Pulpa negra, de Serch Mendoza

Por Esteban Martínez Sifuentes.

Hace muchos, muchísimos años, que la religión (ya sabemos cuál) dejó de ser consuelo para los jóvenes inquietos. Si es que alguna vez, hace muchos años también que las instituciones de gobierno no funcionan como establecen las leyes que las rigen, sus bonitos códigos de ética, su machacona y pretendidamente persuasiva publicidad. Para colmo, el trabajo remunerado suele ser cada día más monótono e ingrato, además de escaso. No es la tesis de una novela antropológica o de crítica social. Es la realidad para millones de jóvenes en el mundo.
Por supuesto que hay otros mundos, pero, como dice el personaje del cuento Destino: “tristemente no vivimos ahí”. La siguiente cita del personaje de Memory of a Free Style funciona como filosofía del resto de los personajes que pueblan la recopilación (¿antihéroes de los anticuentos?): “No dañamos a nadie, acaso a nosotros mismos. Somos expertos en despedazarnos con el amor que nunca fue nuestro, con esos labios que besamos pocas veces, en esos lugares donde no podemos caminar. No tenemos nada, sólo el recuerdo de los caminos que no tomamos, y está bien, a veces, hay que quedarse atrás para contar historias”.
Ante ese estado de cosas, el hedonismo se erige como una salida natural. Exprimirle en poco tiempo, hoy, el máximo placer a la vida. Trabajador esforzado de día, destrampado de noche, de preferencia practicando o buscando practicar la probadísima e insuperable tríada de sexo, droga y rock, o jazz en su defecto (jamás reggaetón, por lo menos en este tipo de literatura). Y por ahí discurren los jóvenes de los ocho cuentos que conforman Pulpa negra, moviéndose entre el aplastante determinismo y el alucine de los saltos cuánticos, antes de que se caiga el avión (Dios juega a las canicas ¿o será el Diablo?), sobrevenga el fin del mundo (Deportivo Gambeta) o se le acabe la batería al cel Quantum fest).

Con excelente prosa por momentos (ya desenfadada, ya poética), Pulpa negra nos habla no tan entre líneas de desaliento, desamparo y soledad existencial más que de física o mecánica cuántica, aunque ésta se utilice con naturalidad como recurso argumentativo; por ejemplo, en “Quantum Fest”, con todo y materialización del Gato de Schrödinger en un músico que está vivo y muerto a la vez. El famoso gato de la paradoja, dicho sea de paso, era sólo un modelo ilustrativo, es decir, un gato hipotético, para describir cómo opera la mecánica cuántica, que vale sólo para las partículas subatómicas. La literatura, claro, puede hacer posible lo imposible.

No hay pretensiones de crítica social (y sin embargo…); no hay ciencia a la manera de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi; no hay ciencia ficción. Tampoco hace falta porque está lo indispensable: la ficción literaria. Sólo literatura. Disfrutable literatura entre bukowskiana y ondera-urbano chilanga, que acaso sea una repetición innecesaria. Pero, por favor, nada de “literatura cuántica” –que fue la pretenciosa y confusa invención (“estética cuántica”) en forma de manifiesto de un oscuro escritor español allá a fines del milenio–. Acá, en Pulpa negra, hay más irreverencia, ingenio y congruencia literaria.

Dios juega a los dados (literalmente en el relato Deportivo Gambeta) y a la vez nos mantiene atados hasta la muerte con los designios que tiene sobre nosotros desde antes de que naciéramos, como lo describe deliciosamente Diderot en su novela Jacques el fatalista y se deja ver en la recopilación. Así, hay pocas cosas por las que vale la pena luchar en este mundo, “un mundo donde se evapora la esperanza de un futuro menos gris” (Destino); pero las hay. Pulpa negra, de Serch Mendoza es asimismo una afortunada apuesta de una editorial off-stream llamada Ediciones Periféricas, en cuyo nombre lleva su declaración de principios.