Reinaldo Arenas o la resistencia al interior

Por Guillermo Fajardo.

Me equivoqué con Reinaldo Arenas. Leer en primera instancia la autobiografía de un autor nos condena a intentar rastrear los aspectos psicológicos que surcan dentro una obra y los guiños esenciales de su realización: por supuesto que es imposible desligar una obra de una vida pero no tanto contemplarla sin conocer las penurias del que la escribió. La vida de Reinaldo Arenas, que puso en Antes que anochezca, fue a ratos una terrible conjura contra el escritor y a ratos un sueño a destiempo del cambio porvenir. La isla que retrata Arenas en su autobiografía no es la de una cárcel sino la de una jaula con una puerta abierta casi imposible de alcanzar: siempre está el tono admonitorio contra la dictadura pero también el furor iniciático por comenzar una vida. Es como si en la isla todo se aplazara: el deseo, la comida, el pasado, el futuro, la escritura. Reinaldo Arenas, siempre perseguido, siempre vilipendiado, siempre al margen: su inspiración la encontró en las torvas sombras de la noche. Arenas señala sin pudor a los traidores pero también a los amigos; describe con minuciosidad sus desastres pero también sus encuentros con el mundo; es la vida de quien intentó ver en la miseria las claves y la exaltación de lo vital.

Huyendo de los demás, los demás traicionando a los otros, los otros bajando la cabeza, los que bajan la cabeza señalando a los de allá, los de allá dejando un legado de sangre, el legado de sangre siempre al servicio del poder y sus manifestaciones. La memoria de Arenas va de los detalles de su vida sexual tan libre en medio de un ambiente tan cáustico hasta las miserias de la cárcel, su infancia con una madre dejada por el padre, su exilio y su descubrimiento de la literatura.

¿Cómo corresponderle a un escritor que lo ha dejado todo? Es difícil hacer la pregunta porque la constelación de referencias que podemos dar abarca desde la empatía por el pueblo cubano hasta el silencio desaforado por su obra. En Arenas, la vida no es un continuo sino una serie de instantes no relacionados: el agua, un pene, una playa, un muchacho desconocido para hacer el amor, un cuchitril como hogar, unas hojas desperdigadas como poema, una narración inconclusa como novela.

En su autobiografía Arenas narra la dificultad para escribir y esconderse del ojo ansioso de un poder omnipresente. El escritor tuvo que reescribir sus novelas porque se perdían o caían a manos de la Seguridad del Estado. Ese acto, tan secreto, supuso también un desafío. ¿Acaso no hay instante más vital en la vida de un escritor que conferirle a la pluma el deseo de imaginar lo ya imaginado? ¿No es la forma de libertad más desabrochada el vivir con el hambre para realizar un oficio insondable, mamar de la imaginación para sobrevivir, crear un mundo aparte para protestar?

No me parece exagerado decir que si su primer novela –escrita a los 22 años- Celestino antes del alba, es un conglomerado de imágenes acechadas por el hambre, una relación casi obsesiva con la madre pero también un retrato impulsivo de la muerte, la familia, la pobreza, es porque me equivoqué con Arenas: la narración de esta novela –y quizá ya de toda su obra- la veré cargada de similitudes con su vida. ¿Las hay? Por supuesto, pero no quizá hasta los límites que yo le conferiré. La autobiografía es un asedio preventivo: el escritor se recuerda para hacer de su memoria un muro inatacable. ¿Quién mejor que él para recordar? Escuchemos a Arenas:

Uno siempre va a escribir un poco la autobiografía de uno mismo. Todo novelista está condenado a escribir sobre lo que conoce; por lo menos en el plano real o en el plano imaginativo, pero siempre va a realizar en el acto de escribir una experiencia autobiográfica. No quiero decir con esto que yo vaya a escribir la historia de mi vida que sería, además, un poco aburrida, pero esas experiencias personales se vuelven constantes en mi obra y en la de cualquier novelista, creo. Borges, por ejemplo, siempre está haciendo una obra autobiográfica. No me refiero a la autobiografía esa de que si nací en el cuarenta o en el cincuenta; sino a la de mi espíritu, a la de mi manera de sentir y ver las cosas y Celestino refleja ese mundo que fue el que yo viví en mi infancia, de la soledad en un medio brutal y hostil. Evidentemente, está dado ahí mediante un personaje que tiene una sensibilidad distinta, más desarrollada quizás, que tiene esa necesidad de ex presarse. En fin, el que escribe, el poeta, el creador, se convierte, de hecho, en un acusador de la represión ante la creación. El poeta va a ser siempre el acosado. En este caso, vemos cómo la familia que representa el poder persigue al niño que representa la inocencia, destruyendo el paisaje, los árboles y todo cuanto exista con tal de eliminar esa especie de cosa maligna que es el poema [1].

Autobiografía del espíritu: artefacto de múltiples ángulos, vastísimas planicies, profundas tuberías, recónditas cavernas escondidas. El escritor expresa su vida sin saberlo, las palabras no funcionan, se limitan a señalar sentimientos, describirlos a brochazos, dejarse sentir a la intemperie es la mejor forma de transmitir, desnudarse para crear.

Celestino antes del alba es una novela tan viva que a ratos parece que los personajes estuvieran actuando para el lector; digresiva, cuyas imágenes sueltas le dan unidad y coherencia por el trasfondo autobiográfico e histórico en el que se mueven. Contrario al régimen dictatorial de Castro tan sólido, enmarcado en la vigilancia, constreñido por la paranoia, Celestino antes del alba es una narración despreocupada y juguetona que interactúa con el medio ambiente; impulsiva y que no sigue ningún tipo de linealidad; es una expresión poética intermitente y explosiva: todo una oda a ser lo que su pluma le permitió. Es una obra llena de color: Arenas no se detiene a señalarlos a cada instante pero la vida que se respira dentro de la novela los sugiere. Cobra sentido, entonces, lo que el propio Arenas escribió en su autobiografía:

La belleza bajo un sistema dictatorial es siempre disidente, porque toda dictadura es de por sí antiestética, grotesca; practicarla es para el dictador y sus agentes una actitud escapista o reaccionaria [2].

El arte, obviamente, se convierte en un tipo de resistencia porque inevitablemente reescribe la realidad: aun el arte que elogia a los regímenes es contestataria porque nunca podrá escribir exactamente lo que ve, en esa imposibilidad se establece, querellosa, su belleza: el filtro de nuestras experiencias siempre le agregará algo significativo al mundo. El arte siempre le provocará un resfrío a los poderosos. El problema es cuando la escritura se convierte en una actividad banalizada por los cánones del mercado: no porque se haga más ligera sino porque el lector ya no busca mensaje sino fugacidad; ya no aprender algo sino matar el tiempo; ya no -quizá nunca- sesionar frente a sí para advertir que la premura del mundo por vivir rápido podrá resolverse entre esas páginas.

Reinaldo Arenas comprendió el prensil de la vida y por extensión de su literatura:

Recuerdo un discurso de Fidel Castro en el cual se tomaba la potestad de informar cómo debían vestir los varones. De la misma forma, criticaba a los jovencitos que tenían melena y que iban por las calles tocando guitarra. Toda dictadura es casta y antivital; toda manifestación de vida es en sí un enemigo de cualquier régimen dogmático. Era lógico que Fidel Castro nos persiguiera, no nos dejara fornicar y tratara de eliminar cualquier ostentación pública de vida [3].

La verdadera victoria de Reinaldo Arenas no fue escapar de la isla sino morir lejos de Castro, fuera de la órbita siniestra de un régimen indomable cuyos grilletes lo llevaron a esa vida tan desmesurada, tan entrelazada con la vida, tan próxima a buscar su esperanza, tan ansiosa por encontrarse. El 7 de diciembre de 1990, en Nueva York, Reinaldo Arenas se suicidó debido a su precario estado de salud. En su última carta escribió:

Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la Isla los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy [4].

De Reinaldo Arenas siempre nos queda su libertad.

[1] Perla Rozencvaig and Reinaldo Arenas Hispamérica. Año 10, No. 28 (Abril., 1981), pp. 41-48.

[2] Antes que anochezca, Biblioteca Reinaldo Arenas, Fábula Tusquets Editores, Barcelona, 1992, pág 113.

[3] Ibid, pág 119.

[4] Ibid, pág 343.