“Hay que replantear esa idea de que el siglo XXI es el tiempo de la mujer” | Entrevista: Brenda Ríos

Inconformes y rebeldes, pero también huérfanas. Así define Brenda Ríos (Acapulco, Guerrero, 1975) a 25 mujeres artistas que vistas en conjunto “hacen una épica moderna” y sobre las que reflexiona en su más reciente entrega, su décimo libro publicado: Raras. Ensayos sobre el amor, lo femenino, la voluntad creadora (Turner, 2019).

Raras…, marcar su regreso al ensayo. Previamente publicó Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector (Tierra Adentro 2005), Empacados al vacío, ensayos sobre nada (Calygramma, 2013) y Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco (IVEC, 2013) que conforman una galería en la que Ríos ya ha dado muestra de sus dotes también como poeta, traductora y editora. Los oficios son relevantes: Ríos es vouyerista extrema, intérprete de emociones, buscadora incansable de revelaciones. Sus exploraciones van de lo ordinario a temas más ambiciosos.
“Cuando editaba en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) me tocó trabajar un libro sobre mujeres que estaba mal hecho. Eso me inspiró -refiere sobre el origen de Raras–. Es que hay tantas antologías de hombres blancos vivos hablando sobre hombres blancos muertos que entonces decidí hacer mi libro-homenaje. Y gracias a unas reseñas-ensayo que he venido practicando en una columna en la revista Casa del Tiempo de la UAM surgió la idea de explorar un poco lo que ya he venido trabajando. Yo quería hacer mi propio panteón o mi propia mesita de noche de autoras que leo”.

Algunas de estas autoras se han convertido en figuras centrales, con los reflectores iluminando su vida u obra (por lo general, la primera). En esa columna: Amy Winehouse, Elena Garro, Clarice Lispector, Inés Arredondo, Anäis Nin, Lucia Berlin o Carson McCullers. Otras, apenas son visibles pero permanecen desconocidas entre el grueso del público hispanoparlante, tales como aquella escritora nacida en la nación isleña de las Antillas Menores de Dominica, Jean Rhys.
Todas ellas, dice en su prólogo, “son un paradigma para imaginar la naturaleza del cuerpo y la mente humana”. Se caracterizan por ser un puñado de seres incomprendidos. Tal y como es el mundo femenino, observado/desnudado por Ríos desde la corporalidad y el deseo. Es decir, desde el espacio íntimo.

Raras… tiene una referencia básica: aquel volumen intitulado Los raros (1896), en el que el poeta Rubén Darío recopiló 19 semblanzas de autores ajenos a la tradición literaria. Aunque en Raras…, su autora no separa obra y vida: ilumina sobre la tragedia elemental de estas 25 cantantes, escritoras, cineastas cuyo rasgo en común es su coexistencia durante el siglo XX y los primeros años del siglo XXI.
En cada una de las reseñas nada está completamente definido. No hay aquí descripciones totalizadoras. Cada una representa una búsqueda que arroja pistas para comprender el impulso del arte. Se trata, aclara, de una “aproximación” enmarcada en la curiosidad intelectual. Un libro adyacente al feminismo, aunque difícilmente Ríos podría llamarlo de dicha manera. Lo define como un mapa imaginario que nació del azar y los encuentros literarios. “Es, ante todo, un libro de lo amoroso (…) El amor enseñado en las mujeres. El amor mal entendido. El amor como filosofía y aprendizaje. El amor como arte.”
Visto de esta manera, Raras… es también un compendio de textos afectivos con los que se arropa o abraza a estas mujeres que trasgredieron contra sí mismas sin un asidero más allá de sus propias creaciones.

¿”Raras” como ex-céntricas?
El título es una de las cosas más simpáticas. Yo quería hacer mi versión de Los raros. Al final lo aterricé en la voluntad creadora, aunque también pensé en un título como “Enfermas de amor”. Todo tiene un riesgo. Me encantaría decir que hay un hilo conductor pero finalmente creo que todas ellas son mujeres que no se supieron adaptar. Nunca se adaptaron y la pasaron mal. Turner también publicó un libro que se llama Agudas que es justo el opuesto a Raras. Todas, inglesas o norteamericanas, fueron fuertes, mediáticas –muchas ejercieron el periodismo cultural– y eran agudas porque tenían una lengua “venenosa” y puntillosa. Tuvieron mucho prestigio y algunas ganaron mucho dinero en la primera etapa del siglo XX. Eran mujeres empoderadas y todas formaron una red, que rompieron con lo establecido. Por el contrario, todas las raras fueron abolidas por un sistema mucho más complejo: les ganó el cuerpo. Creo que la vida se fue para abajo cuando la obra se fue para arriba. Se sacrificaron. Suena a lugar común, pero es la verdad: hubo una auto inmolación.

¿Les ganó el cuerpo?
Son mujeres que se casaron o se dejaron cazar porque ellas creían que eso era la felicidad. Así como suena, a lugar común. Porque en el fondo todo mundo cae en el lugar común: la vida familiar, la maternidad. Uno se da cuenta que eso les costó muy caro, pero no significa que sean víctimas, sino que asumieron las consecuencias. Algunas tenían una conciencia de que estaban haciendo su trabajo, de su legado, otras en cambio, escribían porque era su refugio o algo natural, pero ¿quién de ellas realmente estaba consciente de una idea de libertad? La única que realmente vivió con un sentido de libertad que ahora podemos entender es Nin y tampoco se la pasó muy bien, incluso de la correspondencia que tuvo con (Henry) Miller no autorizó su publicación mientras su marido estuviera vivo.

Vélez, Anaïs Nin y Becky G sirven como pretexto para acercarse a un erotismo femenino explícito…
Tenemos toda una tradición erótica que explica a las mujeres desde el punto de vista de los hombres. Lo terrible es que cuando una mujer escribe ni siquiera está pensando en su cuerpo sino en cómo le fue explicado su cuerpo. En el caso de muchas escritoras mexicanas (pienso en Garro, Arredondo…) sí existe un peso moral sobre el cuerpo. El catolicismo está por todos lados. Por eso defiendo a Anaïs Nin, porque ella era muy explícita. Parece una antropóloga sentimental y es muy crítica al respecto, hay partes que no le da miedo contar. Aunque es un poco triste que sea reconocida por los Diarios… Me pregunto ¿cuántas de estas mujeres tenían amantes fuera del matrimonio?

¿A diferencia de las “agudas”, las “raras” carecían de un club de escritoras; es decir, no hubo sororidad para ellas?
Pueden tener familia o hijos pero parece que están solas, como huérfanas. A lo mejor no están solas pero no tenían un grupo de ayuda o soporte. Cuando no tienes alguien con quién hacer espejo es muy difícil porque no sabes para dónde vas. A menos que tengas un mentor, pero también es otra figura, de poder, por supuesto.

¿El siglo XXI será el de resignificación de lo femenino?
Uno de los textos que más me gusta del libro es sobre Anäis Nin. La releí y francamente ella tenía muy claro su contexto cultural y eso es muy extraño. Fue muy consciente de su época, su trabajo y su relación con los demás. Por eso a nosotras lectoras del siglo XXI nos parece absurdo. Piensa en ella endiosando a Henry Miller o a Elena Garro sacrificando todo por Octavio Paz. Ella es una anti estrella. Piensa en Inés Arredondo, echada al margen literario y geográfico, dando talleres en Culiacán. Nadie le dijo que podía dedicarse a escribir.
Creo que hay que replantear esa idea de que el siglo XXI es el tiempo de la mujer, porque conlleva una trampa ya que sólo hablamos de un sector de cierto tipo de mujeres. La clase social, el entorno…

¿El cuarto propio sigue siendo vigente…?
Leí un libro sobre el índice sobre violencia en América Latina y El Caribe en relación con la vivienda: a mayor hacinamiento, mayor el número de violación infantil e incesto. El análisis refleja que la pobreza y marginalidad está en relación con la violencia sexual: los padres y hermanos transgreden las reglas porque el cuerpo (femenino) se vuelve una cuestión comunitaria. Tiene que ver con que no hay habitaciones propias. Al inicio del texto (Una habitación propia, 1929) se nota el enojo de Virgina Woolf cuando descubre la situación de privilegio que a ella no le tocó pese a ser una mujer de clase alta. Un siglo después seguimos casi en lo mismo. No podemos obviar los contextos particulares.