La bala de Dostoyevski

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Blog: Capitular
La bala de Dostoyevski

Por Luis Bugarini

Es mentira que el ser humano disfrute vivir a bajas temperaturas. No le queda sino acostumbrarse, ante la falta de otras opciones. La nieve es hostil a sus aspiraciones, a pesar de la poesía que pretende celebrarla. El consuelo del sol es universal y no hay animal en la naturaleza que desprecie una mañana luminosa, de rayos que se filtran a través de las copas de los árboles.

Aleksei Vasíliev no fue un alumno destacado, aunque tampoco sacaba las calificaciones más bajas. Siempre había otros menos favorecidos, ya que no comían o dormían en malas condiciones. Un salón de clases es una promesa de futuro. De cada uno de ellos, saldría algún individuo para nutrir con su experiencia y conocimiento el mundo de los hombres. Nadie es eterno. La acción del tiempo es incontrovertible: todo lo que nace, muere. Aleksei tuvo la suerte de que su padre trabajara como zapatero, oficio que les permitía sobrellevar los meses en que no había trabajo, lo cual era frecuente, además de aquellos en que la turbulencia política cimbraba todos los rincones de la Rusia zarista. ¿Quién piensa en zapatos cuando hace falta comida? Sonaban rumores de agitación social y el descontento era generalizado. Había quienes murmuraban palabras de revolución como una salida posible a la miseria de los oprimidos. El Zar estaba más sordo de nunca ante las demandas sociales.

Este hijo de zapatero se negó a continuar el oficio, que ya había aprendido. Juzgó que el modo de su padre estaba lejos de sus aspiraciones, por lo que se enroló en el ejército. Nunca como entonces se necesitaban efectivos para controlar a los sediciosos, que no dejaban de aparecer en los rincones del país. Además, Rusia es un país amplio y con una geografía de extremos. Aleksei tuvo la fortuna de conocerla in extenso debido a las asignaciones que determinó la alta dirección del ejército ruso, si bien conoció el frío, el hambre, la soledad y el alejamiento casi permanente de su familia, a la que procuraba enviar parte del dinero que recibía como pago por sus servicios.

El padre murió al lado de su primera hija, la más grande, ya que ninguno de sus hijos se encontraba cerca de San Petersburgo como para visitarlo, lo cual perturbó a Aleksei al punto de hacerlo considerar su retiro de la vida militar. Sin embargo, no tenía otro oficio y eso frenaría su carrera, al punto de la inmovilidad. Rusia atravesaba un periodo de incertidumbre y un soldado que estuvo a las órdenes del ejército no podía dedicarse a otras tareas, a menos que ocultara su pasado, lo cual nunca es fácil. Así que buscó su resignación en la lectura de la Biblia, cuyos versículos hallaba iluminadores sobre la condición del hombre. Le conmovía especialmente la figura de Moisés y su lucha por liberar a su pueblo. Aleksei carecía de ideas políticas y se limitaba a ejecutar las instrucciones que recibía. Más de eso no sabía y tampoco podría dar cuenta.

¿Es posible culparlo, acaso? No entendía ideas de revolución y menos aún aquellas de contrarevolución. Se sentía agradecido con la vida militar porque le dio la oportunidad de subsistir y, además, ayudar a los suyos. Sin ese trabajo, por ejemplo, su padre no habría tenido una lápida en el cementerio sin servicios funerarios. Aquel diciembre de mil ochocientos cuarenta y nueve, en que amaneció más frío y nevado que en días anteriores, fue informado de que ejecutarían a unos rebeldes. Un día cualquiera para militares acostumbrados a utilizar la fuerza para silenciar cualquier fuerza disidente. Arregló su uniforme y pulió las medallas a las que había sido acreedor, hasta ese momento. Portarlas con orgullo subrayaba distinción en un militar. Transparentaba cuántos servicios se habían prestado al Zar, lo que significaba el tamaño de su compromiso.

Esto significaba respeto, que lo era todo.

Salieron al patio los prisioneros y los colocaron el línea, con los ojos vendados. Sintió pena por los miserables y rezó en silencio por la salvación de su alma, lo que hacía en cualquier ejecución. Los militares recibieron la instrucción de disparar y lo hicieron. Apenas se sorprendieron de que ninguno de los prisioneros cayó al suelo. Entre ellos, al frente, se encontraba Fiódor Dostoyevski, a quien el Zar le conmutó la sentencia y sería deportado a Siberia.