Se abren los caminos, de Manuel Barroso

Por Isaí Moreno.

No es de extrañar que Manuel Barroso (Ciudad de México, 1990), un entusiasta y conocedor de la novela corta, nouvelle o noveleta, haga su debut literario con una obra de este fascinante género, por ponerle un apelativo a una ramificación del arte de la novela. La personalidad apasionada y obsesiva de este joven autor la ha permitido ahondar en uno de los más terribles episodios de la Historia humana, y qué mejor que eligiera un material condensado, directo y de acción acelerada, para entregarnos Se abren los caminos.

Alguien definió certeramente a la novela breve como el esqueleto de un hombre pequeño, y esta obra, justo por su arquitectura, nos permite asomar por los huecos y entresijos de su osamenta narrativa, sólo para adivinar lo que hábilmente nos está insinuando Manuel Barroso, porque, como en toda buena obra de creación, el enigma impera sobre la información, y el flujo de lenguaje va ocupando los espacios, las formas. Se abren los caminos cede al sonido de las voces que narran y, ante todo, se instala como líquido en los entresijos de nuestra consciencia.

Las tres primeras partes de las cuatro que componen esta noveleta dan fe de un experimento arriesgado, honesto de principio a fin, donde la osadía de esta fabulación apuesta por contarnos, o mejor dicho, susurrarnos, un secreto terrible que nos reventará los oídos. Un secreto…. debe contarse con palabras simples. En caso de dársenos por escrito, el secreto debe ser casi telegráfico, para que nunca lo olvidemos, y en ello tiene el autor de Se abren los caminos toda la claridad posible.

Como François Duvalier, médico que sanara a mucha gente y a la postre la sometiese bajo el terror de su tiranía, han pisado muchos hombres la faz de la Tierra. Como Él, cuya voz es la voz de los muertos, sólo tenemos uno, y es el construido por Barroso ante el monitor. La violencia superlativa abordada por este escritor, se acerca a la de una barbarie primigenia, y se le agradece el haber eludido el ejercicio gratuito de contarnos la violencia que vemos a diario en los noticieros, la del crimen organizado, el feminicidio, el homicidio doloso, etc., pues, al cabo, Barroso ni siquiera nos está contando el horror dictatorial de los años 50 y 60 en un entorno haitiano, sino el que creara su impulso creativo para que lata un corazón oscuro.

En su esencia, esta obrita es una tesis y una exposición del Mal, y el intento desesperado por abatirlo, aunque la guerra esté perdida de antemano. El Mal, narrado ocasionalmente por un metafórico Ishmael, que asoma a las páginas de la novela, es perenne, como lo es esa ballena de color blanco pasmoso, posiblemente con los ojos muertos que nunca parpadean, pero también el mal que se cubre los ojos con lentes oscuros. Es ante ese Mal que conviene tener un arma en las manos:

Todos en esta isla nacimos
con el arpón en las manos
y la muerte en la mirada
.

Deidades menores y humanos son arrastrados por igual en el marasmo de esta violencia narrada, contenida por las fuerzas limitadas del vudú (y en otras partes, la mezcla letal de violencia y vudú) sólo antes de que estalle en las páginas de la novela. Se trata de una violencia que no es retrato del trasunto que la motiva, mucho menos, y ello se agradece, una denuncia, un escrito moral, sino que construye una violencia lírica, y para ello basta leer la contenida parte dos y la asfixiante parte tres de este libro, para notar que el autor del mismo consigue, sólo mediante el lenguaje, la exploración, al menos de manera tangencial de esa violencia y de ese mal, al que nunca podemos ver de frente, como tampoco a la belleza, pero pasamos por momentos de un apremiante deleite estético, un deleite salvador.

Una historia como la de Se abren los caminos requiere transmitirse desde la acusación y también desde la apología para, aun en su brevedad, trazar las aristas completas del universo que atisba. Lo que han en el interior de esa configuración, termina siendo, en el caso del libro que nos ocupa, la presencia permanente, fantasmagórica, perenne, de Papa Doc, su ominoso personaje. Indudablemente, y como en la obra de Joseph Conrad, honrada posteriormente por Ford Coppola, tras cerrarse este libro nos queda en la consciencia el eco de las palabras The Horror. The horror… Quizá sin proponérselo, Barroso escribió la novela de la dictadura de Haití que Mario Vargas Llosa, en el corpus de su ambicioso proyecto de novelas dictatoriales sobre América Latina, evitó inexplicablemente escribir.

¿Podríamos haber soportado más páginas de éstas? Manuel Barroso sabe que no, y optó por detenerse en el momento preciso de una detonación en el vientre, y en la garganta y en los lóbulos nerviosos de nuestra psique. Como él mismo lo ha expresado alguna vez, la novela breve es una cápsula donde la sustancia activa se halla concentrada y, por necesidad, actúa con rapidez.. Disfruten, adquieran este producto de altísimos miligramos de concentración.

Barroso, Manuel. Se abren los caminos. México: Textofilia/UAM, 2020.