Cena entre chacales, de Said Javier Estrella

Miguel Ángel Hernández Acosta.

En un libro, ¿qué es lo más importante? ¿El texto, la edición, lo que se dice de él o su autor? Todo, sin duda.
Cena entre chacales, de Said Javier Estrella (Pachuca, 1981), fue acreedor al Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2008, galardón que le otorgaron Alberto Chimal, Beatriz Espejo y Bernardo Esquinca. De acuerdo al texto de contraportada escrito por Tryno Maldonado, Said Estrella “se ha alineado con fuerza en una estirpe temeraria de escritores: aquellos que deciden sumergirse en las piaras más oscuras de su realidad para emerger del fondo con diamantes de estupenda literatura”.

Su edición está poco cuidada y quizá el texto habría merecido tener un editor que convirtiera estos buenos cuentos en un buen libro. ¿Por qué? Porque en un cuentario el acomodo de los textos es igual de importante que en un disco el orden de los tracks. En este ejemplar, los seis cuentos van descubriendo a un autor joven cuya escritura violenta a través de los hechos, de los adjetivos y, al final, de los temas. En Yo maté a Salinas, el autor explora una historia donde los constantes cambios en el tiempo verbal en que se narra resultan confusos o poco eficientes.
Además que hay una sobre exposición a la violencia y a la sexualidad, que resulta innecesaria debido a que es poco plausible lo que se narra, pues se adjetiva y describe, pero no se evoca, no se proyecta lo narrado: “Te llevas los dedos índice y medio a la boca. Los salivas en abundancia. Inclinas el cuerpo de Luis y le abres un poco las piernas. Insertas los dedos en su ano, lo lubricas. Luis suelta un suspiro dolorido. Aunque lo piensas mejor y Luis se ha esfumado, ahora sólo quedan tú y él. El responsable de tu inmundicia. Abres los dedos dentro de su ano hasta que te pide que te detengas. El dolor ya le resulta insoportable. Por fin lo penetras. Irrumpes y violentas con tu rostro exultante. Sonríes pensando en lo justa que puede ser la vida a veces”. Es decir, esta violencia más que reflejar un estado de agresión parece que desea describir una acción pornográfica, una violencia sexual explícita, pero no condenable (éticamente), pero justificable en la venganza del personaje.

Sin embargo, esta narrativa de la violencia va perdiendo fuerza conforme pasan los cuentos, pero a la vez gana temáticamente. Es decir, en cuanto el autor deja de tratar de impresionar con esa especie de rebeldía juvenil que se percibe en los primeros cuentos, va ganando al lector.
En Cena entre chacales, el tercer cuento, aún se percibe a un autor aferrado a mostrarse único; sin embargo, sus herramientas resultan insuficientes: “Las risas bellacas, más por nervios que por complacencia, aparecían esporádicamente y así hasta convertir la cabina en un recinto inaudible por atronador”. Se sabe: adjetivo que no da vida, mata. La historia es la de un trío de amigos que tras mucho tiempo de no verse se reúnen para cenar y platicar. En su pasado hay una violación cuasi tumultuaria y una muerte. En su presente hay dos muertes más. Quizá la anécdota no requería tanto sexo narrado, tal vez estos Chacales tendrían más vida si se les conociera y no sólo se les nombrara.

Pito, al contrario de lo que insinúa su título, es una historia que en su sencillez, en la ironía y humor negro que maneja, consigue que el lector estire su dedo medio al final del cuento, pero no como algo grosero, sino casi como una reivindicación compartida. Por su parte, Lecciones de piloto deja de lado al primer narrador y eficientemente cuenta las aventuras de un piloto de carreras que terminó siendo trailero y pollero en la frontera mexicana. La historia tiene una sinceridad que la dota de vida y el Lastra, el trailero, resulta un personaje que en ocasiones se envidia y a veces se odia. Es un cuento con un final muy largo, quizá innecesario, pero que destaca en todo el libro y que amerita llegar hasta ese punto del cuentario.

Por último, Yakkaru narra cómo un enfermo mental puede estar más sano que el propio médico que lo atiende. Es una narración que se va complicando conforme avanza, pero en este reto reside su mérito. Aquí hay muerte (o no), pero ya no es esto lo que importa, sino la historia que se cuenta a su alrededor. Aquí el escritor del cuento ya no pertenece “a una estirpe temeraria de escritores”, sino que es simplemente un escritor.

Cena entre Chacales ganó un premio estatal, de ahí su publicación. Contiene cuatro cuentos que por sí mismos merecen estar editados. Sin embargo tras leerlo surgen las preguntas de por qué se cuidó tan poco la edición (hay un exceso de errores ortográficos), por qué el editor no publicó sólo cuatro buenos cuentos y no seis disparejos en cuanto a su calidad. Si este fue el orden como se envió el cuentario a concurso, ¿no merecía establecer otro a la hora de editarlo para que el lector disfrutara más la lectura?

Los premios estatales de literatura sirven para descubrir autores, algunos buenos y otros no tanto, pero quizá estos libros son los que merecieran mayor cuidado editorial: un texto como el de Tryno Maldonado pone una carga extra al cuentario, pues crea expectativas que deberá cumplir; el mal cuidado editorial se convierte en una traba y la falta de un editor inteligente puede ocasionar que el libro no se termine de leer. En fin, que Said Javier Estrella y su Cena entre chacales, cuatro de los cuentos incluidos ahí, merecían una mejor edición que permitieran al autor adentrarse en un mundo donde hay que ganar a los lectores y no ponerles obstáculos.

Estrella, Said Javier. Cena entre chacales. Pachuca. Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo.