Ladrilleros, de Selva Almada

Miguel Ángel Hernández Acosta.

¿En qué momento se pierde una partida de ajedrez? ¿Cuándo dan jaque mate al rey o en el quinto o décimo movimiento previo cuando se comete el primer error frente al adversario? Ladrilleros, de Selva Almada, inicia con dos jóvenes muriendo a los pies de una rueda de la fortuna en una feria: ‘Pajarito’ y ‘Marciano’. Pero la historia, esa historia, comienza muchos años antes, con la coincidencia en el pueblo de ‘Tamai’ y ‘Miranda’, los padres de ambos jóvenes, respectivamente, quienes comparten vecindario y oficio: son ladrilleros.

Ésta es una novela donde el rencor y los malos entendidos impregnan el medioambiente; donde los adultos se odian y en donde los niños, a pesar de la inocencia de la amistad y de la infancia, deben repetir los prejuicios de los adultos. Sin embargo, ni los golpes y las tundas de ‘Tamai’ o ‘Miranda’ podrán conseguir separar a esos hijos; sólo la juventud y el sexo conseguirán poner en contra a estos muchachos y llevarlos al borde la muerte.

Ladrilleros está narrada en diversas temporalidades: el de los padres, el de los niños y el de los jóvenes que compiten por saber quién logra llevarse a la cama a más mujeres. Con una prosa punzante, directa, Selva Almada retrata las costumbres de un pueblo donde el hombre es el dios de las esposas y donde los hijos crecen de forma silvestre, aprendiendo que la hombría es lo más valorado dentro de las pandillas de amigos. En este mundo, emborracharse a diario, buscar pelea, llegar con la mujer y encontrarla siempre dispuesta al sexo es lo más común. Así, los hijos crecen a punta de chicote y sabiendo que el más fuerte es quien manda, por lo que deben repetir la conducta del padre, ejemplo perfecto de este hombre vicioso que provoca admiración. ‘Pajarito’, sin embargo, odia a ese ser que no hace sino gritarle y darle de patadas para que aprenda que, si él odia a ‘Miranda’, el hijo también debe hacerlo; que, si el padre quiere una cerveza, el vástago debe dejar cuanto esté haciendo con tal de complacer al mandamás de la casa, y que debe hacer esto hasta el día cuando crezca y su cuerpo deje “de quedarle chico a tanta furia como siente desde que tiene memoria”. No en balde, cuando muere ‘Miranda’, ‘Pajarito’ piensa en ‘Marciano’ y envidia la suerte de éste, pues “A él le hubiera gustado que el muerto fuese su padre”.

Selva Almada, en esta novela, perfila ya a la autora de los cuentos de El desapego es una manera de querernos, pues expone la cotidianidad de seres que pueden truncar su vida o recomponerla en cualquier instante, pero que siempre pueden estar por cometer un error que terminará en la derrota. Asimismo, ya prefigura el cuestionamiento al machismo y sus maneras de expresarse que la llevará en Chicas muertas a tratar de averiguar cómo surgen tres asesinatos en Argentina que, al parecer, no tienen un origen cierto. Y a esto agrega una violencia latente que subyace en cada una de las acciones de los protagonistas de estas historias.

Ladrilleros es esa partida de ajedrez donde cada uno hace los movimientos necesarios para agredir al contrincante, sin importarle si debe sacrificar a una reina o a un peón. Es la partida de dos reyes (‘Miranda’ y ‘Tamai’) que heredan un juego que en cualquier instante puede perderse debido a tantas derrotas que se han ido propinando a través de la vida, pero que vale la pena porque se convirtió en una forma de reafirmarse ante el otro y ante sí mismo. En ella, la prosa de Almada seduce por su minimalismo, por estar en constante tensión y porque hace pasar como algo sencillo lo que en el fondo es la razón de la existencia de sus personajes. Esta novela es una de las piezas que ha llevado a que Selva Almada sea considerada una de las autoras más destacadas en la actual literatura latinoamericana.

Almada, Selva (2013). Ladrilleros. Buenos Aires: Mardulce.