Vimos arder un árbol, de Arturo Arango

Por Hugo César Moreno Hernández.

La cotidianidad a fuerza de ser pesada, de ser el paso a paso de todos los días, va gestando caudales de momentos y memorias que, algún día, ya sea frente a la pantalla, en un hospital o una funeraria refresca con asombro el presente. “Me estoy yendo en mierda” confiesa un personaje de Vimos arder un árbol, fluyendo en forma de desecho hacia la muerte, pero con lentitud, con esa obstinada parsimonia del tiempo que no acelera, que no permite a unos días acelerar para disminuir aburrimiento ni aletarga al segundero cuando el placer eriza piel. La muerte tampoco es, necesariamente, ráfaga de asombro, acaso lo dice mejor Arturo Arango cuando describe “Una sola corona de flores ya mustias colgaba de la pared”. Así es la muerte en la funeraria, así es la vida a las cinco de la mañana, despertar, hacer las abluciones, caminar al trabajo y olisquera el tiempo detenido de la Habana.

Y sin embargo, qué bello es el “y sin embargo” a pesar de que presagie horrores, porque alienta al siguente paso. Bueno, decía, y sin embargo “No hay futuro que valga si el presente es mal vivido”. Entre el hedor a humedad de las paredes en que Humberto y Silvia maceran sus cadáveres el presente refulge y despide aromas de vitalidad. Ninguno de los dos acelera, tampoco tambalea. Hay firmeza envidiable en los tropiezos y tropelías, hay emanaciones ácidas febriles entre las pequeñas dolencias del hombre común. El hombre común de Freud, el dueño del mundo, que le hace girar y girar a pesar de las conjuras del Olimpo Transnacional. Hay dolencias y dudas, perspicacias vitales, hay cuerpo. Humberto recorre las profundidades a que llegó con su pija para solucionar un dolor de incertidumbre, porque sabe, como su padre, que “los cojones y la cabeza están más conectados de lo que parece” y que el cuerpo no muere, sino que se va quedando embarrado en el tiempo que uno vive para heredar “Una paja profiláctica si aún estoy sano. Terapéutica si ya comencé a joderme”.

Arango, con Vimos arder un árbol asume la impronta de narrar la vida sin trascendencias ni explosiones de efectos especiales. La Habana que nos permite visitar es tenue y hermosa, esa habana que, nos dice a propósito de una mujer, “El sexo la embellecía”. La Habana caminada, vivida, olisqueada y cogida por Humberto en el paso de cuentos conjugados en el relato de espacios de vida, como los recuerdo de cualquier hombre, detonados por el olor y la expectativa. Invitemos a Mariela desgarra el horizonte caluroso con encuentros eróticos fastuosos para el hombre común. Generosos para el donnadie de siempre cuando logra armar disquisiciones superficiales con acontecimientos de su vida: “Lo único que me gusta de las mujeres altas es que se puede coger de pie sin demasiado esfuerzo”. El hombre común desmantelando el grueso tomo de moral escrito por los hombres trascendentales: “El alcance de mi herejía se multiplicaba: de un solo golpe había un marido, un espacio y una jerarquía profanados”. La ganancia que servirá para morir con el menor dolor posible, el triunfo de donnadie, nuestro triunfo. Porque “Sin transgresión no hay encanto” y tenemos el cuerpo, las manos, los otros cuerpos para alcanzar el encanto, ”Lo ridículo desarma, lo patético puede ser encantador”, y de patetismo estamos encarnados desde el despertar hasta el retorno a la madriguera que es nuestro reino. Ese territorio que va ganando sustancia en la repetición y le va otorgando sentido a la quietud hasta desgastarlo tanto que todo se convierte en parte de los ojos, de los ojos, como la retina o la esclerótica, no visión: “La repetición de un rito puede vaciarlo de sentido”.

Hay sal en la Habana, Arango la esparce desde la vida de los personajes que nutren los cuentos de Vimos arder un árbol. Las emociones, lentas, simples, como pasiones simples sadianas, evaporan lágrimas y sudores. Concuerdo con Humberto, “la promiscuidad favorece el deseo, pero la pasión supone el egoísmo”, por eso sólo promiscuidad para mantener la distancia corta entre él y Silvia. Silvia también lo intuyo y se revuelca con los recuerdos y el miedo a los fantasmas que aún someten su libertad. Libertad promiscua superada por el hijo, el padre envidioso de tal capacidad transgresiva.

Todos en Vimos arder un árbol son sediciosos, van contra el sistema, pero sin política, armados hasta los dientes, mordiendo, chupando, metiendo y sacando, tanto que los gemidos transportan a planetas desconocidos, como le pasa a Humberto en la peluquería al hojear una revista Hola en La Habana: “Ese mundo que se exhibía en las páginas cromadas estaba tan lejos de ellos que incluso podía confundirse con el futuro”. O el chofer comedido amante de piernas (las de Celia no estaban mal): “Por unas piernas como esas cumplí yo dieciocho años de cárcel […] las adobé, con ajo, naranja agria, pimienta y clavo de olor, las asé al carbón y me las comí”. O la madre y el abuelo de Silvia.

Arturo Arango logra con Vimos arder un árbol un cuentario solido y plástico, aferrado a un desarrollo lógico, pero capaz de individualidad en cada historia. Los personajes se convierten en viejos lobos de su mar incapaces de recordar cómo se mueven las estrellas para chocar con sus olvidos y recuerdos, con los anhelos y miedos, con las verdades ocultas bajo las piedras de los días.

Arango, Arturo. Vimos arder un árbol. México: SUR+, 2012.