El canto de la serpiente, de Marisa D’Santos

La propuesta de Marisa D’Santos, nos dice en el prólogo Saúl Ibargoyen, puede ser ubicada dentro de una línea realista. Sin embargo, un aura de fantasía impregna el trabajo de la autora nacida en España pero avecindada desde hace varios años en México, fantasía presente desde el inicio de un libro que se desarrolla durante la Guerra Civil Española y la posterior dictadura de Francisco Franco.

El canto de la serpiente está dividida en dos partes. En la primera, se ofrece algo que podríamos calificar como un relato de formación. Ahí nos enteramos de la vida de ‘Regina Escalante’ y de la de los personajes que la rodean, además de asistir a la boda de la joven, escena desde donde arranca la historia, una llena de saltos hacia el pasado que la completan.

De estos instantes iniciales resaltan no los comentarios que rodean a una pareja y se refieren al vestido de la novia, al novio o al decorado que enmarca una ceremonia matrimonial, sino la presencia y las palabras de Asunta, la partera, una gitana. “¡Ojalá que una víbora se te enrede en el pescuezo y te chupe la leche de tus hijas!”, grita la mujer de pendientes y pulseras, y esta maldición, la primera línea del libro, parece recorrer cada una de sus páginas, convirtiéndose en un imán para la curiosidad los lectores: ¿qué la motivó?

Aunque esta curiosidad ha de tardar un poco en verse satisfecha pues, luego de la boda, la también autora de La mujer flagelada y otros cuentos aborda la biografía del oficiante, el padre ‘Ernesto Junquera’. A través suyo se presenta el conflicto del celibato para quienes acuden al llamado de una vocación religiosa. Así, y pese a las actividades físicas que tienen como objetivo consumir las ansias de los adolescentes, ‘Ernesto’ piensa en las niñas, tiene debilidad por ellas y cuando se apagan las luces, lleva la mano a su entrepierna, toca su miembro hasta el punto de la rigidez y eyacula para, por la mañana, mirar con culpa lo que califica como la mancha de su pecado.

Esta contraposición entre una difícil regla de vida y los instintos ha de adormecerse durante un tiempo, debido a las obligaciones del sacerdocio, para volver a acometerlo en Hinojosa del Río, pueblo al que llega, en un principio, a ayudar al viejo párroco, ‘Francisco’. Entonces veremos al padre ‘Junquera’ encontrarse a escondidas y en repetidas ocasiones con ‘Aurora Escalante’, una de tantas jóvenes que frecuentan la iglesia.

La presencia de ‘Aurora’ es lo que despierta en el padre ‘Junquera’ la antigua batalla entre el deber del celibato y sus instintos de hombre. “La risa de la joven Escalante fue para él como una quemadura. No podía apartar la vista de esa boca y quiso besarla”, nos dice la autora y a partir de entonces, junto con el deseo de ‘Junquera’, cobra fuerza el presentimiento de que las citas en la parte trasera de la iglesia desembocarán, sin remedio, en problemas de índole mucho mayor que la sola violación de los votos de castidad.

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El hecho de que ese presentimiento se cumpla no le resta nada a la obra, cuyo lenguaje posee un buen balance entre narración y descripciones, aspecto en el que podemos encontrar imágenes como las rayas del sol jugando con la persiana verde, los santos que se vuelven amarillos cuando el sol entra por las vidrieras o el mes de octubre caluroso debido a la guerra, a las bombas que todo lo dislocan, a decir de algunos. Aunado a lo anterior, a lo largo de El canto de la serpiente se dan varios cambios en el tiempo verbal, de pretérito a presente, cuya inclusión enriquece la prosa y resalta el recuerdo de un muerto, por ejemplo, como pasa con ‘doña Elvira’, la dueña de la pensión a la que llega a hospedarse ‘Genaro de Oliveira’, que mientras prepara los suspiros de pajares, el dulce de noviembre, o se alista para comenzar otro día, trae a la vida a ‘Severiano’, con quien pensó se casaría “un domingo de sol antes de que emigraran las cigüeñas del campanario”, antes de que el hombre cayera en el frente republicano, dejándola con dos hijos.

Asimismo, es interesante el personaje central, ‘Regina Escalante’. Marisa D’Santos la esboza como una niña a la que se aisló y vive sumergida en el ambiente que Asunta, la mujer que cuida de ella desde su nacimiento, teje con sus palabras, con sus actos y la relación que tiene con Pascual, gitano que al principio constituye una especie de padre para ‘Regina’, un amigo que la acompaña al cementerio a visitar la tumba de su madre y le cuenta historias.

Pero eso cambiará. Porque en este relato de formación la pequeña huérfana dejará pronto de ser una niña, porque su cuerpo mostrará las redondeces de una mujer, atrayendo a quien funge como el hombre de la casa.

La reacción de ‘Regina’ frente al acoso de ‘Pascual’ será un poco distinta a la de una víctima: en compañía del gitano, la acomete un “desmayo gozoso” nada más sentir su erección rozándole el sexo, mientras que durante las noches a solas, la muchacha se toca en donde cree que el hombre acaricia a la partera, siempre extrañándolo, añorando sus caricias, las noches robadas. De este modo, la autora pone de manifiesto que para Regina no significa un ultraje el hecho de que Pascual se meta en su cama, por lo menos al principio, ya que también se harán presentes la angustia y la culpa ante un tocamiento más atrevido, ante lo que pueda pensar la partera si los descubre: “Asunta me va a echar la culpa…”, “si se entera me echa al pozo, con las culebras…”, se dice la joven, robándole unos instantes a la voz en tercera persona que estructura el libro.

‘Regina’, además, destaca por su aspecto físico. Tiene los ojos verdes. Es pelirroja, a diferencia de ‘Aurora’, cuyo pelo es oscuro. En la novela no hay indicios que nos hagan pensar que se trata de la única pelirroja de la familia ‘Escalante’, sin embargo al lector podría quedarle esta sensación, quizá, debido al halo fantástico que la rodea. Basándonos en esto, aventuramos que el cabello de ‘Regina’ es resultado de lo ocurrido en el pueblo el día de su nacimiento, que las bombas se le metieron en el cuerpo para teñir su cabello, para señalarla como señala lo cruento de la Guerra Civil la casa de los ‘Escalante’ en ruinas, que no se ha demolido porque el párroco no quiere, porque dice que “mientras este esqueleto siga en pie, recordaremos el horror de la guerra”.

En la segunda parte, la narración inicia con la llegada de ‘Genaro de Oliveira’ al pueblo, mostrándonos también su enamoramiento a primera vista, el que el lector intuye se motivó por el aura tan peculiar, por el olor a hierbas que envuelve a ‘Regina’.

Por su parte, la joven se nos presenta aquí como si fuera el último vestigio de ese mundo íntimo que la rodeara durante su infancia y adolescencia, alguien que no pertenece al mismo lugar que el resto de los pobladores de Hinojosa del Río. Cree en la maldición de ‘Asunta’ y en sus visitas nocturnas, hacia el final, cuando la gitana le dice que sus pechos se volverán de mármol. Cree también en lo que la gitana leyera en las líneas de su mano de adolescente: “conocerás a un hombre bueno… pero enseguida vendrá la separación, la definitiva…” Sigue cuidando una planta mágica que llevó ‘Pascual’, cuyas flores blancas pueden hacerla conocer el cielo o el infierno, dependiendo de la cantidad que tome. Tiene manías que a ojos de Genaro son extrañas, como esconderse en el cuarto sin ventanas de la casa matrimonial ante una tormenta que no es ni un atisbo en el cielo despejado, el pánico a las culebras o la creencia de que con la lluvia y los truenos se desatan las maldiciones. Lo anterior se hace notorio ahora, en su orfandad, en la convivencia con los demás, pero sobre todo, debido a los hechos que ocurren en ese momento en España.

Está por iniciar la década de los sesenta y la dictadura de Francisco Franco se ha asentado por completo, dando al país una apariencia de normalidad, por así decirlo, normalidad con una atmósfera impregnada de temor, de actos tendientes a mantener a raya a los enemigos de la dictadura, a desaparecerlos para que sólo queden los otros, los que permanecen al margen, los hombres que defienden al gobierno aunque esté conformado por puritanos, como ‘Rodolfo’, que dice “una cosa es que seamos la reserva moral de Occidente y otra que nos dejen sin putas”.

En semejante escenario, entre mujeres con las responsabilidades e inquietudes propias de la mayoría en aquella época, como tener un esposo, cumplir con las labores del hogar o la iglesia el domingo, ‘Regina’ se distingue como alguien raro, una loca resultado de las costumbres que adquirió viviendo con ‘Asunta’ y ‘Pascual’, de las que no podrá deshacerse ni viviendo sola, en la casa azul, ni habiendo contraído matrimonio.

Y ‘Genaro’, parte del entorno ajeno a ‘Regina’, percibe en ella la misma rareza que los demás, sólo que en él se traduce en un magnetismo que lo lleva a querer estar siempre cerca de esa muchacha pelirroja. Esto antes de casarse; después vendrán episodios en los que debe armarse de paciencia y pensar que, quizá, las manías de su esposa se deban al embarazo.

Aquí, como en la primera parte del libro, el padre ‘Junquera’ permanece cerca de ‘Regina’, pendiente de su bienestar. Aunque no nada más se ocupa de ella. Contrario a la regla que por lo general sigue la Iglesia como institución, aliándose a los peores regímenes, el sacerdote se coloca junto a los oprimidos, abundantes en un lugar con fama de republicano, como lo es Hinojosa del Río. La autora plasma este aspecto del párroco a través de la solidaridad que tiene con los mineros de la población. El sufrimiento no tiene color ni uniforme, las puertas de mi iglesia están abiertas para cualquiera que lo necesite, responde cuando alguien le dice que no es prudente ir en contra del gobierno, y oficia la misa de muertos luego del accidente en la mina, acontecimiento que sigue a una tormenta, sin importarle que afuera del cementerio la Guardia Civil se agrupe para vigilarlos, ya que tienen órdenes de estar cerca de cualquier reunión relacionada con la gente de la mina o con sus simpatizantes. Sin embargo, la militancia del sacerdote es más parecida a una expiación: ese ayudar al otro borra cada pecado cometido, las faltas de pensamiento y de acto al celibato, la cobardía de antaño.

En mayor o menor medida, en El canto de la serpiente, todo gira en torno a ‘Regina Escalante’, tanto la trama como los personajes que a lo largo del libro aparecen, pero sobre todo la atmósfera, una realista, sí, pero que también obedece a la maldición de ‘Asunta’, algo que la tiñe con la iridiscencia de lo fantástico.

D’Santos, Marisa. El canto de la serpiente. México: Sediento Ediciones, 2013.