Las mujeres matan mejor, de Omar Nieto

Por Hugo César Moreno Hernández.

Siempre me ha parecido que el género negro en México pierde piso cuando supone hombres honorables de malas maneras y procedimientos inmorales, pero legitimados por el fin de la justicia. Ya se sabe la fórmula: el hombre solitario que puede contra el crimen, el sistema y la apatía, el defensor de los cadáveres, el pedazo de mierda siempre capaz de salvar el alma gracias a las sucias acciones cometidas para crear la justicia. Esto no funciona si la historia sucede en México, sobre todo si se busca hacer de ella algo verosímil.

Omar Nieto entiende este asunto, queda claro con Las mujeres matan mejor. Los personajes no son héroes proyectados en claroscuros, no son grises ni tienen debates internos sobre posturas éticas. Están marcados por el fatalismo de ser de donde son y, por tanto, ser lo que son: no hay opciones. Esta sensación aparece en varios momentos de la novela. El fatalismo, no queda de otra para superar la inopia en la que el sistema de sociedad enclaustra a millones de mexicanos. No hay de otra.

En esa imposibilidad para la opción, la historia de Nieto se puebla con mujeres y hombres consientes, no buscan redención, no buscan justicia, no hay policías parafílicamente enamorados de la ley. No hay ley, pero sí sistema. Un sistema diseñado por la copulata entre política, crimen organizado y economía de mercado. No hay héroes. Sólo bandos (¿Y tú, de qué lado estás?).

Las mujeres matan mejor no tiene personajes estelares, aun cuando ‘Celeste’ tiene presencia en casi toda la historia, sólo responde a una necesidad del formato novela. El estelar es la estructura de un mundo. Por supuesto, es imposible dar cuenta de ese mundo, la manera de manosearle los entresijos es elegir un momento donde los ingredientes del infierno abran la herida lo suficiente para mirar de cerca: una campaña política, un enfrentamiento entre maquinarias fraudulentas, malos perdedores, luchas territoriales, corporaciones policiacas a la venta (es decir, siempre dispuestas al mejor postor), un ejército con generales capos o con capos de generales y voilà, el platillo está listo y es disfrutable.
También terrorífico, porque no suena a fórmula conspiración. Los elementos se encadenan tan bien que los engranes giran con adecuada operación y la sangre, el fluido lubricante, chorrea mecánicamente, empapando las trayectorias: todos están iluminados por el líquido. Resplandecen las intrigas con ese color.

Hay intrigas, elemento primordial del género, pero no para desentrañar el crimen y hallar a los culpables, sino para definir quién va ganando la guerra, quién tiene mejores pertrechos, quién mejor estrategias. Los protagonistas, en un afán del lector por tomar partido y que el autor asume como sus héroes solo para sostener el desierto de huesos, son tan maléficos como los villanos. Tienen la cualidad de ser sobre quien recae el aparato narrativo. De ellos nos enteramos de sus historias, debido a esto sus contornos se enrarecen con aire de humanidad. Poco conocemos de los contrarios. Esto no imposibilita emparentar historias.

Las mujeres matan menos en Las mujeres matan mejor, pero la manera en que lo hacen raya en la belleza ominosa de los cadáveres violáceos. Las mujeres son efectivas porque saben cómo dominar las miserias masculinas. Las mujeres matan con precisión, sin explosiones, con menos sangre y, por ello, las mujeres también tienen lugar en este mundo, como cualquiera, eso es lo espantoso. Todos caben, todos padecen el mismo fatalismo.

Nieto, Omar. Las mujeres matan mejor. México: Joaquín Mortiz-Planeta, 2013. Finalista del I Premio Nuevas Letras 2012.