Nosocomium, de Christ Gutiérrez-Rodríguez

Por Hugo César Moreno Hernández.

El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han opina que nuestra sociedad es transparente y uno de los síntomas de esto se encuentra en la pornografía, entendida como la desnudez absoluta o, dicho de otra forma, la imposibilidad de confeccionar velos para ocultarla sutilmente, dándole un cariz erótico. Para él, la pornografía es simple amasijo de imágenes promiscuas, sin voces claras y donde el juego de miradas queda huérfano de poesía, como sucedería con el fenómeno erótico. Pornografía y erotismo son opuestos, aunque no relacionados dialécticamente. No se confrontan, son dos formas divergentes. Bajo esta divergencia es que escribo sobre Nosocomium, de Christ Gutiérrez-Rodríguez. Si quisiera definir la novela con simpleza, diría que es una historia de amor. Si es amor el sino del relato, entonces aparece Eros. Si Eros está presente, entonces también se impregnan las páginas con vida. Si hay Eros y vida, en un torno psicoanalítico, también pulsa Tánatos, es decir, la muerte. Quizá para Han ese es el estropicio provocado por la pornografía, la secuencia absurda de sexo sin sensualidad desperdiciando fluidos vitales sobre el rostro, evitando la tragedia, enmudeciendo el drama que debería ser vivido por el espectador, quien sólo se masturba sin entrelazar su relato con la narrativa pornográfica, debido a que, si la pornografía es total transparencia, entonces no tiene cualidades narrativas.

Nosocomium es una historia de amor, pero no es relato erótico. No está edulcorada. Me gusta más acércame a esta novela como pornografía descarnada. Por ello, no comparto la tesis de Han. La pornografía hace relato, tiene tragedia e invita al drama. Quizá lo hace de otra manera hoy. Pero Nosocomium, la historia de un amor cercano a la descripción de Aristófanes en el Banquete, el amor como la unión de los semejantes, me genera narraciones internas a través de la brutalidad con que se describe ese amor, con la transparencia como recurso narrativo, dejando ver, incluso, a la enfermedad como objeto de deseo. La semejanza que se atrae en Nosocomium está en el desahucio, en la capacidad de los amantes para amancebar sus cuerpos con otredades deslucidas, perturbadas. Amantes de monstruos porque desprecian en vigilia la monstruosidad propia mientras se regodean en ella cuando les caen miradas asqueadas y morbosas.

‘Arturo Vallejo’ es un monstruo, poeta muerto reanimado en el apellido, apenas da con dos versos para alcanzar el fracaso y conseguir un buen trabajo, porque es un buen trabajo, un empleo donde a pesar de sus ínfulas de superioridad intelectual, pendejeando a médicos y psiquiatras siendo apenas afanador, no lo pierde, incluso escala hasta auxiliar de enfermería a pesar suyo, a pesar de los ojos amantes asqueados, a pesar de su estirpe, su lunar de mierda, su poesía de mierda, su actitud mierdosa. ‘Arturo’ siente que lleva el Callao en la piel, pero no, el Callao tampoco lo quiso, aunque nunca lo perdió y Lima ni lo invitó a visitarla. Arturo es insoportable por su nimiedad y ampulosa labia. Don nadie con pretensiones de hombre blanco.
Katiuska padece ausencia de padres y exceso de tías. Katiuska padece ausencia de carencias y presencia de deseos. Katiuska es imán de imbéciles, amante de imbéciles, diacona de rosario ennegrecido por los febriles sudores de su sexo casi impoluto. Katiuska amante de perros, pelirrojos, patojos y otros bichos, es dueña de somatizaciones cancerígenas. También es un dolor de ano para
enfermeras y médicos, un enigma para neurólogos, un peso para su familia. Un asco. Anciana jugando a sentir de nuevo el cuerpo, sin importar esto sea puro dolor. O dolor puro, porque todo duele, su cuerpo no es medio para el dolor, solo dolor. Pureza, un medio sin fin.

El amor es la unión de lo semejantes. Pero Nosocomium, insisto, no es una novela erótica, ni una novela amorosa. Es la historia pornográfica del encuentro entre ‘Arturo’ y ‘Katiuska’. Pornografía de nicho, gerontofilia. Porno hard core, delicioso. Duro y sin remilgos. Poderoso porno. Entiendo que aquí ya se asuma que la novela chorrea semen y fluidos vaginales. Si es así, hay cortedad para comprender lo pornográfico. Hay sexo, sí. Sexo sucio. Christ Gutiérrez-Rodríguez describe el amor con rabia contenida, con las quijadas apretadas y cuando pasa del preámbulo del enamoramiento a la concreción del placer, distiende la quijada con carcajadas y describe con exquisita malicia los manoseos, los defectos de la desnudez, la lenidad de las pieles, la fealdad de los cuerpos afanados en el hermoso hecho de compartir efluvios. Sí, las escenas de sexo son trepidantes. Pero no es eso lo pornográfico. Comparto la tesis de la transparencia. Los personajes son transparentes entre sí en la medida que su opacidad se funde en negro para los demás. Entre ellos se muestran las entrañas, se sacan los intestinos y se los muestran, los besan, los masajean, se masturban y los devuelven, doloridos pero complacidos. En esa historia de la transparencia, en ese hilar a través de idas y vueltas, entre voces, miradas lanzadas al pasado, errores y carnes olvidadas, está lo pornográfico y así se consigue una narrativa capaz de orientarse a sí misma según vayan encajándose los pedazos de uno en el otro.

En ese sentido, Nosocomium es una novela de amor, pero no amorosa ni amable, es un reto para la mirada, ejercicio para ensayar las voces entrelazadas, Eros siempre vinculado a Tánatos. Literatura pornográfica porque persiste la relación negativa entre los amantes. Y en la medida que, aún hoy en esta sociedad de la transparencia, logremos abrir nuestra miseria a otro, más allá del sí mismo, existirá literatura.

Gutiérrez-Rodríguez, Christ. Nosocomium. Perú: Bisonte Editorial-Whaltari Books, 2019.