Acéldama, de Adán Medellín

Por Oswaldo Buendía Galicia.

“La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma –quizá la más completa y profunda– de examinar la condición humana” dice Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas. Y con Acéldama, la reciente novela de Adán Medellín, nos queda claro. Acompañamos a ‘Ezequiel Arenas’ de regreso a su antigua colonia a realizar una investigación periodística sobre el linchamiento de ‘Rodrigo Leyva, alias Roñas’, quien fuera molido a golpes y crucificado por los que en otro tiempo fueran sus vecinos. Nos adentramos en una novela que aprovecha la estructura simbólica que el género policial le brinda para contarnos la historia de un hombre en su búsqueda por la verdad. ‘Ezequiel’ regresa a la colonia donde vivió su infancia. Ahí todavía se encuentran su padre, un hombre que pasa los días entre teorías de conspiración y misticismo new age; ‘Tania’, el antiguo amor infantil; ‘Omar’, el viejo amigo, que hará las veces de un Virgilio (junto con ‘Hugo’, el antes crack del futbol) y lo acompañará por la, en ocasiones, desolada colonia que ya no le pertenece. El pasado parece cobrarle a ‘Ezequiel’ un alto precio a cambio de la verdad: Desarraigo por certeza; exilio por madurez.

El propio título ya juega con la idea de ser forastero. “Acéldama” (en hebreo hakeldama: “campo de sangre”) hace referencia al terreno que los sacerdotes judíos compraron con las 30 monedas de plata que Judas Isacariote les devolvió después de traicionar a Jesús de Nazareth y utilizaron como cementerio para extranjeros (Mt 27, 6-8). Aunque también se le llamó “Acéldama” al campo donde Judas, el traidor y ladrón, murió colgado (Rom 1, 18-19), tal como el ‘Roñas’, convirtiendo a la colonia sin nombre en un campo de sangre.

La novela de Medellín, escrita con pulcritud y sin engañosos aspavientos, nos plantea preguntas con una difícil respuesta: “¿Qué y de quién es la justicia en este país? ¿Quién juzga la justicia? Nos coloca en ‘terreno neblinoso'”.
Acéldama se vuelve entonces una novela que a través de símbolos intenta decirnos que la verdad, como la condición humana, tiene el color y la consistencia de la niebla. Recuerda en cierto modo a La luna y las fogatas, del italiano Cesare Pavese, quien, del mismo modo, hermana símbolo y anécdota para dotar a su narración de un significado más profundo, oculto, que no se puede decir más que callándolo.

¿Qué se esconde en el corazón humano? ¿Quénos lleva a quitarle la vida a alguien? “Hay asesinos en nosotros y entre nosotros, y nos damos las manos todo el tiempo”. Pero una bruma, una niebla, impide vernos.

Medellín, Adán. Acéldama. México: Universidad Autónoma de Sinaloa, 2020.