El motel del voyeur, de Gay Talese

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

De niño y por las noches, en la granja de su padre, Gerald Foos se escondía para salir a escudriñar. Andaba casi a rastras hasta llegar a la ventana de su tía Katheryn y la observaba acicalarse desnuda. Aquella mujer lo obsesionaría de tal manera que ya siendo adulto compró un motel y, a través de unas pequeñas ventilaciones, ejerció el oficio de voyeur por varias décadas. El Manor House tenía un techo de dos aguas y eso permitió que Gerald pudiera adaptar unos pequeños agujeros desde donde observó la vida sexual de los norteamericanos a partir de la década de 1960. Su primera esposa, Donna, se mantenía al tanto de su excentricidad e incluso intervino para que nunca se descubriera. Además, estaba presta a satisfacer las “necesidades” de Gerald y lo mismo mantenía sesiones de sexo en el conducto que había construido su marido para espiar, que servía como secretaria para anotar el diario que su esposo nutrió por muchos años.

Lo anterior podría haberse mantenido en secreto, pero Gerald Foos, al enterarse que el periodista Gay Talese preparaba un libro sobre la conducta sexual de los norteamericanos (La mujer de tu prójimo), decidió hacerlo partícipe de su secreto: “[…] durante mucho tiempo he querido contar esta historia, pero no tengo talento suficiente, y me da miedo que me descubran”. Sólo existía un problema, el voyeur no quería que se conociera su identidad ni que se dieran datos que pudieran colocarlo en la mira de la justicia, y Talese no estaba dispuesto a poner en entredicho su credibilidad al narrar hechos que no pudieran verificarse. Sin embargo, ante la insistencia de Foos de que se conocieran, el también autor de Honrarás a tu padre aceptó viajar a Denver para entrevistarse. El cuarentón que conoció en el aeropuerto parecía tener la necesidad de contar sus aventuras, y no sólo le reveló su pasado y lo que él consideraba la razón de su obsesión (la tía Katheryn), sino que lo invitó al motel para verificar que todo lo dicho era verdad, e incluso lo hizo entrar en ese túnel que le permitía espiar a los huéspedes y ante el desánimo de Talese por no tener su autorización para revelar sus señas particulares, le ofreció una copia de los apuntes que había llevado por las últimas dos décadas, el “Diario de un voyeur”.

El motel del voyeur es un reportaje sobre Gerald Foos, pero también sobre el voyeurismo; al mismo tiempo, es una invitación para que el lector se convierta en “mirón” y se una a estos dos personajes (Foos y Talese) y se asome por la rendija en el techo de un motel y observe a hombres y mujeres mantener relaciones sexuales. Pero decir únicamente esto es dejar de lado el cuestionamiento a la costumbre de observar a los demás, etiquetarlos, juzgarlos y ponernos en una posición de superioridad; es también dejar de ver que ese voyeur califica a hombres y mujeres no por su manera de practicar el sexo, sino por su conducta al interior de una habitación en la que se supone nadie los ve, y es también una reflexión sobre el voyeurismo en una época en que somos constantemente vigilados por el gobierno y por las miles de cámaras que han inundado las ciudades con el pretexto de mantener la seguridad.

Tras ver a hombres que sólo desean satisfacerse, a lesbianas que se preocupan porque su pareja también disfrute, a esposas que aman a sus maridos lisiados por la guerra de Vietnam y muchas inclinaciones sexuales que él cree tienen una razón de ser, Foos lamenta ser el único que debe soportar el peso de sus observaciones de “la vida real”: “Mi voyeurismo ha contribuido a convertirme en un pesimista, y detesto este condicionamiento de mi alma.[…] Si nuestra sociedad tuviera la oportunidad de ser voyeur por un día, abordaría la vida de una manera muy distinta a como lo hace ahora”, apunta en su diario.

Y es que, destaca Talese, a pesar de lo interesante que resulta el planteamiento de inicio del voyeur, lo que él espera presenciar son los momentos destacables, pero en lugar de ello lo que experimenta es una vida monótona y sin incidentes: “Su motel era un barco en dique seco cuyos huéspedes no hacían más que ver la televisión, hablar de banalidades, mantener relaciones sexuales bajo las mantas, si es que las mantenían, y darle tan poco de lo qué escribir que a veces no anotaba nada. La vida cotidiana es aburrida, concluyó”.

Sin embargo, El motel del voyeur resulta un reportaje donde se prolonga la tensión dramática hasta el final. Durante los 30 años que mantienen correspondencia Talese y Foos construyen una relación de complicidad que permite observar y ser observado. En cada frase del “Diario del voyeur” están los norteamericanos que van a un motel y, tras batirse con la comida, se limpian las manos en las sábanas, los que orinan en el lavabo, los que golpean a mujeres, las que se maquillan para el esposo y lo único que consiguen son palabras vulgares. Por su parte, en El motel del voyeur se descubre a un periodista fascinado por el perfil de quien retrata y quien cree en él a pesar de que “Foos era un narrador inexacto y poco fiable”. Y está un “mirón” que necesita confesarse, cuyo desahogo es un serio llamado de atención a la manera como juzgamos al otro. Es, más que nada, un libro que nos obliga a aceptar que “todos los hombres son voyeurs hasta cierto grado, y que lo demostrarán si se les concede la oportunidad”.

Este libro parte de un caso concreto para visibilizar una conducta general: la obsesión por asomarse a la vida del otro y juzgarlo. Anticipa, de cierta forma, la necesidad de los usuarios de las redes sociodigitales por demostrar que su vida está confeccionada sólo por momentos memorables. Hitchcock dijo alguna vez que el cine es la vida sin los momentos aburridos. Por el contrario, esos instantes de hastío son los que se exponen en el Diario de un voyeur y los cuales toma Talese para conformar su El motel del voyeur. Y es justo en esos incidentes sin lustre en donde se observa la mediocridad de ciertas vidas, la sinrazón de la cotidianidad. Foos mira a sus huéspedes y se harta de esculcar en su intimidad, pero debido a que también está presente durante el aburrimiento, se da cuenta de la necesidad que tienen las personas de prender la tele (¿la pantalla?) y llenar el vacío con un sonsonete que les permita sentirse acompañados. Talese, por su parte, sólo en algunas épocas lee la correspondencia de Foos y por ello mantiene el interés en esa historia. Y el lector, con la guía del periodista, va armando estos tres planos de realidad hasta tener en sus manos un estudio antropológico que puede leerse en clave de thriller.

Si es verdad que los libros nos permiten asomarnos con otros ojos a la realidad, éste puede hacernos desear arrancárnoslos, tal como apuntó The New York Times tras la publicación de esta obra.

Gay Talese. El motel del voyeur. Traducción de Damià Alou. México: Alfaguara, 2017.