Tarantela, de Abril Castillo Cabrera

Por Victor Méndez Araiza.

“Tarantela” es un título extraño, aunque fácil de recordar. ¿No es agradable cuando por fin, después de preguntarse una y otra vez qué significa el título del libro, se encuentra en el texto aquello que lo explica? Le pregunté a Abril Castillo Cabrera (1984), en la presentación de este libro en la Feria del Palacio de Minería en febrero pasado, si el título llegó antes o después de la historia. Llegó en el proceso, me respondió. Tarantela es un baile que consiste en mover los pies de manera constante, como si se estuviera brincando alternativamente con el derecho y el izquierdo. El baile -la sacudida corporal- es bueno para contrarrestar el veneno, dicen, para que sus efectos se apaguen. El veneno es el de la tarántula, por ello el nombre del baile.

Esta “tarantela”, la del libro, es un baile que pretende sacudir la historia familiar de la narradora. Una familia se sostiene por finos lazos que se acomodan, que transportan vida a sus miembros, y que colapsan cuando aquello que los retenía se rompe. La muerte, por ejemplo, puede hacer que los lazos se afiancen, no sin ponerlos a prueba, o aniquilarlos por el dolor y la perdida. La narradora baila fuertemente, zapatea el piso sin miedo, con la necesidad de tener respuestas. Y ese baile, que ataca al veneno de la muerte -esta muerte es la de su tío, quien murió por ingerir veneno para ratas-, y que al parecer se replica como una maldición heredada de generación en generación, se traduce en palabras. El antídoto está en la escritura, en esa práctica donde uno se vacía y pretende encontrarse.

Se podría afirmar que Tarantela es un trabajo autobiográfico, una autoficción como las de Vivian Gornick (1935), donde no solo ésta narra aquellos episodios familiares con su madre, sino donde la autora se confronta con sus pensamientos más profundos, en ese intento por darle nombre a lo innombrable. Y en ese ejercicio terminológico, destaco el concepto de “afectos silenciosos”. Los abuelos de la narradora pueden ser los arquetipos de esta dinámica. Un afecto silencioso es posar la mano en la espalda del otro, moverla en pequeños giros, tiernos y cálidos; o hablarle a alguien por un apodo, con una voz aniñada, y que ese otro responda con otro cariño verbal. Los afectos silenciosos son lo que subyace a las relaciones sociales, pero que en la familia cumple un carácter fundacional.

La presentación terminó con la firma del libro. Me acerqué a la también ilustradora, le ofrecí mi ejemplar, sonrío y preguntó mi nombre. Se tomó unos segundos para escribir la dedicatoria y para hacer un rápido dibujo de una araña colgante. Me despedí y ella agradeció mi lectura. En la dedicatoria se lee: “para Victor, este libro sobre hipotenusas, hermandad y un baile…” El baile está aclarado, al igual que la hermandad -la narradora juega en el texto con la posibilidad de quitarle la “h”-, pero la hipotenusa queda de tarea al lector, para que lo investigue por sí mismo al leer sus páginas.

Castillo Cabrera, Abril. Tarantela. México: Antílope, 2019.