Entrevista a Omar Nieto, autor de Las mujeres matan mejor

Por Jonás “Eveready” Domínguez.

Desde la privación de su libertad, el narrador de Las mujeres matan mejor intercala la historia de la sicaria ‘Celeste Ramírez’, del periodista ‘Jorge Sánchez Zamudio’ y del político ‘Jesús Olalde’, así como perfiles de vida (“universos particulares”) de otros tantos expolicías y soldados emboscados en un entorno de absoluta corrupción, misma que ha desestructurado las corporaciones policiacas y militares e invadido sectores gubernamentales y medios de información. La geografía es gran parte del Oriente y Sur, principalmente la selva de Quintana Roo, un espacio que resulta ajeno a la dinámica social del país.
Con fuerte contenido político y hasta indigenista, Las mujeres matan mejor es una novela en la que, al menos en tres ocasiones, se cuestiona la posibilidad de escoger un destino de vida en el México de nuestros días.

En esta entrevista, Omar Nieto (Puebla, 1975) habla en torno a dilemas que lo obsesionan a raíz de la publicación de esta novela, finalista del I Premio Nuevas Letras 2012.

Como protesta ante el fraude electoral, el candidato perdedor, ‘Olalde’, encabeza una marcha por la carretera de Quintana Roo. Este hecho llama la atención porque, en México, la política no va por carretera…
No, utiliza atajos, y en esos atajos está toda la corrupción. ‘Olalde’ encarna al político mexicano que tal vez al principio tenga ideales sociales pero al irse por el lado práctico tiene que ir remendando en el camino, y esa forma es la que nos lleva a vivir el sistema-frankenstein en el que vivimos. Viéndolo así, tal vez los tres personajes protagónicos sean un arquetipo de sí mismos: del sicario, del periodista y el político. ‘Olalde’ es quizá el único que, dentro de la novela, sí escoge su destino pero tampoco puede llevarlo a cabo. Él hubiera querido llegar a Chetumal y tomar el Palacio de Gobierno y volverse héroe, pero resulta que unas fuerzas que nunca vio -y sin embargo existen- lo obligan a dimitir.

¿’Cártel Independiente Mexicano (CIM)’?, ¿acaso hay uno que es dependiente?
No tenía ningún sentido hacer alusión a los cárteles ya existentes, me parecía más terrible imaginar que se hubiera armado un cártel a partir de desertores de otros cárteles y que se hubieran armado por sí mismos. Esa fuerza sería absolutamente terrible. Es una especie de fábula de que si un día llegamos a eso entonces México tendrá un problema muy grave.

¿’Los HernándeZ’ (el énfasis es mío) son el equivalente a Los Zetas?
Podrían ser… Hernández es el apellido más común en nuestro país según el padrón del IFE. Alguien que se apellida Hernández Hernández es hijo de todos e hijo de nadie; y me parecía que esa era la tendencia que estaban teniendo Los Zetas, la de cooptar al mexicano que no tiene ningún lugar en la sociedad y que prácticamente es una mayoría…

Entonces se mueven con un alto grado de resentimiento…
Por supuesto. El cártel de Los Zetas ha crecido con la virulencia que lo hizo porque no solamente coptó a mercenarios sino a resentidos sociales. En una de las pocas declaraciones que dio Treviño Morales (“Z40”) después de su captura, dice que si algo le da coraje es el asunto de la división de clases, la cual margina al pobre con mucha violencia. ‘Los Hernández’ representa a ese grupo de gente que se ha adherido en masa al crimen organizado y que se han convertido en un asunto de seguridad nacional.

Uno de los subtemas dentro de la novela permite no obviar el alto grado de corrupción que hay en el periodismo
El problema es que pasa lo mismo que con la literatura: no hay lectores. Entonces, ya sea por soberbia o hartazgo, la sociedad no hace uso de los medios de información, no exige al que hace mal periodismo ni apoya con su compra al que hace un buen periodismo.
El periodismo está conformado por un ejército de personas mal pagadas y por tanto es un caldo de cultivo para la corrupción y si a ello se suma que el reportero no cuenta con ninguna clase de protección, peor. En ese sentido, el personaje de ‘Sánchez Zamudio’ es también un resentido social porque él no puede acceder a las grandes esferas que ha visto. Es rehén de su propio revanchismo.

Como lectores sabemos que el narrador de Las mujeres matan mejor es el directivo de un periódico que está secuestrado por un comando del ‘CIM’, sin embargo, es un personaje que no tiene rostro…
Me preguntaba ¿quién podría ser verosímil, quién tendría todos los detalles? Ocultar al narrador me parecía que tenía cierto grado de dificultad, es un juego literario. Y ¿cómo se oculta al narrador?, evitando entrometer tu ego lo mayor posible, no sólo como escritor sino como persona, también olvidándote de la teoría. Eso se lo aprendí de Pablo Soler Frost: que jamás se vean los hilos, que no se vea la tramoya.

La pregunta infaltable, cuasi morbosa: ¿qué significó para ti no haberse ganado el primer premio?
¡Qué buena pregunta! En mi vida personal implicó hacer el recuento de obstáculos para seguir escribiendo, pero como me dijo una amiga: Daniel (Krauze) se sacó la rifa del tigre porque al ser un monto tan alto y una distribución tan importante, todos los focos y los resentimientos sociales se los llevó él; en cambio, a los que resultamos finalistas tenemos otro tipo de acercamiento. Entonces puede ser que “gané al salir perdiendo”, eso el tiempo lo dirá.
Por otra parte, creo que ya debemos salirnos de ese sistema de premiaciones, lo que sí reconozco es que fue una buena apuesta publicar a los cuatro finalistas porque con la pluralidad es donde ganó el premio… Podría sonar falso pero lo que me motivó a concursar, principalmente, fue que podrían publicarse los finalistas y siendo yo un autor que me he tardado tanto en publicar -publiqué mi primer cuento a los 13 años en un periódico que se llamaba Nocturno– terminé la novela para apostarle a ser publicado. Cuando me avisaron que me iban a publicar yo no lo podía creer, porque no tenían porqué arriesgarse con autores y obras que nadie conocía.

Hablando de apuestas: pienso en la revista Granta y su apuesta por “la otra cara de las letras mexicanas; es decir, existe la opinión de que la “literatura del narco” es un género menor…
Dudo mucho que los escritores que han abordado el tema estén intentando hacer un movimiento literario. Tampoco se trata de un género y hoy no creo que para las editoriales resulte un negocio publicar novelas con este tema. Se habla de que en las mesas de novedades de las librerías abundan las “novelas del narco“. Lo que sí puedo decir es que en años anteriores hubo varios libros que abordaron el tema pero se trataba de trabajos periodísticos, crónicas que dependen del dato duro.
Por uno de los temas de la novela me he enfrentado con el prejuicio del mundo literario. Parece que se han puesto de acuerdo los escritores, los intelectuales y también los círculos del poder para que no se hable de este tema, o que cuando se hable se banalice de tal manera que, con justa razón, haya reticencia por parte del lector y de la sociedad. Lo digo porque en este sexenio se lanzó un comunicado para -cito textual- “eliminar la narrativa del narcotráfico” en los comunicados de prensa del gobierno federal, discurso que parece se han tragado los intelectuales y medios mexicanos.

Aquellos que reprueban esta temática dicen que se requiere de cierta distancia para poder escribir al respecto, paradigma que se rompe porque no estamos en la Revolución Mexicana, época que no se narró porque la gente no sólo era indocta sino analfabeta y justo las reconstrucciones que tenemos de ese momento del siglo XX fueron escritas por los pocos escribanos que eran cercanos a los generales. Hoy es distinto; y de ninguna manera es un asunto “de moda“, como lo proponen varios. Basta decir que los Zetas se formaron en 1998 y el cártel de Sinaloa hace más de 20 años y la Familia Michoacana es una empresa que surgió en la década de los 80… ¿cuántos años les gusta para que haya la distancia adecuada? El asunto es claro: narrar literatura histórica tiene sus mecanismos, narrar sobre el narcotráfico se está inventando y yo dudo que lleguemos a los parámetros como para que sea un género. Es novela negra, así de simple.
En todo caso lo que debería juzgarse es la calidad (literaria) y no los temas en sí. Y creo que hay esquemas literarios que no aplican a la narrativa sobre el narcotráfico.

La llamada “literatura del narco” nos presenta un tema nodal que no ha sido abordado en profundidad ni remotamente, porque es un tema complejo por su transversalidad y hay muchos elementos de la sociedad que convergen. Se sabe que en México alrededor de 480 mil personas se dedican de forma directa o indirecta al narcotráfico, lo que significa que no sólo personas aisladas sino familias enteras están involucradas en esta actividad. El narcotráfico es un monstruo de miles de cabezas, entonces me parece muy superficial cuando intelectuales o escritores desdeñan el tema per se cuando se trata por un lado de un drama de muchísimos seres humanos, de tal manera que se requiere de una forma distinta de narrar, que no parte de la idea del héroe ni del anti-héroe, porque escribir así sería repetir la narrativa del calderonismo de “buenos contra malos”.

Recuerdo que Eduardo Antonio Parra decía que el personaje ideal es el sicario…
Pasa que es un microuniverso inexplorado y por tanto el sicario no puede ser explorado con las herramientas tradicionales de la psicología criminal. Los sicarios están profundamente conscientes de lo que están haciendo, no tienen un delirio sino que parten de un universo válido que, desde mi punta de vista, es un universo que se ha desquebrajado por la marginación institucional y estructural que hay en México; es decir, un policía o un soldado o un elemento de seguridad bancaria o un custodio de valores parte de la idea de que todo mundo es violento y que él debe prepararse para combatir al enemigo y en consecuencia, al salir de esas corporaciones siguen viendo enemigos. Eso es un estado de guerra interior que se traduce al exterior y eso aún no está tipificado. La metáfora de la sicaria en la novela tiene sentido a raíz de una encuesta en la que tres de cada diez sicarios son mujeres, y la simple presencia de ellas a mí me habla de una descomposición social abrumadora.
Cuando Parra dice esto creo que acierta, yo tendría cuidado de no convertirlo en una estética, porque me parece que ese el problema en el que cae la literatura que aborda el tema del narcotráfico y entonces hacemos caricaturas. Y esto me lleva a decir algo más: en este tema tampoco hay a quien reivindicar.

Sicariar, ¿ya es un verbo?
En el argot del crímen organizado se ha vuelto ya un verbo. No es lo mismo un ‘estaca’, un ‘burrero’ o un ‘halcón’ que un ‘sicario’. La modalidad que vinieron a traer los del sur difiere con la del norte, donde se trata de una especie de ‘ángel ejecutor’, mientras que en el sur estamos hablando de comandos seudomilitarizados que hacen muchas funciones, como cuidar, intimidar, infundir brutalidad, matar… En el sur hay campos de entrenamiento en el que en menos de tres meses se aprende a ser efectivo con las armas. Entonces son gente con preparación militar, hablamos casi casi de grupos paramilitares sin consigna ideológica. En ese contexto es que se vuelve un verbo y en el hecho de que se haya vuelto un verbo está toda nuestra tragedia nacional.

Un tema coyuntural. Página 139, cito textual: “Ciudad Juárez ya se había convertido en una ciudad llena de maquiladoras y de mujeres tiradas en los basureros por textileros gringos
Es una de las hipótesis. Ahora no hay que dejar pasar que se Cancún acaba de ser proclamada como la ciudad con mayores casos de feminicidios. Quintana Roo y Guerrero suplieron a Chihuahua.

¿Cómo escribir sobre el crimen organizado y la muerte que produce esta violencia?
La guerra al narcotráfico nos sorprendió dentro de ella y a otros fuera de ella y los que tienen posibilidad de publicar sobre este asunto son aquellos que pudieron percibir cómo se movieron los hilos de la violencia, no porque te lo hayas propuesto sino porque de alguna manera has sido testigo.
Desde mi perspectiva, el dilema que encarna el tema del narcotráfico es el tema de la otredad. En México lo que consideramos qué es lo otro (esta gente que son los narcotraficantes, despiadada, que rompió su estructura tal vez desde la niñez) resulta que somos nosotros mismos. Eso es lo que cuesta trabajo digerir.

Ahora bien, frente al periodismo narrativo, la literatura tendría que proponer otra cosa y en lo único que podría competir es en crear un alto grado de ficción sobre un tema que tiene verificación en la realidad, porque la literatura contemporánea busca relatar sobre la realidad no retratarla, no busca hacer un reportaje.
Cuando este asunto del narcotráfico termine ya sea porque habrá pactos o reacomodos o se legalicen las drogas, entonces la crónica quedará como archivo histórico y en la literatura sólo escritores con una gran habilidad -como Yuri Herrera– podrán salir bien librados al afrontar literariamente este tema.
Las mujeres matan mejor tiene una advertencia en la primera página: “Esta historia es ficticia. No representa a nadie en especial” y justo eso lo escribí porque es una apuesta estética. Como decía Juan José Saer: “Los poderes de la ficción van más allá de la realidad“. Entonces el reto es amplio, el poder de la literatura está por verse.

Nieto, Omar. Las mujeres matan mejor. México: Joaquín Mortiz, 2013.