Narradores Mexicanos Nueva Generación: Ave Barrera

“Soy escritora desde que me levanto por las mañanas a intentar escribir y realizo la mayor parte de mi trabajo cotidiano a partir de la escritura: Ave Barrera.

Novela de iniciación, merecedora al Premio Latinoamericano “Sergio Galindo” 2013 de la Universidad Veracruzana, Puertas demasiado pequeñas, de Ave Barrera (Guadalajara, 1980) es una obra con ecos fantásticos en la que se homenajea la arquitectura de Luis Barragán y la plástica de Gabriel Flores a la vez que recupera el entorno tapatío de principios de la década de los noventa desde la mirada de ‘José Federico Burgos’, un copista que confronta sus capacidades artísticas ante una labor apremiante y compleja: falsificar una pintura renacentista atribuida a Gossaert Mabuse.

Una obra sobre la impostura y la falsificación” (Vicente Alfonso dixit) con la que Barrera luce por su picardía y profunda audacia narrativa.

Por Nahum Torres.

¿Eres fan de órdenes secretas?
No, para nada. Desconozco casi todo del tema…

El seudónimo con el que concursaste (‘Rudolf Von Sebbotendor’) y luego ya un momento de la novela me hizo pensar en la Ley de Godwin
¡¿Pero, por qué?! (ríe) ¡A mí también me sorprende!
Creo que desde el principio que me la planteé, la novela lo pidió… la historia demandaba un misterio detrás de la pintura que respaldara el porqué una tabla del sigo XVI estaba encerrada ¡en Guadalajara!
Tendría que revisar mis notas y ver cómo una cosa trajo a la otra, pero fue a partir del misterio que pedía ser narrado detrás del cuadro lo que me llevó a recurrir a esa vertiente histórica. No es el argumento principal, sólo un argumento de verosimilitud.

De la novela, lo primero que llama la atención es que en vez de recurrir a un lugar mítico o ficcional -como es común- te decides por lugares cotidianos de Guadalajara, ¿cómo sucedió?
La novela tiene muchas reescrituras, como ocho o diez. El resultado es totalmente otra cosa al origen. Sí empezó desde un lugar ajeno, impersonal, y conforme la fui reescribiendo se volvió más y más personal hasta sacar a flote mis ganas por escribir (sobre) Guadalajara. Llevaba como cinco o seis años viviendo fuera y me llegó la nostalgia y tenía muchas ganas de escribir la Guadalajara que había conocido. Mi papá es anticuario y escultor y tenía un cliente que tenía una casa en Colinas de San Javier y yo recorría esa casa cuando era niña y creo que eso me marcó. Quería hablar como del lado b de los anticuarios. Había también un espacio para narrar los silencios del personaje (del copista). Cuenta también que no hay muchas obras literarias que aborden abiertamente o que mitifiquen el espacio de la ciudad que yo había vivido, entonces me sentí impelida a ese llamado. Lo tomé de manera consciente y coloqué todos los elementos que a mí me atraían, desde los lugares físicos que conocí y que quería dejar representados de manera ficcional, hasta personajes como Gabriel Flores, un excelente pintor, un gran muralista que pocas personas se acuerdan de él y su trabajo en el Hospital Civil -que nadie visita porque es muy tétrico y huele feo- y si tenía un drama hospitalario en la novela entonces era una buena oportunidad para colocarlo allí.

Destaca la naturalidad en los diálogos, ¿cómo fue este proceso…?
Primero empecé por el camino equivocado -tal y como debe suceder- que es escribiendo la novela de un jalón, entonces había diálogos acartonados y no salían los personajes ni nada. Recibí mucha ayuda por parte de compañeros (becarios) del FONCA, y de mi tutora, Vero Murguía, que me couchó muy bien… Todo fue de manera muy metodológica y ya no con el impulso de la inspiración: qué historia, cómo son tus personajes, los cuestionarios proustianos, ya sabes… Descubrí que era cosa de pensar al revés y de voltear la metodología por completo. Guardé aquella primera versión y me regresé a la anécdota para comenzar a desarrollarla desde adentro hacia afuera, llenarla de carnita, armar la estructura y después la talla fina, yo creo que ahí empezaron a tomar forma los diálogos: una vez que los personajes estaban “engordados” comenzaron a tener voz. Para que los personajes tengan voz deben salir de la materia prima y hay que construir esa materia prima. Si uno escribe una novela partiendo sólo de la forma lo de adentro queda hueco y el lector nota la artificialidad, si se pretende dar más “realidad” o profundidad humana -emociones o paradojas- entonces sí hay que rellenar mucho más y eso representa mucho trabajo.

¿Podemos decir que no crees en la inspiración?
Si lo ponemos en esos términos, no; sin embargo, sí creo que la inspiración, como dice una frase -creo que es de Picasso- que tengo grabada en una taza: “la inspiración llega cuando estás trabajando…”, aunque parezca frase motivacional.

¿Consideras que ya culminó tu etapa formativa?
No. ¡Ay, no! ¡Nunca! En realidad creo que la parte iniciática de aprendizaje puedo decir que sí porque con Puertas demasiado pequeñas estuve haciendo todo ese trabajo de repetir y equivocarme porque sabía que era un trabajo de aprendizaje, nunca antes había hecho una novela. Me queda claro que tengo que escribir por capas y que tengo que darle un cuerpo a la ficción antes de darle forma. Aprendí mucho en cuestiones técnicas, creo que aprendí el caminito que me funciona para escribir narrativa, pero no por ello es menos fácil y no por eso voy a dejar de explorar y aprender, porque las cuestiones literarias son otra cosa y cada historia tiene sus dificultades particulares. Una novela nueva plantea problemáticas nuevas.

Sin ánimos sociológicos, a los escritores mexicanos les cuesta mucho trabajo asumirse, de allí que a todos los que integran esta serie les preguntamos cómo autodefinen su labor…
Yo creo que hay mucho pudor, porque ser escritor implica toda una responsabilidad ante la sociedad o porque nos damos demasiado nuestro taco al asumir un papel tan complejo, cuando en realidad es un oficio. Cuando llegas a verlo como un oficio, en realidad, es muy fácil (asumirlo), pero llegar a verlo implica mucho trabajo y si no estás dispuesto a hacer todo ese trabajo entonces hay un abismo que se abre entre el título “Escritor” y el wanabismo.
Lo diré tal cual: soy escritora, sobre todo porque me ha costado mucho decir las palabras “soy escritora”, por eso lo defiendo. Soy escritora desde que me levanto por las mañanas a intentar escribir y realizo la mayor parte de mi trabajo cotidiano a partir de la escritura.

¿Qué tipo de lectora eres?
Soy una lectora “tipo Hemingway”. Me gusta mucho la literatura sobria, minimalista. La narrativa norteamericana me encanta y cada vez que digo “norteamericana” me pregunto por qué… por qué… por qué los gringos escriben también… la verdad es que tienen una tradición narrativa genial. Me gusta también explorar otros horizontes: estoy clavadísima en la literatura africana contemporánea…

¿A quién nos recomiendas?
No soy muy buena para el toping name: Mia Couto, Onjaki, Chinua Achebe es genial… Hay como tres vertientes: desde las literaturas más apegadas a las independencias de los países africanos o aquellas que no dejan de hacer hincapié en los fenómenos políticos -casi siempre violentos y duros. También hay una literatura -vamos a decirle- posmoderna, propuestas muy arriesgadas…

Tu reciente novela es infantil… ¿realmente existe el género o es una categoría editorial?
Tengo una postura con respecto a la literatura infantil. Creo que existe una literatura infantil como tal que se defiende con las herramientas de la literatura -la belleza o lo bien logrado del texto, la profundidad humana. También está la parte editorial que conlleva la búsqueda de un target -el niño como objeto de venta- que ejercen las editoriales, (pero) son dos cosas muy diferentes: al autor lo que debe importarle es hacer literatura y al editor -por lo que me he venido enterando últimamente en un curso en la FILIJ con Barry Cunningham, el editor de (la serie de) Harry Potter– le interesan los lectores; es decir, le interesa buscar quien compre el producto, el nicho de mercado.
Sí creo que hay una intención de hacer una literatura dirigida específicamente a los niños porque cuando piensas en modo literatura infantil no abusas de la crueldad o de otros recursos que no encajarían. No es auto censura sino, como narratario de la obra, de direccionar el mensaje.

¿Por qué te interesa explorarla?
No es un interés particular. Creo que he descubierto en mis ganas de escribir una fuente muy agradable de ideas, partiendo de lo que yo quiero contar. De pronto se me ocurre contar algo desde la yo que fui a los diez u once años y quiero contar desde mi voz de once u ocho años, pero no estoy pensando en términos editoriales sino desde la historia (trama). Una noche en el laberinto surgió en un establecimiento de hamburguesas, cuando me pregunté qué pasaría si los niños no quisieran salir de ese juego…

Barrera, Ave. Puertas demasiado pequeñas. México: Universidad Veracruzana, 2014.
______ Una noche en el laberinto. México: Edebé, 2014.