no carece por completo de habilidad para organizar los intereses del muchacho. Muy a menudo esto es lo único que hace por él, porque tiene algo similar a un programa que implica varias empresas en las que sus miembros pueden implicarse. De este modo el muchacho se vuelve «alguien», consigue un papel en el grupo y participa en sus hazañas” (629). Los pandilleros se deben a la banda porque ésta les ha creado como entes válidos a los ojos de sí mismos. Disolver la banda no saca a sus miembros del peligro de la vida delincuente, simplemente les mutila.

Estos “grupos sociales vitales” de los jóvenes con problemas con la ley (o en conflicto con la ley) son, sin duda, espacios de socialidad, relaciones horizontales entre pares. Más que tratarse de una condena a la banda como grupo delincuente, Thrasher establece que sí hay delincuencia en la banda, como un comportamiento contradictorio respecto al resto de la sociedad, una vía más de consolidación del estar juntos cuyo principal resultado es poner a la banda en conflicto con la sociedad y, sobre todo, con la ley y sus representantes. Una visión más amplia sobre el fenómeno, no significa dejar de ver la comisión del delito por pante de los pandilleros, sino comprender cómo opera en los procesos de producción de subjetividad, porque “la banda es un factor […] que facilita la misión del delito y expande en gran manera su propagación y rango. La organización de la banda y la protección que proporciona […] la convierte en un instrumento superior para la ejecución de empresas criminales” (478). Esto sucede debido a la orientación de conflicto del grupo, a la manera en que produce sus valores y cómo entran en oposición con los valores generales de una sociedad. El punto aquí es, en primera instancia, reconocer que “no se puede poner en duda que la asociación íntima en actividades de la banda es mucho más vital a la hora de modelar al muchacho que ningún tipo de enseñanza convencional” (481). Por otro lado, entender que no existe el delincuente a nivel ontológico, o el desviado o malvado como identidades realmente existentes, sino todo un tramado de situaciones que producen las grietas sociales.

El tratamiento del fenómeno está siempre bajo el riesgo de caer en un acercamiento puramente criminalizante, cuyo resultado, en lo inmediato y a la postre, es la producción de subjetividades bien ancladas en la vida delincuencial, no por una supuesta predisposición física o psíquica, sino por la sobremarginación a la que son sometidos los sujetos víctimas de los sistemas judiciales. En ese sentido, la banda debe ser vista como un todo sobre el cual intervenir, porque, como dice el autor: “El problema de competir con las actividades despreocupadas de la banda es difícil, y requiere un alto grado de inteligencia y entendimiento por parte de cualquier líder o agencia que intente afrontarlo” (590), pues debe ofrecer alternativas válidas para la realidad económica y social de los muchachos, respetando sus agregaciones y los reconocimientos ahí obtenidos, como liderazgos y pertenencias.

Referencias
Feixa, Carles (2019). Investigando bandas juveniles en tres continentes. En OMNI Nº. 238. Disponible en: https://repositori.upf.edu/bitstream/handle/10230/42337/feixa_omnia_investigando.pdf?sequence=1&isAl

Thrasher, Frederic M. (2021). La banda (The Gang). Un estudio de 1.313 bandas de Chicago. Barcelona, España: NED ediciones-SIJ UNAM-TRANSGANG.