La oficina, de Felipe Victoriano

Por Hugo César Moreno Hernández.

Nuestra existencia tiene un tufillo a tierra fantástica. El hemisferio (incluso ya con esa acepción) es tierra fértil para la fantasía. Los legos europeos sienten en la convivencia de las salinas con las selvas la vida de un realismo mágico. Quizá sólo Kafka lloraría con nosotros. Llanto y desesperación elucubran a nuestro favor para dibujar leyendas sobre la piel de Latinoamérica (Los Prisioneros cantaron “Latinoamérica es un pueblito al sur de Estados Unidos”). La oficina es un espacio onírico, el sueño húmedo de la burocracia, el espacio vacío donde se toman decisiones no vinculantes para instancia alguna. Si se ha trabajado en una oficina, la novela de Felipe Victoriano es redentora. Nos redime de esa sensación de estar abandonados en un pantano de insustancialidades, de intrascendencias, de absurdos. Es decir, de la materia con que la fantasía de nuestros países se solidifica en la insufrible experiencia de un trámite.

La oficina es un juego íntimo donde las voces protagónicas se gritan hacia sí mismas, a veces en tono de introspección, a veces con el atropello de la descripción, el juego de placer, dolor y suficiencia de haber sido parte de la oficina. Vergara desgaja su proceso con autosuficiencia atronadora, en la oficina siempre está el tipo de esa calaña, aquel insuflado por un título, algún blasón intrascendente o la mierdera corbata de tres pesos imitación última moda. Ese tipillo listo, sabedor de portar un par de puntos más de coeficiente intelectual como para sobresalir por encima de la gleba.

‘Miranda’, a mi parecer el más simpático, el más reconocible, el creyente. Lo cree. Lo cree todo. Incluso se cree el papel de ser quien es al lado del jefe. Por eso le duele tanto la presencia de una inteligencia mayor. Miranda es el paranoico, el policía al interior de la oficina. Policía y juez, aunque no es el chismoso o, mejor dicho, el verdadero chismosos debido a la calidad de la información procesada por sus fantasías cuasisexuales. Es quien humedece la entrepierna con la secretaria, se sonroja, la quiere para él pero está lejos, allá en el escritorio haciendo los memorándums, preparando los archivos, cultivando el prado de nadas sobre el cual vuela el equipo estelar de la oficina.

‘Ibarra’ es Ibarrita, el Godínez recargado, el clásico Gutiérritos, el perrito faldero del jefe, el mandadero, el artista de las minutas, el escritor renegado de la creación para dedicarse al alto voltaje del género de los oficios. Cuando habitaste una oficina a eso le temes, a convertirte en un Ibarrita, a acomodarte en los efluvios del salario y dejar los días transcurrir de ocho a seis para llegar a casa y mirar pornografía. Sí, estoy seguro de las actividades onanistas de Ibarra, Felipe Victoriano lo descubre con su desenlace en la novela. Ibarra es la voz masturbadora de la historia, no Miranda, Miranda es el consuelo de los imbéciles, Ibarra es la resignación de los cobardes.

El personaje al que aspiraríamos quienes hemos padecido las sillas giratorias, las fotocopiadoras, las engargoladoras y el deseo por la secretaria, por esa secretaria que al principio era fea, parte del mobiliario, pero al pasar de los meses le van saliendo tetas, le crecen piernas debajo de las medias y muy posiblemente una vagina en el pubis, es ‘Ruíz’. Él no queda indemne de los estragos anímicos producidos por la oficina, pero es la voz con mayor distancia, con la perspectiva necesaria para dudar, para imaginar, para solucionar el enigma del vacío. Esto no lo convierte en héroe, apenas en un tipo con el alma menos abotagada.

Sólo los más enfermos querrían ser el jefe. Esa esfinge sin interior. La estatura sin cuerpo, la voz resonante sin atmosfera. Sólo ellos, porque sólo ellos soportarían la verdad sobre la vocación nihilista de La oficina, cualquier oficina.

Victoriano, Felipe. La oficina. Chile: Das Kapital Ediciones, 2013.