El Siglo de las mujeres, de Gabriel Rodríguez Liceaga

Por Erika Rosete.

¿Cuánta es la distancia que separa al universo masculino del femenino?

Lejos de las complejas diferencias fisonómicas y el tema de la corporalidad, el espacio y la percepción, hombres y mujeres permanecemos separados por un infranqueable océano que, de vez en cuando al intentar cruzarlo, nos sumerge despiadadamente sin que uno u otro logre llegar sano y salvo a la otra orilla.

En El Siglo de las Mujeres, de Gabriel Rodríguez Liceaga, ‘Dinorah’ y ‘Alma’, dos amigas o amantes o compañeras imaginarias, se reconocen una a la otra desde el momento en el que se miran por primera vez.

Ser mujer es ya la invitación implícita de una complicidad que se remarca con el transcurso del tiempo, en donde ellas se conocen y descubren, o quieren creer, que sus historias cuentan inmensas similitudes.

‘Alma’ inicia la conversación en una noche de fiesta que iniciará con la cuenta de muchas otras noches al lado de ‘Dinorah’, que observa en la concurrencia un vacío latente muy parecido a la infelicidad y al terror.

‘Alma’ es arrebatada y caprichosa, se sabe hermosa y lo aprovecha en todo momento. Dinorah la observa, a ratos parece que quisiera ser como ella, y repite su nombre y se quiere ver reflejada, repetida y proyectada en eso que mira. Ambas conversan animadas, se entienden a la perfección, se cuentan cosas y esperan una de la otra lo que se espera de un amigo en una charla nocturna de cervezas y confesiones innecesarias; ambas huérfanas de padre, ambas solitarias en un mundo en el que sin saberlo, han buscado incansablemente la figura del valiente protector y proveedor.

Sin embargo, ambas poseen dos cosas que las separa abismalmente una de la otra: lo etéreo y efímero de alma, no podrá coexistir siempre con lo terrenal y la esperanza de ‘Dinorah’.

Tienen, no obstante, muy clara la separación de ellas, de su mundo construido a base de miradas y sensaciones femeninas, lugares y cosas y olores femeninos, de todo aquello cuanto las rodea, incluyendo, de forma muy marcada, la separación con el mundo de los hombres.

Diferencia atenuada por la falta de sus padres, las historias engendradas de esa ausencia y sus relaciones personales con los hombres que han conocido en sus vidas.

Más de una vez piensan en la cuidadosa clasificación adoptada para entender la relación hombre-mujer:

“(…)Sabe que hay dos tipos de hombres: los que cuando dicen: “buenas tardes” realmente lo que quieren es meterte la verga y los que cuando dicen: “buenas tardes” lo que quieren es meterte la verga pero a la par desean que pases una linda tarde. Nunca ha conocido a uno de los segundos pero sabe que son de los que una se enamora.”

Esta historia de amor y amistad, de orfandad, de sueños intermitentes acerca de hombres castrados que atormentan las noches de Alma, el recuerdo de un muñeco que hacía de hermano en la infancia de Dinorah, la ausencia de la madre en las vidas de las dos; todo narrado bajo el cielo de la Ciudad de México, y un viaje que emprenderán ambas cada una buscando al padre de la otra.

Del amor no hay nada y lo rodea todo. El amor comienza a difuminarse entre las personalidades de las protagonistas, el amor no es en realidad nada, es y deja de ser en cada abrazo, en cada suspiro, en los rayones que hace Dinorah en el zapato de Alma, en la cama de las dos, en la violación y el embarazo. Tejer y destejer.

Y entonces queda aún espacio para la reflexión:

Cada relación de la que salió malherida no era sino matar y que le matasen algo irrecuperable. Y así ha avanzado a lo largo de su vida procurando que llegue una persona ajena a ella para sanarle sus partes amoratadas y castradas. Pero no. Cada persona nueva que la rozó terminó por asesinar otra parte.”

Los hombres de esta novela son todos personajes muy oscuros, y cuentan su historia a través de sus ausencias. Violentos, machos, contados desde los rincones más profundos de dos mujeres quienes no se reconocen en su entorno inmediato y que más tarde, terminarán desconociéndose mutuamente también.

Esta novela ofrece un paseo narrativo a través de las calles defeñas, incrustadas con toda la tristeza y la nostalgia de quienes en su andar mueren y vuelven a revivir tratando incansablemente de cruzar el inmenso e infranqueable océano de la existencia.

Rodríguez Liceaga, Gabriel. El siglo de las mujeres. Ediciones B, 2012.