Entrevista con Hugo Roca Joglar

Autor de dos libros de crónica y de dos novelas, Hugo Roca Joglar (Ciudad de México, 1986) parte de relatos intimistas para abordar temas como la muerte, la soledad, la tristeza y la deshumanización. A través de una narrativa que pondera los recuerdos de infancia o hurgando en otras intimidades (las de sus personajes ficcionales o las de personas de carne y hueso en sus crónicas), Roca Joglar se pondera como una voz sutil a través de un vibrante juego narrativo que oscila entre la realidad y la ficción para afrontar cuestiones intimidantes o funestas.

En sus cuatro libros publicados existen ecos e intertextualidades que evocan una preocupación constante: la incertidumbre generacional ante un trágico panorama de violencia sistemática. Dentro del proyecto literario de Roca Joglar se postula que el arte y la imaginación salvan vidas. Estos símbolos de esperanza se representan en la música (clásica, jazz, punk) y el deporte (el ajedrez y el fútbol, principalmente), disciplinas que funcionan también como núcleos medulares para acceder a mundos interiores, ya sea en primera voz como cronista o al de sus personajes de ficción: la joven ajedrecista ‘Lorca León’ de Tardes quietas de jazz y madera (España: Tandaia, 2019) o el joven tecladista punk en Noches de té verde (SuVersión Electrónica, 2021).

Tanto en sus dos novelas como en las crónicas de El ajedrez es un juego siniestro y personal (Los Libros del Perro, 2020) infancia es subterfugio y el pueblo de Nepantla un refugio (aunque como todo refugio, tendrá sus puntos de vulnerabilidad). A ello se suma que, desde cada título se sugieren “olores, sensaciones, atmósferas”:
“Desde el primer libro que escribí tenía la idea de escribir dos libros más en los que hubiera una continuidad a partir del ciclo que conforma un día con su tarde y noche con la preocupación de que en los tres estuvieran implicados los cinco sentidos. Desde el inicio tenía una trilogía en mi cabeza donde la constante es Nepantla: un pueblo que es protagónico en los tres libros. También quería que dentro de cada título hubiera sensaciones como el sabor amargo del jengibre (en Días de jengibre, FETA, 2018) o evocar una atmósfera concreta: la quietud, lo nocturno…”

En tus libros, principalmente en las dos novelas, la juventud es idealizada; también hay una interconexión que permite leerlas como un relato generacional…
Parte de la idealización de la juventud viene del hecho de que pertenezco a una generación que, considero, atravesamos una época histórica especialmente trágica al revelamos a esquemas que dieron sentido a generaciones anteriores (como el matrimonio, el trabajo de oficina o la Iglesia) y buscamos nuevas formas de ganar dinero, de amar y esta búsqueda está llena de incertidumbre. Especialmente los que nacimos después de 1980 pertenecemos a una generación completamente incierta donde cada paso que damos está lleno de dudas; esta tragedia me hizo regresar a aquella etapa anterior a los 20 años para ensayar con vidas ficticias algunos aspectos de la juventud que me dan esperanza, como puede ser la música en el caso de Noches de té verde, que la protagoniza un joven músico que encarna estas dudas existenciales en un ir y venir entre la incertidumbre y la certeza; así como en Tardes quietas de jazz y madera donde una adolescente de 17 años encuentra un propósito de vida a través del ajedrez. Creo que son búsquedas para dotar de esperanza a esta esencia trágica generacional que, creo, es una obsesión recurrente y, por lo menos hasta ahora, es el núcleo de todo lo que escribo: explorar un conflicto generacional que está aconteciendo en tiempo real. Me parece que tratar de entender o, al menos, vislumbrar hacia dónde va y de dónde viene resulta trascendente; y para mí es el tema que más me importa abordar en la ficción como en la no ficción.

¿Tienes alguna distinción categórica entre la ficción y la crónica?
Creo que la literatura contemporánea tiene la obligación de dar voz a toda la incertidumbre que rodea a las generaciones actuales y la forma de hacerlo con mayor potencia para generar la atención de los lectores es a través de la no ficción, concretamente de la crónica. Creo que cada vez más los géneros se disuelven y la crónica es un género “degenerado” porque abreva del ensayo como de las estructuras del cuento y tiene la gran potencia de que sus contenidos parten de la realidad. Me parece que el escritor se tiene que dar la licencia y la libertad de imaginar sobre la realidad, montar situaciones y vivir y consignar desde la no ficción lo que ocurre.

Como autor de una novela sobre una ajedrecista mujer, ¿qué represento para ti el éxito de The Queen’s Gambit?
Me gustó mucho y me sorprendió descubrir que partía de una novela de los 70s u 80s que no conocía. Al principio pensé que partía de una historia escrita específicamente para la serie, pero después vi que había una novela anterior; y me parece que también la escribió un hombre, pero no la he conseguido. Me parece que hay muchas similitudes del personaje de ‘Beth’ con el de ‘Lorca León’. Creo que el personaje de una ajedrecista mujer en un entorno como es el mundo del ajedrez pasa por problemas bastante comunes y ambas historias coinciden en muchas de las atmósferas que tienen que atravesar esos personajes.

En Tardes quietas de jazz y madera y en El ajedrez es un juego siniestro y personal (particularmente en “e4, siempre”) exploras la paradoja del ajedrez como una contienda de vida y muerte. Llama la atención que el ajedrez sirva de metáfora de manera tan directa con respecto a la violencia que se vive en la Ciudad de México…
En esta crónica específica exploro una apertura que se llama ‘Gambito de rey’ que estuvo de moda a nivel de los grandes maestros en el siglo XIX pero que poco a poco se utiliza muy poco ya en el ajedrez de alto rendimiento porque el planteamiento es muy directo hacia el rey enemigo para plantear un juego agresivo y desbordado hacia el ataque y en este desbordamiento es muy vulnerable tu propio rey; y pensando la ciudad como un tablero de ajedrez donde la violencia se ha desbordado y el terror se ha vuelto una constante en la vida diaria de sus habitantes, quise espejear estos escenarios de violencia sostenida con un procedimiento en una apertura especialmente violenta (porque) su intención es sembrar miedo en ambos jugadores.
Creo que el planteamiento sobre todo en El ajedrez es un juego siniestro y personal es que no se puede vivir con miedo. Mi intención es sobre todo plantear que el horror se tiene que enfrentar dandole la cara, informándose sobre las formas de violencia y, lejos de pretender que ésta no existe en la Ciudad de México, porque es más peligroso convertir el horror en algo abstracto porque se vuelve un miedo permanente, invisible y termina por vencerte. En este enfrentamiento se debe salir de la abstracción y saber las formas concretas de la brutalidad, que es la deshumanización; saber nombrar todos los tipos de violencia en sus distintas manifestaciones porque una vez que se nombra se puede afrontar sin miedo, con humanidad: se puede vencer a través de la convivencia, de la generosidad.

Tu personaje ‘Lorca León’ se pronuncia por la violencia, pero realmente ¿qué tan violenta consideras que puede ser?
Creo que a nivel abstracto le fascina la idea de destrucción, específicamente en el ajedrez, que es lo que domina; creo que ella tiene una gran atracción por dinamitar la estrategia del otro y rápidamente llevar una posición ajedrecística a lugares que no pueden ser dominados por la teoría ni por la técnica, entonces creo que le atrae mucho desconcertar a sus rivales a través de la destrucción de algo que pueda ser resuelto con el estudio. Esa es una discusión muy interesante en el ajedrez actual donde las computadoras son capaces de resolver a la perfección cada movimiento y muchos de los grandes maestros actuales estudian a través de programas y quieren imitar un pensamiento robótico y, muchas veces el ajedrez de gran nivel que es donde juega Lorca, se vuelve una competencia de memoria: quien logra memorizar variantes concretas, de posiciones concretas y los partidos se vuelven tediosos y acaban en empates y ‘Lorca León’ representa en la élite del ajedrez la postura contraria: humanizar mucho el juego y a partir de la pesonalidad concreta del rival crearle un juego destructivo donde lo orilles a que el miedo y los nervios lo lleven al error. Creo que es violenta a nivel abstracto y muy pacífica en su vida diaria mientras nadie se meta con su tiempo; entonces la imagino muy amable mientras no te metas con su ajedrez.

¿’Lorca León’ podría funcionar como un arquetipo generacional de las jóvenes y adolescentes de este siglo?
Creo que ella representa un arquetipo generacional de hartazgo y de disposición de poner un alto a través de la acción. En el caso concreto de ‘Lorca León’ ella termina diciendo que, en el fondo, su participación en la ‘autodefensa (de Nepantla’) no nacía de un lugar muy importante para ella. Confiesa que utilizó a la autodefensa en su propio beneficio… Sí creo que ella representa a una joven mujer harta de un sistema que la oprime por el sólo hecho de ser mujer y la margina y está dispuesta a actuar para ponerle un fin a un sistema imperante para la construcción de un sistema más justo e igualitario.

¿Qué tan complicado es escribir con perspectiva de género sin caer en lo políticamente correcto?
Yo partí del hecho de que actualmente ya existe una idea de “degeneración”; es decir que los géneros masculino y femenino están muy disueltos en partes intermedias y que el género ya no puede para nada definirse como hombre y mujer sino que hay muchos matices. Yo quise construir sobre todo un ser humano “degenerado”; y aunque el género determina completamente las ideas de ‘Lorca León’ mi acercamiento para darle vida a su pensamiento partió del hecho del ser humano ‘degenerado’…

Incluso hay un momento en que el personaje dice: “el pensamiento es invisible”; no tiene género. Una frase que parece provenir más del propio autor…
Si, completamente. Y justamente de esa idea parte mi construcción del personaje.

¿Dirías que ‘Lorca León’ es tu alter ego?
Sí. Me di cuenta que a través de la creación de alguien tan distinto como una adolescente de 17 años podía incluso ser yo mismo en lugares mucho más secretos a los que quizá me hubiera negado a acceder si fuera tan evidente este juego de que estaba construyendo un alter ego. Íntimamente me siento mucho más en el mundo de ‘Lorca León’ que en el mundo del integrante de ‘Los Ruidos Tristes’ en Noches de té verde.

Los personajes de tus novelas están construidos desde un juego de ambivalencias y contrastes…
En ambas novelas los protagonistas son esencialmente solitarios: el trabajo de una ajedrecista y de un compositor clásico acontecen en profunda soledad; viven básicamente de lo que son capaces de imaginar a través de su preparación técnica. Creí que era conveniente contrastar esta soledad radical con entornos colectivos que en el caso de ‘Lorca León’ es un grupo de ‘autodefensa’ y en el caso del compositor es un equipo de fútbol; darles esa salida como una especie de lucha contra la locura, porque dentro de estos dos oficios, el de ajedrecista y el de compositor es frecuente los casos de personas que enloquecen, como sucedió con el ajedrecista mexicano Carlos Torres, por ejemplo, o el de Silvestre Revueltas que, quizá no se volvió loco como tal pero la “soledad radical” lo llevó a una muerte trágica. Entonces quería que estos personajes están enfilados hacia destinos trágicos tuvieran una escapatoria a esa condena participando en entornos públicos con actividades que exigen convivencia. Dentro de la narrativa de estas dos novelas las partes comunales son escapatorias a la soledad radical.

Independientemente de la lógica de cada relato, es evidente que te atraen los personajes trágicos…
Sí, completamente, son personalidades que me atraen mucho tanto de compositores y compositoras, como de mujeres y hombres que escriben. Por ejemplo, Antonieta Rivas Mercado: el hecho de que su suicidio haya sido tan teatral, tan escenificado al dispararse con la pistola de Vasconcelos frente a un cristo crucificado en Notre-Dame… Me atrae mucho el peligro de la locura y de los extremos emocionales que rodean trabajos creativos como lo son el ajedrez, la música, la escritura.

En Días de jengibre realizas un homenaje al escritor Eusebio Ruvalcaba tras su fallecimiento el cual se lee muy sentido. ¿Qué importancia tuvo Ruvalcaba en tu formación como escritor?
Me atrajo mucho que el tenía la costumbre de escuchar música clásica en grabadoras junto a Luis Ignacio Helguera en las cantinas del Centro; esa idea me detonó un experimento periodístico que fue hacer sonar la tercera sinfonía de Mahler en una cantina de Irapuato y, a partir de este montaje de la realidad, escribir sobre los personajes que llegaron a esa cantina. Después de muchas entrevistas sobre su vida pude articular una crónica de no ficción que, sin embargo, parte de una idea que surgió en mi imaginación muy influenciada por lo que Luis Ignacio Helguera y Eusebio Ruvalcaba hicieron, pero nunca tomé ningún tipo de taller o curso con él. Fue una empatía personal porque él consideraba mucho más importante su faceta de melómano que de escritor y muchas de sus narraciones parten del sonido: tiene un libro de relatos donde ensaya entorno a las biografías de grandes compositores. Me atrajo su vínculo tan profundo con la música.

En México hablar de los vínculos entre ajedrez y literatura remite forzosamente a Luis Ignacio Helguera y Juan José Arreola. Llama la atención que en tu novela no aparecen siquiera mencionados; es decir: conseguiste escribir sobre estos dos temas de espaldas a ambos personajes.
Pensaba que era muy evidente mencionarlos porque son los escritores mexicanos más famosos vinculados al ajedrez y que sus anécdotas sobre ajedrez son muy famosas y creí que era muy fácil e innecesario que su presencia estuviera en una novela sobre ajedrez. También creo que a un personaje como ‘Lorca León’ le hubiera resultado quizá hasta repulsivo mencionar a dos escritores mexicanos vinculados con el ajedrez. Decidí que era un personaje que jamás hubiera mencionado ni a Arreola ni a Helguera.