Degenerado, de Ariana Harwicz

Ariana Harwicz: el minotauro incomprendido

Cierto tipo de literatura se siente cómoda en el caos narrativo y visual que alienta su propia construcción. No busca la ambigüedad en sus formas, tampoco historias oblicuas y ni siquiera el arrojo de las lupas, los telescopios, los microscopios o los binoculares que son, a fin de cuentas, distintas formas de acercar la mirada a los hechos. Ignoro con qué clase de instrumentos Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), escribió Degenerado, una novela que me gustaría calificar de experimental, aunque sea para resguardar las formas, pero eso sería mentir.

En Degenerado —si entendí bien— seguiremos la historia de un pedófilo y asesino acusado de matar a una niña. En una especie de monólogo administrado por su propia locura, el narrador intenta convencer a alguien —no sé si al lector, a él mismo, a la justicia o a la propia Harwicz— de que su acto fue… ¿Justificado? ¿Ético? ¿Menos reprobable que otros actos? ¿Relativo?

Me lavo las manos en mi memoria y enciendo la luz por primera vez en todo el día. Me importan un comino los rezagados, mejor pasarse de la raya que quedarse corto, mejor ser colgado de las bolas y si resisto paran, y si no, al río. La delegación de Francia regida por Louis Aragon prefería a Stalin antes que a Proust, la delegación aprueba y elogio al gulag públicamente. Estoy dispuesto a morir por Stalin, si tuviéramos que darle nuestros pulmones, le daríamos nuestros pulmones” (14).

Párrafos como el anterior, multiplicados a lo largo de la novela, le darán al lector una idea de lo que viene. Me gustaría decir que estamos ante una obra compleja, pero eso también sería mentir. La Celestina, en su dificultad dialogal, recompensa al lector con un humor incandescente y cáustico que revela, a través de la pluralidad de las voces, un ecosistema de la avaricia y el engaño tan profundo como vasto. Dante recompensa al lector por medio de una cosmovisión que agita la conciencia humana y la representación del castigo: es la visualización de la carne que sufre y, al mismo tiempo, que se redime. Cualquiera puede decirme que estoy siendo injusto. Ninguna obra contemporánea puede ser comparada con las rutas que nos han dejado los grandes maestros. Estoy de acuerdo. Hago este ejercicio únicamente para ejemplificar que parte de la razón por la que leemos ficciones es porque llevamos la tenue esperanza de recuperar algo aunque después lo olvidemos. A pesar de los esfuerzos estéticos como escritores, la literatura no es únicamente representación sino suspensión temporal: seducir al lector, entretenerlo. ¿Se habrá obliterado este deseo? Degenerado, lamentablemente, se deja llevar por vericuetos de imágenes y diálogos que dejan a uno con la pregunta de si la autora posee tal imaginación que uno se pierde, sin darse cuenta, en uno de esos accesos. Ignoro si el monólogo del acusado lleve inserto algún tipo de rebeldía.

Los burgueses agonizando no me dan lástima, estaban ahí un viernes tomando cerveza y bailando death metal delante de las Kaláshnikovs enel lugar y en el momento justo. Yo trabajo para el campo del mal, para dividir mi cabeza contra la pared” (31).

¿Qué hacer con algo así? Hay poco que decir cuando se imponen fantasmas que solo el personaje entiende. Algunas anécdotas de la infancia salpican por aquí y por allá la historia. Descubriremos —apenas— que el narrador culpa a sus padres de lo que es. Creo. Una pregunta que podría hacerse después de leer la novela es si existe algún tipo de compromiso ético con los monstruos. Es quizá uno de los principales problemas en la vertiginosa relación entre arte y maldad. El ser humano, temeroso ante los límites de la empatía, podría asomarse a ese abismo por medio de la representación literaria o visual. Tratar de entender la maldad podría incomodar al lector por medio de una historia que se asome al precipicio de la subjetividad. Ariana Harwicz no hace nada de esto. Y no es que tenga que hacerlo, pues no pretende escribir una Biblia. Sin embargo, ¿cuál es la función o finalidad de escribir un libro así?

La autora prefirió escribir una especie de panfleto incendiario que pretende escandalizar al lector diciendo que “el sexo desviado es el gran enemigo porque rechaza el sistema” (44) o que “puedo comenzar a sentir algo con un niño de seis años. No puedes penetrar a un niño de tres, de cuatro años pero depende de lo que el niño quiera” (74). Este tipo de frases lucen gratuitas. La pederastia es reprobable, ¿realmente necesita restregárnoslo en la cara? ¿Para qué? ¿Para que algún tipo de espíritu cierre el libro? ¿Cómo rechazo hacia cierto tipo de lector? Esta tentación por el escándalo parece aventada ahí sin una propuesta que la sostenga. Al escandalizar, banaliza uno de los peores crímenes que se pueden cometer. Los cambios abruptos en el estilo apenas embonan. El narrador, de pronto, puede ser ecuánime y sabio y transformarse, en un suspiro, en un ser laberíntico y febril. Si tiene el libro en las manos, en la página sesenta y dos verá a lo que me refiero. A estas alturas es mejor no citar. A pesar de este monólogo, el lector se quedará pensando si el narrador es un cínico, un moralista, un desalmado o un desquiciado. Tal vez todo esto. Este tipo de escritura de cortes rápidos y desinhibidos la encontramos en las redes sociales. Tal vez ese sea el mensaje de Harwicz. Una especie de llamado estético para fragmentar la narración y demostrar que es posible darle coherencia a la realidad inmediata en la que vivimos. No me arriesgaré, sin embargo, a intentar explicar algo en un naufragio así.

Dice al final el narrador que “no estoy arrepentido de nada” (124). ¿Para qué entonces, esta defensa alucinante y caótica? ¿Cuál es, entonces, el objetivo de esta apología? ¿Cuál es el objeto de un libro que rebota por las paredes y grita en cuartos oscuros no sé qué cosas y balbucea de temas a los que el lector tiene que buscarles un significado superior? No sé qué es lo que la autora pretendió hacer con esta obra. Quisiera encontrarle un ápice de sentido pero no lo encuentro. ¿Será este un libro manufacturado para algún tipo muy específico de oyente? Tal vez. Quizá mi afán de encontrar una buena historia es ridículo y cierto tipo de literatura que se escribirá en el futuro consistirá en darle al lector algún mensaje político o transgresor a partir de la forma en que se escribe.

Para finalizar, diré que me siento totalmente estúpido. Es tarea del crítico darle al lector un sentido de dirección, desentrañar el laberinto, abrir el cofre con la llave de la lectura atenta. He fracasado, lo sé. Esta novela se me escapó de las manos en algún momento. La falla es, por supuesto, mía. Tal vez Ariana Harwicz pertenezca a otro tiempo.

Harwicz, Ariana. Degenerado. España: Anagrama, 2019.