Línea nigra, de Jazmina Barrera

Por Victor Antonio Méndez.

Estoy convencido de no querer tener hijos. El mundo no está como para traer más niños. Julián Herbert dice en su Canción de tumba: “Tener un hijo es un acto inmoral“. Sin embargo, extrañamente, luego de leer Línea nigra (Almadía, 2020) de Jazmina Barrera, mi convicción me parece endeble. Me digo que envidio a las mujeres. Mi envidia responde a la capacidad que tienen de dar vida a otras vidas, un simbolismo hermoso y eterno. La biología ha sido injusta con el hombre al negársenos esa posibilidad que, aún ejerciendo la paternidad al aportar genes para la nueva vida, jamás será compensada con el vínculo atemporal e indivisible que una madre crea con los hijos. Barrera lo explica bellamente: “Sus patadas y sus desplazamientos me parecen una especie de clave morse: nuestra primera comunicación, deliciosamente ambigua y unidireccional“.

Línea nigra comenzó con la idea de documentar los cambios corporales de la autora en su embarazo. Pero sucedieron otras cosas de las que también escribe: un terremoto en la Ciudad de México, la enfermedad de su madre, un proyecto por el que obtuvo una beca y el cual ya no tenía cabeza para desarrollar. Me gusta ver a estos ensayos –o archivo experimental, o textos libres– como un encuentro, una comunidad de maternidades que se toca en un mensaje contundente: hablar (escribir) de la maternidad. Barrera, en un encuentro tipo círculo de lectura que organizó la Indent Literary Agency vía Zoom, se cuestionaba la falta de libros sobre maternidad. Los hay, pero ofrecen una maternidad decorada, contenida y, en la mayoría de los casos, vista desde la mirada masculina. Barrera celebra el que hoy cada vez más existan libros sobre esto.

Al presenciar esta reunión, donde la mayoría eran mujeres, me preguntaba por qué mi interés por algo ajeno a mí. Y conforme escuchaba los comentarios de las asistentes y de la propia autora, y luego al volver al libro para terminar mi lectura, supe que mi fascinación radica justamente en ese velo que mi biología me impone. Quiero saber de la maternidad y rodearme de sus distintas voces porque creo que al estudiarlas y contemplarlas experimento un poco ese extraño y mágico momento. Y Línea nigra permite conocer ese fascinante universo. Aprendí, entre otras cosas, que los bebés pueden llorar en el interior del útero o que en los primeros meses, después del nacimiento, lloran sin lágrimas; o que los cambios en el cuerpo pueden ser traumáticos por lo que es esencial que la mujer esté dispuesta a hacerlo, que en verdad lo desee; o que existe algo llamado parto humanizado y que hay una mujer, que ya ha sido madre con antelación y que acompaña a la madre primeriza en el proceso del parto, a la que llaman doula.

Barrera tradujo, en compañía de Alejandro Zambra, Pequeñas labores (Antílope, 2018) de Rivka Galchen. Este texto confluye con Línea nigra en el tema, pero también en la manera de contarlo. Son textos fragmentarios. La autora dice que lo fragmentario tal vez sea la única manera de escribir en medio de los cuidados. El ritmo de la maternidad no permite hacerlo diferente, sólo por instantes, por pausas breves e improvisadas. En Línea nigra este libro aparece en alguno de los fragmentos pues la autora refiere a un círculo de lectura en el que fue invitada a comentarlo. Yo también estuve ese día. Barrera cuenta que entre el público un hombre dice no entender la moda de la maternidad en la literatura actual, y caigo en cuenta de que es posible que ese hombre sea yo. Entre las notas que escribí de aquella noche leo: “un tema reciente pese a los siglos.” El chiste de la maternidad en la literatura actual no está en concebirlo como un tema nuevo, porque la humanidad entera provino de una madre, pero sí en un tema que hasta ahora es visto como importante y necesario.

¿Qué es Línea nigra? Dos cosas. Es un escrito hecho con leche materna, o un ensayo de “escritura blanca”, en términos de Hélène Cixous –en una cita de Ursula K. Le Guin–. La segunda cosa, siguiendo las lecciones que su lectura da: es un libro microquimérico, es decir, un libro que intercambia sus piezas con otros cuerpos literarios. Un libro hecho de distintos libros, que conforman una red de apoyo, que dialogan entre sí y dicen algo en ese intercambio. Por sus páginas deambulan Sheila Heiti, Margaret Atwood, Maggie Nelson, Simone de Beauvoir, Pascal Quignard, Natalia Ginzburg, Sor Juana Inés de la Cruz, entre muchas más.