Historia de un brazo, de Ricardo Sumalavia

Miguel Ángel Hernández Acosta.

El padre del protagonista de esta novela ha muerto. Su hijo le ha llamado para informárselo. A él lo telefoneó la abuela, quien estaba divorciada ya del fallecido. La cadena es así porque para uno y otro es difícil aceptarlo, porque quien menos se siente afectado es el nieto que pocas veces convivió con el abuelo, al menos no más allá de ser el encargado de llevarlo a las diálisis o de transportarlo cuando ni hijo ni exesposa podían hacerlo. La historia es extraña de principio, pero se vuelve mucho más extravagante cuando sabemos que el muerto tenía un tercer brazo, del tamaño como el de un enano o un niño, con vida propia, con gestos que reflejan el auténtico estado emocional del dueño. Y claro, la familia lo sabía, pero sólo estaba permitido hablar de eso entre dientes, a las espaldas de esa pequeña triada de peruanos que alguna vez fueron una estirpe. Pero después hay algo más: el padre antes de fallecer empezó a perder la memoria, y confundía a su hijo con su hermano muerto, y a él (hijo-hermano) le contaba sus aventuras de juventud, las infidelidades que reiteradamente cometió, y ante la incapacidad de diferenciar entre hijo y hermano, le pedía a su interlocutor que también le confiara sus correrías amorosas. Entonces padre e hijo se confiesan uno al otro, mencionan mujeres y las formas como las poseen, en una especie de plática de arrabal en la que todo está permitido porque ambos personajes confunden realidad y fantasía. Tan es así que el padre pronto empieza a contar su amorío con ‘Tamara’, una madre soltera que es idéntica a la nueva novia del hijo. Es así como las historias se mezclan y todo se convierte en un caos. Sin embargo, la alteración final llegará por medio de un correo electrónico que recibe el hijo y donde una mujer se alegra de la muerte del padre, quien asesinó a la madre de la remitente.

Ricardo Sumalavia cuenta en este libro una historia de familia aquejada por secretos y mentiras, por un padre desmemoriado que deja entrever hechos reales en sus pláticas de hombre ya decrépito, grotesco. Es percibido de esta forma porque el lector sabe el placer que le provoca a ese ser la confesión a su hijo de la manera como tiene relaciones sexuales con ‘Tamara’, la ex amante y (quizás en una fantasía) la novia del hijo: “Lo que más le gustaba era que la pusiera en cuatro, que la sujetara de las caderas y la penetrara con fuerza, mientras el brazuelo introducía uno de sus dedos en su gran culo”. Ésta es la narración del padre que cree que está permitido decir todo en esa etapa previa a la muerte donde no debe preocuparse por ofender o no a su primogénito, ni debe guardarse secretos. En algunos momentos es gracioso por desmemoriado, y en ocasiones es chocante pues, como pasa con las enfermedades mentales, no se sabe cuándo razona lo que dice y lo hace para ofender, y cuándo es parte de su desmemoria y fantasía momentánea.

Contada en pequeños capítulos, Historia de un brazo pone al lector frente a ese pariente viejo a quien se ama, pero que en ocasiones se odia; hace que se sienta empatía por el anciano chistoso, pero también que uno finja no encontrar ningún parecido con algún familiar real con tal de evitar caer en la duda sobre las historias que las familias repiten y repiten como parte de su legado. Dura, cruenta, incómoda, hermosa, esta novela nos muestra el terror y la monstruosidad que se esconden tras algunas de las historias de familia que sirven para relajarse después de una comida con la parentela.

Sumalavia, Ricardo. Historia de un brazo. Perú: Seix Barral, 2019.