Entrevista con Isa González

A lo largo de esta década Isa González ha publicado cuatro libros de relatos en los que explora perniciosos escenarios sexuales: De vez en cuando (2008), Si te vi no me acuerdo (2010), A qué llamamos amor (2011) y Caídas (2016). Epítome de su narrativa, la novela Tóxica(s), publicada por librosampleados en 2019, abre una puerta al lado oscuro de la íntimidad de dos hermanas gemelas, lo que manifiesta un juego de espejos como parte sustancial de su narrativa.

Este año, González Bretón recupera algunos de sus relatos más representativos en Dígalo sin miedo, volumen que inaugura la colección #ponderosaperiférica del sello Ediciones Periféricas.

Aunque enfocada en personajes femeninos, la galería de mujeres no contrasta con los pocos varones que aparecen en esta docena de historias amorales: todos están marcados por los secretos o la dualidad interna; la búsqueda de un placer atípico, al punto de lo parafílico.

El poder sugestivo de Isa González radica en su aptitud lírica al abordar las apetencias sexuales de sus personajes con un sentido del humor descocado, pero que no se sostiene en la mera provocación, sino en una crítica al juego de poder en las relaciones amorosas.

En tus cuentos existe un fuerte vínculo entre humor y perversión…
Me gusta abordar historias perversas que cuentan secretos, que tienen vida propia y no se ciñen al orden moral establecido, sino que irrumpen en escenarios donde imperan las apariencias, la doble moral. Se me hace importante contarlas con un toque de ironía para que adquieran ligereza, pero que también dejen un cierto sabor amargo. Como esos dulces selz soda que explotan en la lengua y te hacen salivar.

También hay un latente cuestionamiento a la construcción de la pareja sentimental…
Mis historias casi siempre abordan las relaciones de pareja. Relaciones desgastadas, donde el poder se confunden con amor. Tengo una cierta fascinación —aunque la verdad no sé por qué— por ahondar en la sicología de personajes que poseen mecanismos destructivos tanto como transmisor como receptor —muchas veces inconscientes— que les impiden tener un acercamiento sano con otra persona. Y sólo por medio de la dominación o sumisión logran un lazo de intimidad, de conexión.

Es cierto, el sadismo es una conducta recurrente entre tus personajes…
El sadismo viene así, solito cuando quiero contar una historia de poder, de a ver quién gana. A veces narro ese tipo de historias donde el protagonista, sea hombre o mujer, ejerce poder sobre otro —ya sea físico o sicológico— porque adentrarme en un personaje así, me hace conocer también mis propios límites. Y entender un poco más de qué va la vida.

Al menos dos de tus personajes masculinos habitan el clóset sexual. Llama la atención que lo hacen con cierta comodidad…
Me interesa crear personajes que tengan distintas preferencias sexuales y explorar en cómo viven ese deseo que emerge y es el que los lleva a ciertas acciones. Creo que lo íntimo, lo que cada persona vive y cómo expresa su sexualidad es muy personal y muchas veces las capas y velos que se interponen entre el deseo y lo socialmente correcto, entre lo privado y lo público, son temas interesantes para crear una historia.

Hablando de hombres, tus personajes representan tres tipos: gays (de clóset), fuckboys o parejas ausentes…
Yo creo que viene de que viví en un universo femenino —con tres hermanas y formación en colegio de mujeres—. Estos perfiles masculinos de hombres inalcanzables, lejanos o fríos son a los que me remito para poder acceder a esas historias que me interesa contar.

Puebla se caracteriza por ser una sociedad conservadora. ¿Cómo ha influido para tu escritura?
El haber vivido en una ciudad conservadora y cerrada me provoca la necesidad de contar lo que no se cuenta, de echar a andar la imaginación o, a veces, de dar voz a lo que sucede, y narrar los deseos reprimidos que nos habitan como granadas guardadas en la despensa.

Tus personajes reflejan a cierto tipo de mujeres de clase alta en la época actual. ¿Qué tanto influye tu formación en antropología social para retratar a tu propio género?Lo que hago muchas veces es escribir como una burla a todas esos convencionalismos que nos impusieron y seguimos sin cuestionar. Pero no escribo como antropóloga que ve el comportamiento de los individuos como algo ajeno a su cultura. Yo escribo sobre mí también, sobre los discursos que me he tragado, sobre lo ridículo que a veces es todo. Y sí, aunque lo cuente con humor, hay una cierta desolación en las historias, podrían parecer superficiales pero tienen un trasfondo triste.

El cuento De dos en dos que aparece en Dígalo sin miedo tienen un vínculo sórdido con tu novela Tóxica(s); además, ambos relatos tienen una atmósfera asfixiante…
Lo que he tratado de hacer con mis personajes, es crear un universo que los vincule, un diálogo donde podrían participar unos con otros. En ocasiones, los modelos ya sean femeninos o masculinos se repiten, o son diferentes caras de una moneda. Así, mediante ellos, sigo indagando en mis obsesiones, me sigo preguntando y cada vez —siento— que con más humor, llego a ciertos lugares. Éstos dos personajes podrían ser el mismo, es algo que empecé a hacer de forma inconsciente y luego me fui dando cuenta, los fui hilando, porque cuando los describo tengo la misma sensación en el cuerpo, ambos me provocan un miedo morboso. Las atmósferas asfixiantes son propicias para crear justamente la emoción a la que se enfrentan los personajes femeninos ante ellos.

¿Cómo sugieres leer tus relatos: como fantasías, simulacros o meros divertimentos?
Me gustaría que mis relatos se leyeran como simulacros, así como no son, pero son. No existen, pero sí existen.