Narradores Mexicanos Nueva Generación: José Manuel Cuéllar Moreno

Por Jonás “Eveready” Domínguez.

Tal y como asevera uno de los personajes de El caso de Armando Huerta, con José Manuel Cuéllar Moreno (México; DF, 1990) “la edad engaña”. A los 18 años ganó el Premio Nacional de Novela “Luis Arturo Ramos” 2009. A los 24 suma ya otro premio nacional, el de Novela Joven “José Revueltas” por CiudadeMéxico, así como el Premio Elefante de Novela en 2010 (Granada, España), por su obra metafísica El Club de las medias rotas.

Su ópera prima, El caso de Armando Huerta, y su más reciente novela, CiudadeMéxico, guardan subtemas afines. En ambas se pueden encontrar pistas de ciertas obsesiones que oscilan entre lo tanático y la seducción: la urbe, el crimen, la nota roja, el deseo, los secretos y el amor singular.

En la primera, el sacerdote argentino ‘Miguel Ángel Cinollo’ narra una tragedia ajena mientras rememora la pesquisa de un presunto homicidio en la “fatídica noche” de Navidad de 1973. En el relato, que entremezcla la novela negra con la de viaje, se cuela su enamoramiento por ‘Guadalupe Medina’, sobrina de ‘Beatriz Medina’, quien es madre del joven (mártir) ‘Armando Huerta’.

En su tercera novela, CiudadeMéxico, el desconcierto de la realidad urbana y el delirante acontecer de lo cotidiano y otras vicisitudes se dan cita en esta historia cuyo origen apunta a una migración forzada: ‘Meche’ sale de Tecolutla al DF para vengar a su madre, ‘Doña Ángeles’ y asesinar a ‘Rosa Linares’, la amante de ‘Chucho’, su padre.

Parecería entonces que el crimen es un leit motiv en ambas novelas. Tanto en El caso de Armando Huerta como en Ciudademéxico la premisa es casi policíaca: se trata de resolver o de consumar un crimen. José Manuel Cuéllar precisa: “Creo que el punto de partida no es tanto el crimen como el sentimiento de culpabilidad. Nadie puede alardear de inocente con la conciencia desgarrada, decía Emilio Uranga, uno de mis filósofos mexicanos favoritos, y yo lo secundo en su opinión. Son historias de culpa, no de crímenes“.

¿Qué te atrae de la nota roja?
La nota roja no sólo es sensacionalista, es también sensual y tragicómica. Te hace saber, junto con Freud, que detrás de la pulsión erótica, animándola, está la pulsión de muerte. Ambas tienen cabida en la misma página. El placer, sea de la índole que sea, entraña un poco de autodestrucción. En Ciudademéxico, cada vez que aparece un fragmento de la nota roja significa que la ciudad ha tomado la palabra para advertir algo a la protagonista, siempre valiéndose de ese tono burlón y desenfadado que los capitalinos conocemos bien.

Ciudademéxico, podría señalarse como una novela de tono monsivariano; sin embargo, primordialmente hay en el fondo una idea paceana: en mayor o menor medida, a los tres personajes femeninos alguien se las chinga…
Sí, la mujer es la Chingada. A veces se llama ‘Meche’, a veces ‘Claudia’, ‘Rosa’ o ‘Ana María’. Todas bien podrían llamarse doña Malintzin. Octavio Paz y Carlos Fuentes describieron con muy buen tino la condición histórica y social de la mujer mexicana. Sin embargo, ha pasado agua bajo el puente, como se dice, y mis Chingadas no son las mismas de la literatura mexicana del siglo XX.
‘Meche’, la protagonista, viaje de su natal Veracruz a la capital para perpetrar el homicidio de una anciana que, en un registro alegórico, es la encarnación del Defe. A lo largo de la novela toma lugar la Conquista, la Independencia y la Revolución, siempre en un registro alegórico.

Estos personajes extranjeros, ambos masculinos, ¿serían una alegoría del ‘conquistador’?
El protagonista de El caso de Armando Huerta es un sacerdote argentino que por avatares de la vida tiene que resolver un crimen ocurrido treinta años atrás, en México. No me interesaba tanto la nacionalidad de mi personaje como la posibilidad de usar una voz narrativa neutra o cuando menos imparcial; es decir, libre de la idiosincrasia mexicana. La razón es sencilla: además de investigar un crimen, este sacerdote argentino tiene que reconstruir la atmósfera de los sesenta, cuyo enigma y símbolo sigue siendo el 2 de octubre de 1968. ‘Miguel Ángel’ –el protagonista– no funge aquí el papel de conquistador sino de juez. Su misión es la de traer a la memoria aquello que ya se olvidó o ha sido sepultado en los archivos de la policía. La co-protagonista es mexicana y se llama ‘Guadalupe’, como la Virgen. Ambos llevan a cabo esta cruzada evangelizadora que es también una cruzada por la justicia en México. Juntos re-crean un crimen que las autoridades mexicanas creían ya resuelto.
En Ciudademéxico también aparece un personaje extranjero: ‘Enrico’, oriundo de Italia que trabaja como profesor de Historia. El vínculo de ‘Enrico’ con el pasado de México no es casual. Como en el caso del sacerdote argentino, este profesor parece venir a recordarnos algo que de tan familiar pasa desapercibido. ‘Enrico’ es también el amor platónico de ‘Meche’, la protagonista, que libra a solas una lucha a muerte con la ciudad de México. ‘Meche’ es una de esas provincianas que a diario acuden a la capital con la firme intención de hacerla suya y de este modo afirmar su propia existencia. Sin embargo, lo que ocurre es casi siempre lo opuesto: en este conflicto trágico entre la ciudad (monstruo insaciable) y el individuo, el segundo sale perdiendo. Es en medio de estas circunstancias que aparece ‘Enrico’, pero de nueva cuenta su nacionalidad es lo de menos. Lo importante es lo que representa: la no-ciudad-de-México y, por ende, la promesa de salvación.

En ambas novelas ciertos personajes rememoran la década de los sesenta, ¿qué te atrae de esta década en particular? ¿Pensarías, como lo hace tu personaje de ‘Gonzalo Ruiz’, que el año de 1968 no debió de existir?
Es una época decisiva para el México de hoy. En los sesenta hace su aparición estelar el rocanrol, las minifaldas y el marxismo. Los intelectuales se emancipaban poco a poco del influjo francés para leer a los yanquis, y también verlos en las pantallas de las matinés. La primera generación de gringos nacidos en México, como decía Monsiváis, poco a poco exigía del Estado algo más que “desarrollo estable”. Términos clave para la política, como “democracia” y “Revolución”, sufrieron un desplazamiento semántico. La brecha generacional ya era patente y la matanza de Tlatelolco estaba a la vuelta de la esquina.
Respecto al 68′ no sólo no debió existir, sino que no debe existir otra vez.

En ambas novelas está presente la idea del “amor singular”. ¿Te parece que el amor tiene o es un “poder”? 
El amor es, entre muchas otras cosas, un poder, al menos en mis novelas. El sacerdote argentino de El caso… se enamora de ‘Guadalupe’, su compañera de viaje; ‘Meche’ se enamora de ‘Enrico’, su vecino italiano. En ambos casos el amor se convierte enseguida en una crisis de fe. En el caso del sacerdote esta crisis es notoria. En el caso de ‘Meche’ no lo es tanto, pero también se hace notar en varios capítulos: luego de conocer a ‘Enrico’, ‘Meche’ empieza a dudar de que ella sea una asesina. La potencia amorosa induce acciones en los dos personajes, los hace recapacitar y poco a poco los constituye. Por momentos ya no son nada al margen de este sentimiento.

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El narrador Gabriel Rodríguez Liceaga nos comparte sus apuntes sobre Ciudademéxico: “De entrada me pareció un título muy arriesgado. Qué grato fue descubrir que la novela de José Manuel Cuéllar Moreno sea una llave de dientes tan gruesos y diligentes; está plagada de descripciones de aspectos de la vorágine citadina tan cariñosas como hinchadas de repulsión.
A los chorroscientos mil habitantes de este meadero abismal nos urgen escritores que canten y cuenten los entramados de nuestras calles, de nuestros ladrones y de nuestros extraviados visitantes de provincia. Como siempre ha sido, como seguirá siendo
.”

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Tenemos grandes crónicas sobre la Ciudad de México, ¿cómo darle la vuelta de tuerca a todos esos relatos?
La Ciudad de México ha sido la gran obsesión y, al mismo tiempo, la gran imposibilidad de la literatura mexicana desde que Carlos Fuentes escribió la “épica de la ciudad”. La publicación en 1958 de La región más transparente puso en primer plano la pregunta por el Defe, que no era muy distinta a la pregunta por el destino de la Revolución. Recordemos que la ciudad de México fue el resultado directo de la gesta de 1910. En Postdata, Octavio Paz llamó nuestra atención sobre un hecho muy curioso: México no sólo es el nombre de una ciudad, sino de un país. Esta transferencia de sentido –o metonimia– no es frecuente en el mundo, y ha de remitirnos a Tenochtitlán, que también ejercía sobre sus vecinos del valle un efecto doble de fascinación y sometimiento. La ciudad todavía conserva este carácter hierático: sigue siendo, bajo su fina pátina de civilidad, una fuerza centrífuga y teocrática que hace de la violencia un medio privilegiado para afirmar la vida. ‘Meche’, la protagonista de mi novela, un buen día lee un anuncio del periódico: “Se busca secretaria”. Éste es el momento decisivo en que la ciudad invoca a sus ciudadanos.

Carlos Fuentes entabló un diálogo –una discusión, un pleito– con esta ciudad. La domeñó, o eso parece, y a la vez impuso a la posteridad un modelo de diálogo (discusión, pleito): la novela collage o la novela fragmentaria. La ciudad de México sólo se deja balbucear. De este modo, la literatura ha intentado en vano reducir el Defe a una (re)colección de personajes, espacios y situaciones, como si a través de la acumulación (barroca) pudiese dar cuenta del Absoluto. La ciudad se ha convertido en lo inefable, aquello que por sus dimensiones y su lógica interna no se puede narrar, no permite que nadie la mire, ya sea porque su contemplación directa enceguece o porque el ojo humano y la pluma del escritor no son adecuados a su envergadura. Sin quererlo, la literatura ha llevado a cabo una sacralización de la ciudad.

Tomar la palabra allí donde el silencio debe reinar adquiere de inmediato el aspecto de una profanación. Éste es el propósito de mi novela. Ciudademéxico lleva a cabo una interiorización del Defe. Si la ciudad nos constituye; si la ciudad se mete en la médula de nuestros huesos; si la ciudad funde su carne con la nuestra y la de los demás, hasta hacer del defeño un amasijo (informe e indiferenciado); si la ciudad restituye la unidad primordial parmenídea, no se trata de un espacio que habitamos (como se ha creído) sino de un espacio que nos habita. Se trata, pues, de un sentimiento. Ciudademéxico (palabra en que se disuelven las diferencias y los espacios entre las letras son engullidos) designa tanto el nombre de la capital de un país como un estado anímico y un modo de ser. Sólo así la ciudad se transforma de nueva cuenta en un objeto propicio para la narración.

Hablar de la ciudad es hablar de uno mismo. De aquí que la exploración del Defe sea para mí un ejercicio de introspección y de autognosis. El diario de Meche-la-secretaria sirve entonces como vehículo para escribir la “anti-épica” de la ciudad.

Finalmente, una curiosidad: ¿a qué se debe tu predilección por autores decimonónicos?
A menudo se desprecia a los decimonónicos mexicanos por su estilo pedagógico y por su mezcla sospechosa de elementos de la literatura realista con elementos del romanticismo. A mí nada de esto me estorba, por el contrario, me agrada de los decimonónicos su interés por la realidad inmediata y su tono moralizante. No hay literatura sin un posicionamiento moral, ¿para qué disimularlo? Los escritores mexicanos del XIX ejercitaron su pluma en la plazuela del periodismo, no en el aula de la academia, pues ésta ni siquiera existía. De ellos quiero retomar la “vocación política”.

El caso de Armando Huerta. México: Ficticia Editorial, 2009. Premio Nacional de Novela Luis Arturo Ramos 2009.

CiudadeMéxico. México: Fondo Editorial Tierra Adentro-Conaculta. Premio Nacional de Novela Joven “José Revueltas” 2014.