Retablo portátil, de Daniel Rodríguez Barrón

Miguel Ángel Hernández Acosta.

Dice Ricardo Piglia en el epígrafe de Retablo portátil, de Daniel Rodríguez Barrón (Ciudad de México, 1970): “La crítica es una forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”. Entonces empieza el juego…

1. Un retablo tiene la característica de mostrar, por medio de imágenes, una historia. No se trata sólo de brindar particularidades de lo retratado, sino de construir una trama en torno a ciertos personajes. ¿Quiénes son los protagonistas de este libro? Hay, por supuesto, un narrador llamado “Daniel Rodríguez Barrón” que ensaya, reseña, comenta sus experiencias a través de sus lecturas y de su acercamiento a la pintura. Pero también existen autores, ensayistas y pintores que aparecen en las reflexiones del narrador. Asimismo, están las obras que comenta el narrador, y los personajes de esas obras. Y quizá, si vamos a un último nivel, están las ideas, los pensamientos, las reflexiones que originaron los trazos y las palabras originales en cada uno de los tres personajes anteriores. Esta ida y vuelta se transforma en una muñeca rusa que el lector último, nosotros, vemos armarse y desarmarse infinidad de veces y en cada una de esas ocasiones asistimos al deslumbramiento que experimenta Rodríguez Barrón. Es decir, cada fragmento del libro no es sólo una reseña de una obra recién leída, de una exposición acabada de visitar, sino la reflexión sobre ella, su puesta en contexto, el vaivén de los autores a los que se refiere la obra, y el argumento y contraargumento del mundo de ideas que nacen a partir de una palabra. Es el alucín (equiparándolo con un estado narcótico que surge de llevar a sus últimas consecuencias el pensamiento) que desvela al narrador cada uno de los libros y pinturas que son significativas para él. Entonces adquiere sentido otro epígrafe de la obra: “Leer, pensar, esperar, son formas de iluminación al igual que consumir opio, soñar o embriagarse. Por no hablar de la más terrible de las drogas (nosotros mismos) que tomamos en soledad”, Walter Benjamin.

2. A un autor lo descubrimos por medio de su obra. En el caso de Rodríguez Barrón, su narrativa lo muestra como un escritor interesado por las tramas, los ambientes, pero sobre todo por el lenguaje. En la sencillez de sus palabras se adivina la exhaustiva corrección. Además, es posible advertir una visión filosa, casi agresiva de tan intrusiva, que se convierte en un lente de aumento que transforma a sus relatos, cuentos y novelas en bisturís que diseccionan con precisión los temas que aborda. En Retablo portátil, por su parte, nos muestra la gran parte del iceberg que ha escondido en su narrativa, y que es el sostén de ésta. En este libro se muestran sus lecturas, sus autores predilectos, sus obsesiones lectoras, pero también una inmensa cultura humanista y totalizadora que le permite hallar la relación entre un cuento, un pensamiento filosófico y su extensión hasta la sociología de una época determinada. Estas relaciones son, de acuerdo con el autor, “ejercicios espirituales –hallazgos personales, descubrimientos, admiraciones y asombros– que buscan potenciar la conciencia, y alcanzar, sólo si es posible y cuando es posible, la iluminación profana de la que hablaba Walter Benjamin”.

3. La figura del escritor se conforma de muy distintas maneras: el prestigio, el reconocimiento de los pares, su presencia mediática, su discurso, los premios, la calidad de su obra… Hoy, además, pasa por su visibilidad y constante enunciación sobre los temas de moda. De forma curiosa, al acercarse a Retablo portátil uno pensaría que su autor es un viejo que desconoce la modernidad. Lo anterior no sólo porque sus referentes contemporáneos son escasos, casi nulos, sino porque el narrador se muestra como un hombre interesado en conocer y profundizar en diversas artes, casi como un ser renacentista, pero muy poco por cómo lo percibe el entorno. Este ser es puntilloso e incisivo, agota cada vertiente de su pensamiento. Por ejemplo, entra a Dostoievski y lo lee, pero si un concepto lo refiere a otro autor, a un libro o a un objeto plástico, va a él, lo analiza y regresa al autor ruso, tras hallar las conexiones entre uno y otro. Subraya una parte del objeto artístico que consume, lo aprehende, y agota las posibilidades que le vienen a la mente, explora, va y viene hasta que queda satisfecho. Y es este método, este agotamiento del devenir pensante, lo que le permite moldear su vida. Porque cada una de sus conclusiones transforman su actuar, su forma de leer y su manera de escribir. Este Rodríguez Barrón es, pues, un ser que se construye a partir de su forma de experimentar el arte y llevarlo a su vida; es un narrador que valora esos pequeños aprendizajes cotidianos que van trazando su retablo y, por lo tanto, asevera: “La suma de subrayados en todos nuestros libros constituyen una futura carta de amor a uno mismo”. Además, este autor sabe que su escrito será leído, y por eso se preocupa por particularizarse. No es sólo un escritor que da vida a un libro y después se dedica a promocionarlo y promocionarse, sino que se asume como un autor sabedor de que cuanto dice, la manera como lo dice y los referentes que utiliza lo conforman y caracterizan (más para conocerse a sí mismo, que porque lo reconozcan los otros). Cada una de esas enunciaciones provienen de sus lecturas y lo que ellas dejaron en él y por eso es consciente de que: “Ni siquiera la lectura de nuestro diario, por puntual que pueda ser, dice tanto de nosotros como aquello que hemos subrayado en nuestros libros más queridos”.

4. Retablo portátil es el diario de lecturas de su autor, pero también es algo más: es la suma de subrayados e ideas que, pareciera, Rodríguez Barrón entresaca de la vida diaria. Es un texto híbrido que, en su parte ensayística, bordea temas y conceptos; en su parte narrativa, cuenta experiencias; en su parte epistolar, se dirige al probable lector y lo confronta con la realidad, y en su parte lírica vuelve a la infancia y extrae de ella lo más hermoso: el acercamiento al arte a través de la inocencia y una mirada pura: “Cuando era niño y salía al mercado con mi abuela Julia, antes de llegar a comprar los alimentos del día, pasábamos a ‘platicar con Dios Nuestro Señor’. Entrábamos a una parroquia de barrio, modesta, agria y oscura como viuda joven, olorosa a baldosa recién trapeada, pero tenía pinturas. No eran obras famosas ni antiguas, no había firmas de grandes pintores, eran casi estampas, cromos de calendario como los que nos regalaban en la carnicería durante la navidad. Pero esas imágenes tenían la virtud de aterrarme”. Así, al final de este libro, de esta colección de nombres famosos e ideas, hay un autor que distingue que sin la correcta interpretación de todo lo anterior de nada servirán tantos subrayados. Rodríguez Barrón, siguiendo a Edgar Wind, asume que cuanto debe llegar tras estas experiencias es un aumento de la percepción del objeto artístico y, por tanto, la intensificación del goce estético.

Retablo portátil es un artefacto peligroso que puede explotar en los ojos del lector, pues lo que de él obtenga conformará también el retablo de quien lee. Este conjunto de citas y pensamientos que muestran la historia de Daniel Rodríguez Barrón se transforma en un libro que a su vez refleja al lector que lo tiene en sus manos. Todo cuando se diga de él muestra lo que el lector supo salvar tras pasarlo por el cedazo y de aquello que se le escapó entre las manos por no saber retenerlo. Ahí el juego, el riesgo, de hablar de un libro como éste, donde el autor muestra tanto de él que deja la responsabilidad total de la interpretación en el lector, quien, embriagado en la soledad lectora, no hará sino parpadear tratando de percibir de forma correcta tantas iluminaciones.

Rodríguez Barrón, Daniel. Retablo portátil. México: Librosampleados. 2021.