Entrevista con Jorge Pérez Escamilla, autor de Las lenguas muertas

En su primer libro, Las lenguas muertas (Camelot América, 2018), Jorge Pérez Escamilla (Ciudad de México, 1980) rememora a tres personajes indescifrables de la cultura mexicana: el arquitecto Juan O’Gorman, el Hueytlatoani Moctecuzoma y el artista plástico Julio Ruelas, resaltando sus dones visionarios, el carácter apátrida —expresado en su duda por amar lo que representa un país— así como los impulsos suicidas, para reflexionar —desde la simbiosis entre los tres los personajes— en torno al espacio, el cuerpo, el tiempo y la muerte.

Los tres apartados que sostienen este texto narrativo, revelación de un autor de intensidades insospechadas, se conforman a su vez de relatos breves que se caracterizan por sus diferentes registros (simbolismo, meditaciones, ensayo biográfico, surrealismo) con una intencionalidad clara: la fragmentación del texto genera una polidimensionalidad que funciona como recurso para evidenciar los tormentos metafísicos —desconsuelo, melancolía— que vivieron estos tres personajes, a la vez que afronta al lector a la fugacidad de la existencia.

En sus relatos, Pérez Escamilla sortea las complicaciones estilísticas mediante un lenguaje sencillo. Cuando se le pregunta sobre cómo describe este volumen lleno de alucinaciones respecto a la relación con el lector, el autor refiere: “Mi formación está en Letras, Museografía y Teatro. La museografía es un área dirigida esencialmente a personas con estudios de secundaria. Es un área donde te enfrentas al lector de manera frontal“.

Relata que la idea del libro “comenzó en un programa de radio que devino en un poema sobre Juan O’Gorman, luego de conocer su Casa Cueva. Primero pensé: ¿cómo alguien puede vivir en una casa así?, pero después me fue cambiando la perspectiva. Luego supe cómo había muerto: se suicidó tres veces. Y luego, si conoces más de su historia personal descubrirás que sus casas siempre terminan teniendo un final distinto (al proyectado) o destruídas; y lo mismo le pasa a él como persona: decide destruirse“.

Según yo, Juan O’Gorman es fundador de la carrera de arquitectura en el IPN, y es quien trae el funcionalismo a México. El hombre es poderosísimo, pues tenía una visión impresionante y era capaz de ejecutarla. Él era un heredero del relato de la Revolución pero se desencanta de las posibilidades revolucionarias. Me parece que ese desencantamiento lo lleva a renunciar a la arquitectura para inventarse una nueva posibilidad de habitar el espacio a través de la pintura. En su interior, la Casa Cueva tiene imágenes de deidades prehispánicas mientras que cierta fachada parece una especie de castillo. Es decir, el hombre está habitando un tiempo simbólico que ya fue devastado, del cual sólo quedan imágenes… éste, entre otros puntos en común, reflejan que los tres vivieron un desamparo y una gran melancolía“.

Le das mucha importancia a la melancolía de los personajes…

En una de las últimas entrevistas que se le hace a Juan O’Gorman, él comienza muy entretenido, con una vitalidad tremenda, muy claro en sus ideas. Conforme avanza el documental el director tiene el acierto de grabarlo cuando comienza a hablar solo. Cerca del final, se puede ver a O’Gorman como que habla para sí, de pronto se ríe o pone un gesto amargo: una cosa esta cara pública y otra el momento en que todo se resquebraja. Y eso es profundamente melancólico. El documental concluye anunciando que días después de la filmación O’Gorman se suicidó. Es su último documento. Desde allí quiero entrar a esa parte, como un furor que es incendio pero que inevitablemente deviene en cenizas…

En el caso de Moctezuma Xocoyotzin –continúa– lo que más permeó en mí fue la parte del Códice Florentino que hacen referencia a los presagios que (el Tlatoani) tiene 10 años antes. Ahí se da a entender que él ya sabía o entendía que todo iba a terminar y decide suicidarse. El Códice dice que el Mixitla de Huitzilopochtli le niega la posibilidad de matarse. Debió ser terrible saber que todo lo que depende de él va a terminar de esa manera y no puede hacer nada al respecto…

Hay en el libro una variedad de registros. En esta intencionalidad, además, uno va descubriendo cierto hilo sobre la identidad mexicana…

Al final todo se trata de reorganizar la memoria. El proceso de edición de lo vivido, lo soñado, lo recordado y cómo se entreteje.
El relato de Moctezuma es decisivo para la historia de México, pero es un relato cerrado. Y sin embargo, aun siendo un relato soñado, porque en realidad no sabemos nada, todo es suposición, pensaba en cómo apropiarnos de esas imágenes. Pensaba cómo estas historias transfiguran nuestra memoria. Y cómo volverlas desencadenantes. El surrealismo ofrece esa posibilidad: la reconfiguración y entretejido del presente con los símbolos que lo rigen, en el entendido que los símbolos no cambian de significado.

También llama la atención que esta búsqueda sea a partir de figuras que son espectrales…
Con la literatura se puede poco. Entonces si se puede tan poco entonces hay que meterle mucho. Para mí el libro más revolucionario en México quizá sea el que escribió Madero (La sucesión presidencial en 1910). Me gusta que ese libro haya surgido de cartas espiritas, que la transición hacia la democracia tenga su origen en fantasmas.

Como figuras, los tres personajes han perdido su centralidad en el campo cultural mexicano, casi ya son periféricos. ¿Cómo fue que vas encontrando sus vínculos?
En su momento los tres fueron sumamente poderosos. Pero mi acercamiento fue a partir de indagaciones personales y laborales. Ahora mismo estoy profundizando un escrito sobre Ruelas. Con Elizondo, para mí la literatura tiene un sentido de invocación: traer al fantasma.

En los relatos que construyen el libro, la ciudad de México es un espacio-tiempo que vincula a los tres relatos.

Todo afirma o niega la polis. Es la estructura de nuestro pensamiento, es decir, pensamos la vida a partir de ciertos ejes territoriales. Estamos muy ceñidos a eso. Me interesaba no romper con ella, no salir de ella pero sí reconfigurarla a mi parecer, con cierto sentido surrealista. A O’Gorman lo llamaría arquitecto surrealista, en el mejor de los sentidos. En el caso de Ruelas su desprecio-amor a México lo lleva a imaginarse otras ciudades imposibles de habitarlas, también. Al paso de los años esa crueldad apareció de otras formas y nos dio un bofetón en la cara al tratar de entender cómo el terror también dibuja la ciudad. Y bueno, la ciudad de Moctezuma sólo la podemos imaginar a partir de ilustraciones bastante feas. Al escribir el libro pensaba en cómo la literalidad se desbordó del arte y en ese sentido qué lugar ocupan los muertos, tanto como presencias como fantasmagorías, en el espacio. Cuerpos que ya sólo son cabezas y que nos gusten o no dibujan otra ciudad. Quizá apenas nos damos cuentas pero todo eso ocurrió desde hace siglos… La ciudad es un espacio para pensar un cuerpo vivo que está modificando las maneras en que entendemos lo público y lo íntimo. Al igual que la literatura.

La exploración de Las lenguas muertas va por cuestionar si es posible la transformación. Conocer si estos afectos pueden convertirse en otra cosa…