Zopencos, de Antonio Calera-Grobet

Por Sergio Loo.

Empecemos con lo básico: Zopencos es una novela que parte de la memoria de juventud –es decir, la década de los 80 en pleno- del autor, Antonio Calera-Grobet, nacido en 1973. Pertenece, entonces, a una abundante tradición literaria. Ejemplos: algunas crónicas de Jorge Ibargüengoitia, Las Batallas en el desierto, muchas veces ocupado como material de lectura en las secundarias, de José Emilio Pahceco; o, más recientemente, Educar a los Topos, de Guillermo Fadanelli. No quiero con ello decir que estas sean influencias para el autor, sino que ya existen un par de formas de recibir literatura de este tipo:

a) Como un The Wonder Years vuelta novela, donde un dejo de nostalgia hace concluir que el pasado fue mejor.

b) Dado que los protagonistas son chavos, entenderla como novela juvenil. No en balde, tanto Educar a los Topos como Las Batallas en el desierto han sido publicadas en versiones para jóvenes –con portadas padres y coloridas-.

Zopencos, al respecto, presenta algunas variantes. De entrada, la estructura no es precisamente para jóvenes (entendiendo “joven” por una persona todavía poco adentrada en la literatura. Claro, hay jóvenes que entienden perfectamente a Joyce y brutos de tooodas las edades cuyo nivel de lectura no le alcanza para entender las tarjetitas del Monopoly).

Podríamos decir que en Zopencos no pasa nada. Salvo el tiempo. Es decir, son muchachos, muchachos brutos, zopencos, que se reúnen en un callejón. Y ya. No tienen perspectiva del futuro. No tienen un deseo que los haga enfrentar problema alguno. No en particular. No son probados por ninguna crisis. Están lejísimos de ser héroes de un viaje iniciático. Un lector joven, asiduo a las sagas de Harry Potter, El Crepúsculo, o La historia sin fin, Una noche con Sabrina Love, no sabría por qué “no pasa nada”. Y es que Zopencos no tiene una trama de acciones que se concatenen de forma arranque-nudo-descenlace, de manera que para un joven quizá se le haga pesado llegar a la página 30 cuando no se ha presentado un conflicto claro. Claro, ese es el punto de esta novela: no hay conflicto en las vidas de estos personajes, no al menos en el sentido convencional. La vida, no es que la tengan completamente resuelta, pero sus necesidades básicas están cubiertas y no tienen deseos de nada más. Los personajes (pato, rana, mundo, veiporrub, mato, etcétera) van creciendo y, junto con ellos, sus problemas. De pequeños zopencos a grandes zopencos. De pequeñas riñas a estancias en la cárcel. The Wonder Years, sí, claro. Cómo no. Zopencos, a diferencia de Las Batallas en el desierto, presenta un pasado ya bastante descompuesto socialmente. Su zooburbia ya queda muy lejos de la Romita de los 50 de Pacheco. Más cercano a Fadanelli, es decir, más desencantado, pero más juguetón. Porque Calera-Gorbet todavía se muestra bastante solidario con todos los personajes. Menos sentencioso. Más amigable.

Otra cosa fundamental sucede en esta novela. Quizá lo que a mí me interesa más: el lenguaje. El vocabulario, por un lado, podría resultar complicado para un lector nuevo, joven, dada la cantidad de caló, y juegos lingüísticos que maneja. Aunque, por ello mismo, puede resultar motivante, porque justamente uno de sus grandes aciertos es esa afrenta que hace a la “corrección” literaria, entendida como depuración, perfeccionamiento, limpieza y sustancialidad.

La prosa en Zopencos es revoltosa y rítmica. Me recuerda al mejor Gustavo Zains o, quizá, a un Mario Santiago Papasquiaro vuelto narrador, sobre todo cuando hace gradaciones de sustantivos: “Por la culpa de esa vomitada de idiotas, besaculos, chupapilas, lame pollas, sobapichas, jalatubos, tragaleches, la forma más trunka sobre la tierra.” Si cada palabra fuera una marca, con su prosa Calera-Grobet traza una cartografía abigarrada y por ello mismo específica e irrepetible de los años ochenta y, sobre todo, de cómo se vivían los años ochenta en un sector en específico. Las películas, las canciones, pero también, la forma de pensar. No “viejos”, o “ancianos” o “adultos mayores” o “gente de la tercera edad”: vejets. Se trata de una declaración estético-lingüista de ver la vida, zopencamente chida.

Calera-Grobet, Antonio. Zopencos. México, Ficticia, 2012.