Doce cuentos negros y violentos

Por Hugo César Moreno Hernández.

En años recientes, el llamado genero negro o policiaco ha tenido un empuje importante.
¿Qué tipo de narrativa nos depara este género por parte de escritores de Honduras? No sería prudente afirmar que la antología Doce cuentos negros y violentos define a la literatura hondureña. Aquí se trata sólo de doce panorámicas que nos permiten ver con mayor amplitud la literatura contemporánea del país centroamericano y, quizá, podamos irnos con la finta y asumir que va por ahí el asunto. No lo sé. Pero si va por ahí, la inmersión promete agradables sorpresas y la conmoción que sólo el arte puede proveer. Doce cuentos negros y violentos es ejemplo claro de que si el contexto es violento, el autor, en la búsqueda de la belleza, sólo puede usar la violencia como elemento central para confeccionarla. El resultado es una belleza ominosa capaz de mostrar al desnudo las cuitas de una nación ensangrentada, pero sin aspavientos, con deliciosas narraciones.

Como sucede en cualquier colección, los tonos, las apuestas, las búsquedas de cada autor entran en conflictos estéticos, poniendo en aprietos al lector para decantarse hacia una u otra decisión autoral. Por mi parte, soy lector de gustos muy definidos, lo que necesariamente me alineó más a unos que a otros, pero, en general, la antología Doce cuentos negros y violentos tiene gran calidad. En ese sentido, quizá haya sido decisión editorial, pero suponiendo que el editor no comparta mi perspectiva estilística, la elección de EL MUNDO ES HERMOSO de Samuel Trigueros, como cuento abridor, fue la mejor. Es el cuento que más me gustó y como entrada a la antología, estratégicamente hablando, quizá un acierto. Sin embargo, quiero pensar que se trató de una apuesta, pues el cuento no es de fácil lectura, su diseño implica un lector con cierta trayectoria. Lo que sí atraparía a cualquiera, nuevo o viejo lector, es la historia: un sicario en cumplimiento del deber con una historia familiar pisándole los pasos. La muerte se funde en el girar eterno de la existencia: “Una muerte pequeña que le hizo ver que todos pendemos de un hilo muy frágil y que se puede morir en cualquier instante, sin motivos”. La muerte, como expresión de la violencia, aunque no siempre como su última expresión, invade cada página del cuento, mostrando su trazo geográfico, líneas de buses subiendo, mototaxis esparciéndose en la búsqueda, bosque recibiendo pisadas y el final cerca de la carretera: “Nunca le ha temido a la muerte, pero esta vez, por primera vez, piensa en la salvación. Cansa matar”. En este cuento, Samuel Trigueros nos muestra cómo el devenir del victimario a víctima es síntoma del carácter circular de la vida-muerte, y que “Huir es parte de la vida”.

Me parece que en Latinoamérica el género negro exige tintes fantásticos, por lo menos salidas poéticas al estilo del llamado realismo mágico. En LA PAGA DEL DIABLO, Javier Suazo Mejía recurre al artilugio sobrenatural para mostrar otro poco de la violencia padecida en Honduras. Un detective con capacidades paranormales metido en un entuerto en el que nada tenía que ver y al final estaba demasiado implicado. Para ayudarse en sus pesquisas, tortura informantes en el plano de existencia entre la vida y la muerte: “Lo molí a golpes. Si no fuera porque ya estaba muerto, lo habría dejado cadáver en aquel lugar”. LA VOLEA PERFECTA de Cristian Rodríguez es una parodia humorística donde el periodismo deportivo, el desamor y la miseria se tejen para burlarse de las “buenas artes” de la investigación policiaca: “Aquello se trataba de arrastrar cuerpos, pero, ¿acaso el periodismo no consiste precisamente en arrastrarlos, ya sea muertos o vivos? En San Pedro Sula eso era el pan de cada día”. No resolver crímenes, sino mostrarlos para que hablen mejor.

Giovanni Rodríguez, con LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL SUGAR DADDY deja una postal que bien puede representar a muchas de las ciudades latinoamericanas: “al escuchar la primera detonación, se lanzó de pecho al piso y se mantuvo ahí, experto ya en esos casos de supervivencia urbana en el Tercer Mundo luego de varios episodios parecidos, hasta que sólo hubo silencio en el establecimiento y el humo y el olor a pólvora se dispersaron”. En este cuento los actos violentos se entrometen en la vida de una persona pacífica como si se tratara de humedad carcomiendo muros. JOHNNY LLEGA A MORIR AL BAR es la aportación de Felipe Rivera Burgos, la sordidez de una ciudad de paso, la sordidez de la miseria, los vicios y oficios ahí desplegados, son como “acercarse a la pared donde la muerte trazó un dibujo violento con la sangre”. NO HAY ESPERANZA PARA UN NEGRO de Xavier Panchamé, ilustra otras taras del país centroamericano, el racismo y la conjunción de identidades, digamos pandillas. Lo interesante es que no toma el caso obvio, sino una especie de club transnacional cuya línea de unión es una especie de supremacía blanca. La culpabilidad de la raza queda implícita en el comentario de uno de los personajes: “Quedaron libres. Un abogado llegó por ellos. Las pandillas cuentan con abogados, administradores, secretarios; escogen a los más chispas y les pagan la universidad”, describiendo así parte del imaginario imperante en la sociedad hondureña acerca de la violencia.

En EL TIPO DEL YATAGÁN, Raúl López Lemus recurre a cierto aire fantástico, delirios para perfilar la locura del tugurio: “Los bolitos que vienen a estos lugares están tan ensimismados por el alcohol que son incapaces de proferir alguna amenaza. Son restos de gente, fósiles humanos que ya no tienen deseos de vivir”. Mientras que Mario Gallardo presenta un cuento de estructura compleja, LAS VIRTUDES DE ONÁN. Está entre los que más disfruté del libro. Un tipo extraño, con ínfulas intelectuales y amistades abisales, colecciona recortes de la nota roja, reflexiona sobre su ser abismado y el hoyo donde habita: “¿En qué momento se había jodido Honduras? Porque era incuestionable que la premonición adelantada desde la descabellada decisión de adjudicarle nombre de abismo, ahora se había convertido en una flagrante realidad”. Sus apetitos son básicos: “sólo queremos vivir cada día como si fuera el último, ser extremos y marginales, fumar mota, escuchar rock y beber cerveza hasta morir”. Sus tropelías también pasan por elementales, pero en un medio ambiente inhóspito, cualquier actividad es de alto riesgo.

Es claro que la violencia se convierte en asunto de interés público cuando alcanza a quienes no debería alcanzar, en BALADA DEL ÚLTIMO YUGOSLAVO VIVO EN LA TIERRA, Darío Cálix despoja a Honduras de cualidades civiles para dejarla hecha un yermo selvático donde cazadores infames realizan sus crueles actividades sin miedo, acaso el terror devuelto por el espejo. Si hay un sujeto cuya recepción de la violencia provoca más espasmos, sería el sujeto infantil: “un niño en una desnudez tal que se le miraba la falta de mierda y de espíritu en el estómago, un niño sin pupilas, nada más que una carcasa a ser botada en el cesto de la basura tras el acto, con un par de rojizos lempiras metidos en el ano”. La dureza del cuento es tal que la ficción funciona como relato de horror, sólo con está derivación es posible conciliar el sueño.

NADIE OLVIDA NUNCA A UNA CHICA ALMODÓVAR de J. J. Bueso es de los más divertidos y apabullantes, estaría dentro de los que más gocé. Transexuales, escritores que no escriben, escritores que escriben por venganza (“ya varias veces he identificado a personajes reales en sus relatos, se escudan en la ficción para vengarse de alguna afrenta”), prostitutas, instituciones corruptas, suicidio, viaje a Barcelona, porn star. Elementos bien enlazados para contarnos que en Honduras “no hay detectives para nosotras, no existen detectives para los aberrados. Sólo hay un odio letal pregonado hasta con saña como ‘justicia divina’ cuando nos matan”, a decir del exprofesor universitario, ahora matrona trans. En este cuento, las voces se interponen unas a otras, se meten el codo para entrar, se suicidan para salir o son arrastradas por policías militares. Es un cuento negro o noir a la latinoamericana o, al menos, como imagino debería ser el subgénero en este hemisferio: “Aquí no habrá detectives, ni historias ni esperanzas”, sería el canon a seguir.

ESCENA DE UN CRIMEN, de Manuel Ayes, es el relato más corto, más sencillo y, al serlo, el más eficaz para desnudar la naturalización de la violencia en nuestras sociedades: “se oyen los balazos: una tronancina de mini-Uzi que se revuelve con el reguetón a todo volumen de los buses”, imagen fácilmente replicada en cualquier urbe de la región. Una pareja escucha el revuelo, alcanza a ver el cadáver y después de leve acceso de curiosidad, culpa y miedo, vuelven a los suyo implicando cotidianidad. Espeluznante.

El libro cierra con el cuento SI TE VI, NO ME ACUERDO de Dennis Arita. Se trata de un cuento noir a la hondureña con todos los elementos del subgénero, pero lumpenizado, por decir algo. Sucede en la década de los ochenta, cuando el consabido detective es buscado para descubrir el paradero de una mujer anciana con dones necrománticos. “Yo vivía en una de esas ciudades en las que uno podía quebrarse a un jodido, agarrar un bus, bajarse a diez cuadras y sentirse seguro de que podía empezar una nueva vida sin problemas”, dice el protagonista del cuento y con esto nos pone en situación: cualquier caso, por baladí que fuera, podría ser peligroso. Pero como no está implicado y le pica la curiosidad y el hambre, lo toma: “Es lo malo de estar vivo: que siempre hay tiempo de arrepentirse”, acepta cuando el caso se tergiversa paródicamente en una muestra de la colusión entre poderes económicos y públicos.

Doce cuentos negros y violentos resulta un muestrario para otear en la literatura hondureña contemporánea. Los exponentes antologados muestran oficio y recursos estilísticos que sólo el entorno puede ofrecer. En sí misma, la obra es disfrutable. Por otro lado, invita a llenar la agenda y activar el motor de búsqueda para internarse en la obra de los autores.

VV. AA. Doce cuentos negros y violentos. San Pedro Sula, Honduras: mimalapalabra editores, 2020.