Artillería nocaut, de Víctor Solorio Reyes

Por Omar Nieto.

El género policiaco tradicional cree en la posibilidad de justicia y justo por eso enfrenta graves problemas de verosimilitud en los países latinoamericanos donde el aparato policial no se puede distinguir del entramado criminal.

En Latinoamérica las tramas de Agatha Christie o Conan Doyle y sus ‘Sherlock Holmes’ parecen inofensivos. “Una credibilidad, una acción y hasta una propuesta deductiva tienen más que ver con nuestro tiempo que con la Londres posvictoriana que proponía Agatha Christie en los años 30”, dice Mempo Giardinelli en su secular ensayo El género negro.

En dicho texto, el argentino señala que la novela tradicional policiaca tuvo su declive cuando se olvidó del crimen y de la muerte para montar en su lugar un lenguaje artificioso, de apariencia lógica, sin otra ambición que la del entretenimiento. En lo policiaco, explica Giardinelli, “la realidad estaba fuera de la ficción”, era un juego de salón, que correspondía a “misterios de cuarto cerrado”, y aunque su supuesto espacio mimético era la resolución de un crimen, la calle, donde éste por lo general sucede, nunca aparecía. En cambio, el género negro, incorporó la realidad, el suburbio, la calle, la miseria. Así, como dice el presentador de Cosecha Roja de Dashiel Hammett, en la novela negra lo policiaco pasa a ser “un acontecimiento real, cotidiano, con el que nos topamos sin remedio”. En el género negro, dice, “sus protagonistas saben de antemano –a diferencia de los sofisticados protagonistas de la novela-problema- que el conflicto no tiene solución: las causas de un crimen no se remedian con el descubrimiento del criminal, porque las causas del crimen –casi siempre- se encuentran en la base misma del sistema social”.

Es justo esto lo que pasa en Artillería nocaut de Víctor Solorio, ganadora del Premio Nacional de Novela “Otra Vuelta de Tuerca” 2014, y en la que por cierto, se registra un cambio en el esquema habitual de la novela negra: quien investiga el crimen es otro criminal: el exsoldado y robador de autos ‘Eleuterio Marto’.

La trama se ubica en una ciudad imaginaria que bien podría ser Morelia –ciudad natal del autor- o cualquiera otra en la que suceden una serie de crímenes al amparo del poder público.

En Artillería nocaut, ‘Eleuterio Marto’, alias ‘El detective’ (apodo que se gana desde niño por investigar la muerte de su padre), es requerido por su ahijada para descubrir qué hay detrás del crimen de su compadre, ‘Agustín Correa’, ejecutado, torturado y con tres dedos cortados –símbolo de la “maña” o crimen organizado para quien roba dinero de los capos.

Aunque la mayor parte de la historia está narrada en primera persona desde el punto de vista clásico de la novela negra: es decir, la del testigo-narrador-protagonista, hay una segunda voz que se intercala en cursivas y es la del autor onminiciente en tercera persona que suena a una voz de ultratumba, que recuerda a una de las grandes novelas sobre el narcotráfico mexicano, Juan Justino Judicial, del escritor sonorense Gerardo Cornejo, recién fallecido. En Juan Justino… esa voz habla como un fantasma que acecha la conciencia. En Artillería nocaut la voz machaca al protagonista porque como se lee en sus páginas, lo más difícil es “pelear contra fantasmas”, es decir, contra uno mismo.

Artilleria_nocaut

En la novela de Víctor Solorio Reyes también hay otro elemento a destacar: la fluidez de la narración, más acorde a los lectores de nuestros días. Pero sobre todo que, sin enunciar nombres, entremezcla datos de la realidad que le confieren verosimilitud. Incluso parecería que traza un mapa de lo que en verdad pasó en Michoacán cuando la organización que él denomina ‘La Compañía’ (alusión a Los Zetas) se apoderó de la vida criminal de ese estado, provocando que los empresarios locales –aguacateros, limoneros, de maderas, etcétera- financiaran la estructura de La Familia Michoacana –luego Caballeros Templarios- para contrarrestar el embate paramilitar del cártel de la última letra, que modificó todos los esquemas del narcotráfico en México.

En Artillería nocaut no hay una transposición de la realidad sino una trama que se sostiene por sí misma pero que no elude el entorno.

El ‘operador’ de ‘La Compañía’, sicario que no solo ha asesinado al compadre de ‘Eleuterio’ sino al ‘Káiser’, secretario de gobierno estatal, es otro de los personajes a destacar en la novela. El ‘operador’ también habla en cursivas: encarnando la voz omnisciente del crimen organizado que persigue y ejecuta al que quiera sin que nadie pueda detenerlo. El ‘operador’ no sería un sicario cualquiera, estaría entrenado “por kaibiles”, como informa ‘Eleuterio’ a ‘Dante’, su amigo y también exmilitar, quien luego de ser entrenado en las Fuerzas Especiales del Ejército monta una compañía de seguridad privada para vender guaruras a las familias, porque como se dice en la trama, “la inseguridad al alza significaba buenos tiempos para el negocio de guardaespaldas”.

En Artillería nocaut hay lugares que no están en el mapa real de Michoacán. Sus pueblos se llaman ‘Manzanilla’ o ‘El Devanador’, que presume ser la capital del limón. Solorio los esboza como alegorías de lo que sí existe. En ‘El Devanador’, cuenta, “solo vi buitres en los árboles”, lo cual recuerda a “Limón de la luna”, ese pueblo de Buenavista Tomatlán, que en julio de 2013 amaneció con cuatro cuerpos colgados en su anuncio de bienvenida.

Como dice Mempo Giardinelli, lo que hizo inofensiva a la novela policiaca en Estados Unidos y Europa fue la incapacidad de sus autores por esbozar tramas verosímiles. No se trata, como escritores y críticos consideran, de transcribir la realidad, mucho menos de crear tramas de denuncia, eso en efecto, corresponde al periodismo; de lo que se trata es de evitar decir, como en una novela que leí, que el asesino guardaba su pistola escuadra, calibre 9mm, en la pequeña bolsa interior de su saco, sin reparar en que el peso real de un arma de ese tamaño bien podría romperla. Lo peor era que el personaje pasa de profesor de literatura a sicario, sin ningún entrenamiento, solo porque se le antojó “la acción del mundo real”.

En México la novela negra se ha influenciado últimamente más del cómic que de la realidad, con el argumento de que la literatura se trata de imaginar, no de transcribir. Es cierto. Pero la literatura no solo es imaginación sino transgresión del mundo y al principio de las cosas, en obras como Un paseo por el lado salvaje de Nelson Algren, quizá la primera novela negra norteamericana, la realidad tenía un peso, al grado de poner al autor en la mira del FBI por su radicalismo político. Algren había publicado en 1935 Somebody in Boots, dedicada a los homeless de Estados Unidos. Vivió después una apasionada relación con Simone de Beauvoir con quien viajó por Latinoamérica y España, y luego de publicar Un paseo por el lado salvaje, intentó suicidarse, prueba de que se tomaba la vida en serio.

Ni Nelson Algren ni John Fante ni el cubano Pedro Juan Gutiérrez, Barry Gifford o DBC Pierre han obviado la realidad. Tampoco necesitaron esbozar caricaturas policiales o sicariales para que así los delincuentes “nos asusten menos”, como sugirió un escritor noir mexicano en una charla privada. Ellos encontraron en la realidad una trama literaria. Y de ahí su permanencia.

Para Mempo Giardinelli, la novela negra se encumbró justo por cuestionar y evidenciar el desarrollo del capitalismo, la alienación de la sociedad de consumo, la lucha por la posesión del dinero como máximo valor.

Ese es el problema con parte de la novela negra mexicana de hoy: no a cualquiera le sale bien la reproducción literaria del entramado criminal contemporáneo donde se hace uso de las herramientas más violentas imaginadas por el hombre sin caer en el efectismo o la explotación estética de un universo sin ética.

Por eso es de celebrarse que Víctor Solorio haya conseguido un buen grado de verosimilitud sin renunciar al juego literario y más cuando usa a personajes clave como un boxeador, un policía, un ladrón de autos, una bella joven que se prostituye para salir de la pobreza, políticos y narcotraficantes. Como él lo ha dicho, no es una novela sobre el narcotráfico y al mismo tiempo lo es. Más bien, es una novela con las reglas de la ficción puestas al servicio de la trama donde reina una atmósfera de miedo, violencia, injusticia, inseguridad y corrupción del poder político, como en la Gran Depresión.

Con capítulos que son rounds de una pelea sobre el ring narrativo, Solorio no sucumbió a la tentación noir de emular al cómic a pesar de ser diseñador gráfico, una tendencia que ha visto a Frank Miller como único camino para proyectar la oscuridad del alma humana, olvidando que una cosa es el impulso de la novela gráfica y otra la de la novela escrita donde se tiene que ganar a base de jabs del lenguaje u oppers de trama.

Celebro que Víctor haya respetado al lector, que haya sabido ablandarlo desde la primera página y mantenido su ritmo, y no haya temido tocar el narcotráfico como tema de una genuina novela negra latinoamericana. Y más cuando el asunto lo abordan ya abiertamente los norteamericanos.

Pero lo que es más encomiable es que Víctor encontró la trama ideal para expresar qué pasará después de la muerte violenta en un mundo de cárteles. A dónde irán las almas de quienes han sido víctimas y victimarios de ese universo, como se lee en las primeras líneas de la novela cuando dice: “El cadáver de Agustín Correa Hernández, tirado a la orilla de la carretera y con muestras visibles de tortura, llegó a una epifanía que el mismo Agustín nunca hubiera podido alcanzar así hubiera vivido cien años”.

Y es que tiene razón: la vida es muy corta, tan corta como un pelea de box y lo único que vale la pena es vivirla, aunque para ello necesitemos pura artillería pesada.