Acerca del fuego (1)

¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo,
dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento,
dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?

(T. S. Eliot, Choruses from “the rock”, cap. 1, v. 14-16. Trad.: Jorge Luis Borges)

Blog: Atarazanas
Acerca del fuego (1 de 2)
Por Manuel Pérez-Petit.

Es una tendencia hablar del mundo y no de las personas, del arte y no de los artistas, cuando ni el mundo ni el arte existen sin personas ni artistas. Más allá, bien podría afirmarse que todas las personas son artistas, esto es, poetas, en el sentido más amplio. García Lorca le decía a Gerardo Diego que el poeta muestra el fuego que tiene en las manos. Paracelso interpretó, entre los siglos XV y XVI, que Dios creó el mundo incompleto y encomendó al hombre la tarea de completarlo, para lo cual era necesaria la Piedra filosofal, elemento clave e ignoto. Ockham, en el XIV, negó los universales, pese a que para él “el conocimiento intuitivo es aquel en virtud del cual sabemos que una cosa es, cuando es, y que no es, cuando no es”, y echó por tierra para medio mundo conocido la obra de Tomás de Aquino, quien, en el XIII, había sistematizado el conocimiento y creado una síntesis de Aristóteles y otros pensadores clásicos, islámicos, judíos y escolásticos, poniéndola al servicio de la fe. En tiempos mucho más recientes, Einstein revolucionó las estructuras del universo con la Teoría de la relatividad, cuya certeza está aún en debate. En todos los ámbitos, el mundo cambia, pero son las personas las que cambian el mundo, lo completan, quizá porque tienen fuego en las manos.

Retrato de M. P.-P. ©Modesto Trigo Óleo/Lienzo Diciembre de 2004- mayo de 2005

Retrato de M. P.-P.
©Modesto Trigo
Óleo/Lienzo
Diciembre de 2004- mayo de 2005

Toda obra artística, en general, o literaria, en particular, por su origen y su naturaleza, es poesía. Y la obra de arte, por su estatuto enigmático, es libre, fruto de la individualidad, resultado de un “proceso” espiritual, abierto y de conjunción de técnica y de impulso, de esfuerzo y de contemplación. En un estado adánico y primigenio, nadie necesitaría del arte ni de las palabras. Pero no es el caso y, ante la realidad, el artista representa la rebeldía, traspasando las fronteras de lo cognoscible, llegando al deber ser, lo inasible, lo imaginario, y asentándose en la vida vivida, sin la que nada es posible, crea –o recrea, si se prefiere–. La creación artística y la experiencia de la obra de arte “se dan en la historia, son historia y niegan la historia”, según defendió Octavio Paz. El legado del arte son las obras de arte. Da igual –de verdad– como se llamen sus autores ni cuándo vivieron o cuáles fueron los avatares de sus vidas, pero algunos, por alguna circunstancia desconocida y misteriosa, ahondan tanto en lo suyo –con mayor o menor grado de consciencia– que llegan a ese lugar incognoscible pero reconocible en el que mora lo común, entrañable y permanente en alguna de sus obras, en un acto “milagroso” en que se hala la misteriosa razón por la cual éstas se convierten en clásicos. No hay prisa para que esto ocurra, pero ocurre, y eso explica que a veces se tarden siglos en otorgar a ciertas obras literarias el lugar que les corresponde. Al entrar en el subconciente colectivo, aportan con determinación a la visión general del mundo, y lo agrandan. El club de los descubrimientos tardíos tiene una nómina excepcional. A la lengua española, sin ir más lejos, le costó tres siglos reconocer a dos poetas, por ejemplo, Juan de Yepes Álvarez –más conocido con San Juan de la Cruz– y Luis Góngora y Argote –pese o quizá a que su “ande yo caliente / y ríase la gente…” estuviera bien arraigado en el habla y la sabiduría popular– como lo que hoy son de forma definitiva a la poesía universal. Son solo dos casos, pero uno siente que habría que dedicarle cientos de págnas al libro de los olvidos o los descubrimientos pasado el tiempo.

Rainer María Rilke definió el amor como un homenaje mutuo de dos soledades que se cercan y se dan calor, y confesó: “Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad”. El praguense despreciaba el paso del tiempo, exaltaba la virtud de la paciencia en el artista y dejó una estela de incalculables dimensiones, hasta el punto de estar en la base de gran parte del pensamiento contemporáneo. Heidegger partió de la obra de Rilke, entre otras pocas fuentes, para establecer su filosofía. Camus aseguró: “No puedo vivir sin mi arte” y partía de ideas filosóficas para elaborar su obra. Gloria Fuertes hizo constar también que no podía “vivir sin escribir”. García Márquez comentó en cierta ocasión que para escribir sólo necesitaba tener calor y el estómago lleno. María Zambrano dijo: “Escribir es defender la soledad en la que se está, es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”. Le preguntaron una vez al novelista argentino Osvaldo Soriano que por qué escribía, y contestó: “Para compartir la soledad”. Tiempo después, Mario Benedetti se hizo eco de esta respuesta y publicó el 1 de noviembre de 1987 en el diario madrileño El País “La soledad comunicante”, un artículo a cuyo final se inquiría: “¿Qué es, después de todo, la soledad sino un homenaje al prójimo?”

El diccionario ideológico de Casares define la literatura como el “Arte que tiene por objeto la expresión de las ideas y los sentimientos por medio de la palabra”. Ideas y sentimientos… El debate entre filosofía y literatura, sin menoscabo de que cada una pueda contener ideas y sentimientos, es tan antiguo como el conocimiento humano. Se trata de una batalla que ya en Platón se resolvió a favor del logos del pensamiento filosófico, aunque, con posterioridad, en el Renacimiento italiano y a partir del siglo XIX, con Goethe, Kierkegaard o Nietzsche, volvió a un primer plano. Ya en el XX, Alfonso Reyes distinguió en “La experiencia literaria” entre filosofía y literatura, tras lo cual concluyó: “No nos importa la realidad del crepúsculo que contempla el poeta, sino el hecho de que se le ocurra proponerlo a nuestra atención, y la manera de aludirlo”.

Nietszche apuntó: “La sociedad necesita de poetas como el cielo de estrellas”, poco después de que el conde de Lautréamont predijera que un día la poesía sería hecha por todos, claro que el sentido –que no el origen– de ambas afirmaciones es antagónico. Si bien el alemán apelaba a la necesidad de los poetas verdaderos, el francés –nacido, por cierto, en Uruguay– se reía de la realidad de una sociedad en que proliferaban escribidores de poemas. “El arte, realmente, no existe. Tan sólo hay artistas”, comienza literalmente la Historia del arte de Gombrich. El artista, el poeta, es el ser que aspira a la luz, a ser la zarza ardiente que no se consume y que se renueva, en este incendio pavoroso e inevitable que es vivir. El poeta –que hoy ya no pertenece a una casta y que lejos de ser un ser superior es uno más entre nosotros y es cualquiera de nosotros–, tiende a convertirse, de este modo, en vidriera, para dejar pasar la luz a través de sí mismo y multiplicarla y esparcirla sin límite, precisamente, en este incendio que nos contagia a todos. Para los egipcios, el sol –puro fuego– era un ser viviente, más viviente, incluso, que los hombres, por su no sometimiento a la historia. Y esto nos regresa a Octavio Paz, que también escribió que la obra de arte “es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia”.

En la cultura subyacen las ideas filosóficas, y acaso toda cultura es ideológica. En todas las primeras manifestaciones literarias de todas las culturas, la literatura y la Weltanschauung o idea del mundo se han fusionado en la misma cosa, como pasó en Homero. Más tarde, siempre se ha establecido la dicotomía entre dos realidades diversas. Y aunque no en todos los casos ha ocurrido así, en la cultura occidental ha vencido la filosofía. Desde hace dos centurias hasta los sentimientos están cuajados de ideas, y acaso como consecuencia de este predominio de las ideas, el acceso a la poesía, a la obra de arte, se ve amenazado por múltiples peligros que destruyen la unidad de fondo y forma, entre los que destacan el diletantismo, que exalta el fondo, y el esteticismo, que materializa de forma principal la forma. Sin embargo, lo que distingue a la obra de arte de otras actividades humanas es su capacidad connotativa, la clave que la conduce hacia los caminos de lo irracional y verdadero, con la meta de fondo de alcanzar el Todo que lo reúne todo”. El hecho de que una obra de arte es una unidad de ser y de sentido que tiene la virtud de hacerse diferente y única y la misma ante los ojos de cada cual que la contemple, que tiene tantas representaciones reales y válidas como personas la compartan, que engloba todas las significaciones, mucho más allá del autor y su intención. El poeta español Gabriel Celaya dejó escrito en 1944: “Para salvar la poesía, como para salvar cuanto somos, lo que hay que transformar es la sociedad. Y a esto debemos consagrarnos con todo y, por de pronto, si damos en poetas, con la poesía como arma cargada de futuro”.

Bien es cierto que la historia no es lineal ni constante y que se ve sometida a procesos de muy diversa intensidad y ritmo, en los que los relojes sólo hacen fe práctica de una convención muy poco viva e incapaz de medir más allá de la física: la medición del tiempo, a la que le ocurre como a la mayoría de las convenciones. Sin ir más lejos, como al metro: principal unidad de longitud del Sistema Internacional de Unidades, que en su origen se estableció como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre a su paso por el ecuador, y hoy, con más precisión, tras muchas idas y venidas, se define como la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo, lo cual está muy bien, pero, ¿qué pasa cuando uno está a un metro de algo, de que vale saber lo que es el metro o el segundo cuando, a veces, de un metro o de un segundo depende la propia vida, la emoción o el deseo?

La presente es una época llena hasta el hartazgo de mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, que son sacralizadas y negadas de manera sistemática, pues cada cual tiene sus propias mediciones, estadísticas, objetividades y clasificaciones, y así, el relativismo, el afán de experiencias y de conocimientos, el exceso de información y el determinismo construyen una sociedad desorientada y erudita, en la que prima la acción. Y esto podría ser la causa de una crisis creativa y de identidad del ser humano, en la que al desaparecer la voluntad de sentido el propio ser humano se convierte en el peor enemigo de sí mismo, más incluso que en cualquier otra época de la historia, como Karl Popper denuncia en El universo abierto.

Una sociedad en la que todas las manos y las voces que se alcen son pocas para reivindicar un universo abierto y libre, en el que los seres humanos sean de carne y hueso y tengan hambre y ganas de vivir y, sobre todo, amen. Y amen el fuego que baila en sus manos.