Vicente Leñero: el más ameno de los chismosos

Debería haber una sección, en todas las librerías, dedicada a las intimidades. Quizá ya exista en algún rincón del mundo actual, plural y desorganizado, estos signos de nuestro tiempo. Lo cierto es que Vicente Leñero (1933-2014) rozó esos guiños de lo secreto que nos permiten inmiscuirnos en la vida de los demás. Hablo de Lotería: retratos de compinches (Joaquín Mortiz, 1995) una especie de memoria repartida en donde Leñero lo mismo aparece como francotirador que como voluntarioso amigo. Por el libro desfilan retratos literarios de José Donoso, Manuel Puig, José Emilio Pacheco, o Carmen Balcells, entre otros. Este tipo de libros, me parece, solamente pueden escribirse cuando la mayoría de los aludidos están muertos o son inofensivos. Leñero concibe estos retratos literarios como una piedra en el zapato que tenía que sacarse eventualmente. Esto no es un reproche, pues lo que Leñero hace es prudencia y pedagogía, una educación oracular que le sirve a cualquier escritor. Se nota, en este Leñero de confidencias, una ligereza juguetona y una inocencia atrevida. Hay mucho que rescatar, como cuando llega a escribir sobre el poeta Elías Nandino.

Entre esos grandes –de alguna manera marginados o simple y hábilmente soslayados– estaba a la cabeza, ya se sabe, Elías Nandino. Venía de muy atrás: de lejos: del tiempo de los Contemporáneos que no lo acabaron de instalar en su equipo tal vez porque a Nandino le faltaba el desplante social de lo exquisito. “Los reconocí cuando eran inmortales –le dijo a Armando Ponce un Nandino burlón, en octubre de 1982– y mire usted, ahora todos están muertos”.

Acaso la lección más valiosa que me llevo de este libro es que no serán los premios, ni las antologías, ni las traducciones, lo más importante en la carrera de un escritor, sino la suma de aquello que los hizo humanos y les permitió fallar. Y fracasaron porque se concibieron vanidosos, ese pecado mortal para Leñero, que escribe de traiciones y amistades dejadas de lado, pero siempre con el impulso de quien piensa que el testimonio personal es el archivo olvidado de la historia y, en este caso, de la memoria literaria.

Este tipo de confesiones no pueden escribirse cuando uno es considerado un “joven escritor”, y no por lo joven –tengo treinta y dos años– sino porque volverse escritor no es un dato objetivo, sino un regalo que nos hacen los demás. Y Vicente Leñero asume esta tarea. Y vaya que lo hace. Porque solamente se puede ser justo con otro escritor cuando se tiene el mismo talento o al menos una obra que se le aproxime. Acaso este es un buen pretexto para creerle cuando habla de Donoso, Arreola, o Usigli. Hay bastante pedagogía literaria que los nuevos escritores tendríamos que recoger. Y verdades básicas que cualquiera tiene que recordar. Dice Leñero en la instantánea sobre Joaquín Mortiz.

Y Joaquín volvía a gruñir y a descargar sinsabores cuando los que eran casi nada en el primer libro se sentían ahora García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, y culpaban al editor convencidos de que si sus libros no se vendían era por la mala distribución, por la escasa propaganda, por mil razones que nada tenían que ver con el desdén del público a sus libros. Cómo pensarlo si yo soy genial, genial, genial.

Ha de ser nostalgia de un pasado que no me tocó vivir, pero Leñero escribe como si hacer literatura fuese, al mismo tiempo, una aspiración, un sacrificio, y un emblema de algo. Ahora hay tanto escritor, como este que leen, que la editorial Gallimard, ¡pidió que dejaran de enviarles manuscritos! A pesar de ser una medida temporal, Gallimard se une al creciente número de editoriales que de plano no tienen ni siquiera abierta una opción para enviar nuevas obras. Es verdad que la literatura siempre ha sido un producto, aunque nunca había sido entendida como una mercancía serial. Y es que escribir literatura, en buena
parte, ya no es un hito porque ya no proviene de una experiencia vital, la búsqueda de alguna estética, el aliento de la brevedad, o la condición física de los mamotretos. Es como si se hubiese devaluado la función del escritor, pero no del producto resultante (si es que este resulta genial). Por supuesto que es posible identificar a ciertos escritores preocupados por encontrar una nueva voz o una estructura diferente, pero es más difícil señalarlos, pues ya somos multitud. Vicente Leñero escribe y recuerda desde un orden diferente, en donde todos y todo parecía estar al alcance de la mano: terminar de escribir Los albañiles, que Ramón Xirau te acompañara a las oficinas del Fondo de Cultura Económica “seguro de que su influencia facilitaría la publicación de mi mamotreto”, recibir un “No definitivo” y después ir, tan campante, a la oficina de Joaquín Díez-Canedo para, días después, recibir la feliz noticia que iba a publicar Los albañiles. La historia no acaba ahí, pues Díez-Canedo convenció a Leñero para que mandara la novela al Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Lo ganó. Y…¿ se arrepiente?

Ingenuo de mí, hinchado por la vanidad de un supuesto talento que se lo merecía todo, yo tardé muchos años en reparar en todos aquellos intríngulis del bendito premio. Más que la calidad de Los albañiles –que tampoco es tan mala novela como ha creído siempre mi estimado Carballo– fue el tesón de Joaquín Díez-Canedo lo que hizo recaer el Biblioteca Breve en 1963 en mi obra.

Quién te conoce, quién te recomienda: el extraño camino del escritor que no solo compite con sus letras, sino con lo que los demás dicen de ellas. En un mundo abierto a publicar –casi– lo que sea y a encumbrar, con la urgencia de la eternidad, lo que son en realidad literaturas pasajeras, las experiencias de Leñero –las de la inmediatez, el trato corto, un mundo supuestamente menos caótico– son un tanto injustas con el escritor joven contemporáneo, que suspira por un editor que se alce con la balanza de la justicia. Por supuesto que no todo era miel sobre hojuelas en aquel mundo de Leñero. Conversando con José Agustín en 1965, Leñero define la política cultural de aquel tiempo como “un cinturón de castidad”. En el presente estamos lejos de los cuellos de botella editoriales, y más bien el reto está en no perderse en el vasto mar de la publicación. Y es que para los que no vivimos o crecimos en la época del priismo más vertical –ese orden ecuménico– no podríamos entender del todo lo que significaba ganarse la bendición de alguien como Rulfo, Paz, o Fuentes. Me imagino que cualquier pluma sufriría de calambres.

Leñero escribe sobre sus compañeros de generación con la incómoda necesidad de la permanencia y el apuro del cronista que quiere dejar constancia de lo que son las cosas porque alguien, en el futuro, necesitará de un consejo sobre lo que es la literatura fuera de las canchas. También escribe con la devoción del que admira todo y que también lo quiere todo y lo necesita todo. Se asoma a los talleres literarios y descubre a Del Paso y sus “libros baúles”, a Eduardo Lizalde que “callaba poemas para morder a dentelladas”, a Juan García Ponce y “sus historias eróticas”. Estas instantáneas son el reflejo de un escritor atento y generoso, que aprendió para sí una de las lecciones más importantes de la literatura: que cada quién nació con la pluma que Dios le dio. Así, Leñero nos da a entender que una buena obra literaria se conforma de tres cosas: la fe de un editor que monetiza su credo, un poco de instinto literario por parte del escritor, y un grupo de amigos que hablen de tu obra porque ellos tienen la suya, y piensan que es mejor. El uno por ciento sobrante se lo atribuyo a la portada y a la tipografía de la obra en cuestión.

La fama es un asunto literario de la máxima importancia, y Leñero así lo reconoce. Su amistad con Manuel Puig, por ejemplo, comienza durante el viaje que una institución organiza a la Alemania Federal con una “docena de escritores
latinoamericanos”, y ahí, “Puig y yo terminamos formando un grupo dentro del grupo. Nos defendíamos así de los escritores mediocres que se habían colado al viaje, pero también tomábamos distancia de los famosos: de Asturias, de García Márquez, de Vargas Llosa…”.

Leñero se concibe en ese escalafón ambiguo del talento literario que no ha sido admirado por todos porque el proscenio no le ha dado su oportunidad. Y luego, cuando a mediados de los ochenta Puig se hace famoso, sentencia un Leñero casi didáctico que “era el momento de dejar su amistad”. Su aversión a la fama es obvia, casi como si Leñero la entendiera desde un Olimpo distinto y alejado, pero Olimpo, al fin y al cabo. En ese mismo viaje en el que conoce a Puig, intuyo que es la fama de Gabriel García Márquez la que provoca que Leñero lo despierte de su siesta en la habitación de un hotel, pues el mexicano, por distintas circunstancias, había olvidado su maleta justo ahí, y necesitaba recuperarla a toda costa –a pesar de las advertencias de los organizadores de que no se despertara al colombiano–. Después de unos golpes insistentes en la puerta, abre un García Márquez “con los ojos como de película de terror”, el cual le pregunta, “¿Sabes que con esto se puede hasta perder una amistad?”. Leñero, orgulloso de su gesta hercúlea, recupera su maleta.

Es un Leñero fiscalizador el que anima a Manuel Puig a “enfrentarse con Vargas Llosa”, para que el peruano le explicara las razones por las que su novela, La traición de Rita Hayworth, no había ganado el Premio Biblioteca Breve, pues había sido Vargas Llosa el que convenció al jurado de que “era Juan Marsé, no Manuel Puig, el que merecía el premio”. La demasiada luz de Mario Vargas Llosa y de Gabriel García Márquez terminaron por incomodar a Leñero y, en términos generales, a determinar su relación con el mundillo literario. Es el ascetismo de Elías Nandino, por ejemplo, el que lleva a Leñero a admirarlo, pues “se hizo a un lado y dejó pasar a los búfalos para poder continuar escribiendo sin presiones de fama”, también a Garibay, “feroz contra los grandes, implacable ante los valores de un mundo literario al que nunca sometió su vanidad”, y también a Pacheco, el cual “hizo a un lado las tentaciones que están al lado de los libros”. Y es por eso por lo que fustiga a José Donoso: “Es un fatuo –le decía a Estela–. Ése es el problema de los escritores famosos: se vuelven unos fatuos insoportables, ya no pueden ser personas”.

Sospecho que fue la vanidad la que provoca que alguien –hasta la fecha no se sabe quién– escriba en letras negritas al final de un artículo crítico de José Donoso en el suplemento “La cultura en México” lo siguiente:

“Muy bueno para criticar, pero es una pobre bestia”.

Y es que en el mentado artículo Donoso había fustigado a todos: a Carlos Fuentes, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco. Solo Juan Rulfo se había salvado, un “fuera de serie en todo y en todas partes”, escribió el chileno. La impresión que aquello le provocó a Donoso le provocó un “reventón de úlcera” que lo llevó al hospital y después lejos, a España. Y como ya es una costumbre en Leñero, el escritor siente escozor ante Donoso cuando años después este le confiesa que le gustaba el teatro porque “al final de la función subo al escenario con los actores a recibir los aplausos. Eso me reanima. Es fenomenal oír los aplausos, ¿no es cierto? Me gusta mucho que me aplaudan”. Y en el último retrato, sobre Patricia Highsmith vuelve a la carga, pues “¡a quién diablos le interesa amistar con un escritor famoso!”.

El que nunca rehuyó la fama que a Leñero le sacaba ronchas fue Carlos Fuentes (1928-2012). Su libro de retratos literarios Personas (Alfaguara, 2012), se lee más bien como mitin político que como recuerdo. Y es que Carlos Fuentes descubrió en la literatura otra forma de hacer política, de hablar en la plaza pública de temas que solo podían interesarles a unos cuantos. Carlos Fuentes ha sido el único político mexicano que nunca aspiró a un puesto de elección popular. El escritor encarnó al hombre público que hacía política desde lo privado y que adquiría compromisos desde sus libros. Era tan buen político que solo tenía contrincantes, no enemigos, y sabía crear polémicas.

“Era como si en el séptimo día de la creación americana tanto Dios como el diablo se hubiesen cansado y entonces Pablo Neruda tomó la palabra y bautizó todas las cosas”, llega a decir en su libro. Esto, más que elogio, huele a negociación, casi como si el novelista viese en el panegírico un equilibrio de poderes: te admiro porque es mi compromiso. Mientras que la forma de Vicente Leñero fue señalar sin tapujos a sus contrincantes, la de Fuentes fue exiliarlos en el olvido para que los demás los adivinaran. A Vicente Leñero la fama le parecía una especie de consuelo de tontos, a Fuentes, un atajo para la amistad. La mirada de Fuentes aspira a la Historia y al magisterio, la de Leñero, a la intimidad y a la sinceridad sin complejos de por medio. Es difícil escribir sobre los otros, especialmente con aquellos que competimos, y así lo conciben Fuentes y Leñero, aunque por caminos distintos. El primero por el lado de la negociación inteligente y el segundo por medio del comedimiento directo.

Mi libro de retratos literarios se publicará en unas cuántas décadas. No será muy diferente del de Vicente Leñero, del de Carlos Fuentes, o el de muchos otros que se han atrevido a buscar en la intimidad una explicación para sus triunfos o desilusiones. He comenzado a pergeñar mi lista de sospechosos, y a explorar las posibilidades del éxito o fracaso de mi empresa literaria. Eso sí: no creo que alcance la fama, aunque a estas alturas todo, absolutamente todo, es posible.

Mientras tanto, Vicente Leñero, en algún lugar del cosmos literario, está conteniendo su respiración.