Signos vitales, de Vanessa Téllez

Por Judith Castañeda Suarí.

Hacer un recuento, reunir escenas de nuestra vida, es lo que por lo regular hace alguien cuando se sabe sentenciado; una fecha de ejecución, una enfermedad terminal llegando a sus momentos últimos, detonan los recuerdos, los pliegos llenos de palabras con letra insegura, tal vez, las confidencias que hablan más para uno mismo que para el interlocutor que pretende escuchar, sentado delante de nosotros, la atención, quizá, puesta en el futuro que guarda su propio final.

Pero la inminencia de una muerte no es el único detonante para Zoé, la protagonista–voz narradora de Signos vitales, novela de Vanessa Téllez. Hay otra motivación en su ir a ver a un padre que la abandonó desde siempre, en su hablar con él. El rencor. Rencor que se pone de manifiesto de forma explícita en varias frases –“Soy la hija que no quisiste conocer, porque entonces tenías mejores cosas en qué dedicar tu tiempo”, escribe la autora casi al inicio del primer capítulo– y en la atmósfera de la narración, a veces sobrecargada de imágenes, de reflexiones, aspecto que de repente puede tornar confusa la lectura aunque, por otro lado, ese dejar y retomar ciertas ideas, ciertos momentos, ese aparente desorden que reina al interior de varios capítulos, puede ser el reflejo de una catarsis en el reclamo que el personaje le hace a ese padre que la abandonó desde el inicio.

Pese a lo anterior, en Signos vitales encontramos cierta experimentación al comparar a las personas con ciudades, con los espacios en los que habitan o a los que asisten: “Tu casa es la extensión de tu presencia”; “lo que veo, manifestado en formas físicas de variada proporción, resulta una metáfora de tu vida”; “Acapulco fue otro. Ambos lo fuimos”. Se percibe, además, la soledad que envuelve a Zoé, convirtiéndola casi en un sitio sin calles ni pasillos, incomunicado, soledad de la que ella misma esta consiente, “Crecí entre vidas que jamás se entrelazarían a la mía”, reconoce, a pesar de la leve conexión que percibe entre ella y los otros –su padre, su madre, de la que también estuvo distanciada, a la que no la unía el amor.

Signos vitales, además de entregarnos la soledad y el rencor del personaje, pone ante nuestra mirada una serie de instantáneas que forman una biografía muy breve. Entre esas fotografías, imágenes de plata y celulosa con las que Zoé adorna sus últimos días en el mundo de los vivos, sobresale una especie de viaje iniciático, por así llamarlo, que emprende junto a su prima Ester, otra existencia condenada a morir demasiado joven, más, en su caso, porque una enfermedad que impide su desarrollo la hace parecer una niña: “Cuando abrí los ojos unas horas después, miré lo que pensé debía ser una extraña muñeca de porcelana demasiado grande. Era una niña encantadoramente bella: la barbilla pequeña, pómulos altos, nariz respingada, sobre ella todas las pecas posibles”.

La soledad de ambas –a causa del abandono en el caso de Zoé, por el encierro al que, debido a su enfermedad, someten en La casa Verde a Ester– las lleva a escaparse en varias ocasiones de ese sitio inmenso que parece contener la totalidad de los elementos del mundo, que recrea a este último para Ester, quizá, para que nunca ansíe salir al real, donde será no Ester, sino la enferma, la adolescente rara con la perpetua apariencia de una niña.

Es la “niña encantadoramente bella” quien planea las huidas, impulsada por su deseo de crecer, deseo que, supongo, nace de observar el cuerpo de su prima Zoé, cuerpo distinto al de ella, con posibilidades de convertirse en el de una mujer.

Así, en la noche, “luego de esperar el momento idóneo para salir sigilosas de la casa sin ser vistas”, Ester y Zoé llegan a un lugar “en donde al final de la calle podían encontrarse en variedad prostíbulos” (“tú les llamarías puteros”, escribe Vanessa Téllez para recordarnos que el padre de Zoé continúa escuchando a su hija). Llegan hasta Aurora, o Aura, una mujer de belleza ordinaria que atrae la atención de Zoé, pues “nunca había visto a una tan de cerca”.

Y es ella a quien siguen hasta un tugurio donde mujeres casi desnudas se contonean “de manera brusca”. Es ese cuerpo inmerso en un trabajo que ya no disfruta el que les permitirá observar para después imitar. Este fragmento de Signos vitales, me parece, es el mejor logrado. Quien sostiene el libro se ve envuelto en el ritmo de las frases, en la descripción que la narradora hace de las actividades de Aura, a quien Vanessa Téllez describe como un cuerpo moldeado por los deseos del que paga, cuerpo lleno de imperfecciones, que exhibe una cicatriz la cual la delata como madre de un hijo quizás ignorado “por voluntad”.
A juego con Aura, es palpable la sordidez de la habitación en la que Ester y su prima permanecen atentas, sin perder detalle: “Aura, su protagonismo sobre la cama, un extraño que entra en ella, ver cómo sube la torpeza de su humanidad, arrastrándose bajos las sábanas en cuya superficie aún hay restos de noches pasadas. Manchas de fácil reconocimiento: cerveza, semen…” En tales frases la autora parece recrear el aliento contenido de las dos menores, la agitación que de pronto se apodera de él y lo convierte en suspiros pesados, casi jadeos.

¿Por qué Zoé y Ester emprenden este viaje? ¿Por qué intentar imitar a la prostituta y al cliente en turno? La respuesta guarda relación con una frase escrita más adelante: “Las palabras pueden llevar sonidos, colores, aromas y, claro, dolores. Pero yo elegí que llevaran vida.”
Tales palabras, al tiempo de servir como base para el recuento de los hechos de una existencia, son un paralelo de los encuentros a solas entre ambas primas, de sus caricias; las palabras llevan vida, explorar el cuerpo de Zoé (el de Ester) me da vida, añade minutos, años, quizás, a este organismo enfermo, condenado sin remedio a una muerte pronta.

Un aspecto que llama la atención es lo que la narradora conoce de su padre, cuando no vivió nunca con él. Su madre pudo contárselo, pero también es posible que ella, al ser él, como lo afirma en más de una ocasión, y no sólo ella –“Para ti soy la hija que perece, un tropiezo, un eslabón fallido; para mi madre yo era tú”–, termine sabiendo lo que él sabe sin razón alguna. Ambrosía, la hermana menor de la que se enamoró, con la que no intentó nada. El odio hacia su padre, el querer verlo muerto, llegar a su presencia pero permanecer alejado incluso en el momento en el que el moribundo lo llama. La infelicidad de Fabián, hijo de Marta, con quien tiene una relación después de abandonarlas a ella y a su madre. La atracción por Alma, joven de más o menos la edad de Zoé a la que ella y su padre miran al otro lado de la ventana.

Entre esos conocimientos se encuentra el de la persistencia del odio pese a la muerte del padre–enemigo. “Creíste que al verlo morir, con él se irían todas tus debilidades, tus temores, tus interrogantes, tu odio, pero fallaste”, le dice Zoé a su padre. Quizás en estas palabras se encuentre también la motivación para morirse delante de ese hombre. Quizá, con ese acto, la satisfacción de vencer a un enemigo sea para Zoé y no para su padre, ante quien una muerte más de su sangre podría reafirmar su propia debilidad.

Téllez, Vanessa. Signos vitales. México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012.