Geometría del deseo, Sophie Canal

Por Judith Castañeda Suarí.

La pregunta llegó unos instantes después de leer el título: ¿se puede medir algo tan etéreo y cambiante como el deseo? Porque los deseos no son los mismos de persona a persona; incluso alguien no desea lo mismo a lo largo del tiempo ni con idéntica intensidad. Así, el solo título me hizo pensar en las palabras del escritor Alejandro Meneses, cuentista, editor y tallerista: “Si se ha logrado descifrar el universo a punta de ecuacionesno se ha logrado lo equivalente con el alma, ni con la vida”, palabras semejantes a las de Bernard Malamud, con las que el propio Alejandro inaugura su segundo libro, Ángela y los ciegos. “Y además, ¿quién conoce el mecanismo del alma?”, creo, aplica también al deseo: ¿quién conoce sus mecanismos?, ¿cuántos centímetros hacen falta para llegar a su centro, cuánto pesa, cuál es su longitud o circunferencia?, ¿alguien posee los instrumentos adecuados para comprobarlo?

No. Nadie puede saberlo. Tampoco parece posible realizar tal medición.
Y sin embargo, Sophie Canal hace su propio intento en este libro, aunque luego de leer los catorce textos que reúne en Geometría del deseo se me ocurre que más que una geometría, lo que recorre las casi ciento veinte páginas del volumen es una geografía.

Porque la autora, nacida en Antony, Francia, en 1967, y avecindada en Perú desde 1998, parece marcar puntos en un terreno de agua, traza líneas rojas tratando de fijar la posición de ese algo huidizo llamado deseo, a quien da voz en una especie de prólogo, en el umbral, como ella lo titula: “…Este libro contaría la aventura geométrica del deseo, que sería un intento por ordenar la pura energía viva y caótica que soy”, escribe, dándonos la bienvenida y al mismo tiempo definiendo las fronteras que delimitarán su obra: la experimentación, el no colocar al libro dentro de un género en específico.

Geometría del deseo, más que una novela o una colección de cuentos construidos con actos breves y cotidianos –leer, salir a caminar, a ver una película, cocinar, reconocer una casa desde el patio, extrañar el pasado, mirarse en un espejo de baño luego de una ducha, reuniones con amigos– y cuyo hilo conductor son los personajes que se enumeran al inicio, a los que se alude en más de un texto; constituye una exploración de sensaciones por medio de la escritura. Una búsqueda.

Y Sophie Canal pone rostros diferentes sobre el deseo que traza, deseo que busca saciarse a través de más de un medio: la escritura, la lectura, un momento ante la estufa y los olores del pollo y el pimiento rojo impregnados de mantequilla, la observación de un cuerpo –ya sea el propio o uno ajeno–, miradas tocando una nuca, intercambios de caricias.

Los sentidos impregnan la ruta que recorre el deseo para verse satisfecho. Por ejemplo, es casi posible sumergir las fosas nasales en el vaporcillo proveniente de la sartén del Demiurgo de Al principio, el pollo, fragmento que se asocia con el proceso de escritura (de hecho, la autora misma hace la alusión con “la angustia del plato en blanco”): elegir los ingredientes, el tiempo, bajar el fuego, comprobar la sal y la pimienta, cuidar que el guiso no se queme, puede alejar una obra del pollo frío y húmedo que describe la autora al inicio, antes que el Demiurgo encuentre el acompañamiento adecuado para hacer de esa piel lívida una superficie capaz de estremecerse, de guardar otro color.

Olfato y gusto, tacto, vista, siguen constituyéndose en nuestros guías entre el engranaje que da movimiento a este “artefacto literario”, como lo califica la cuarta de forros. Llama la atención un casi tacto, por así llamarle, sentido intermedio presente en dos textos: Joven desnuda, de pie y Ossia. En el primer caso toma el aspecto de vista, de cambios de posición delante de un espejo de baño cubierto de vaho. Ese casi tacto, en Ossia es literal: “…siempre he pensado que existía una suerte de punto G de las cosas, una perfecta posición de la mano en donde nace el erotismo. Un poquito antes del mundo piel, querido, justo antes del mundo piel”. En ambos textos la vida de este sentido intermedio es breve; termina desembocando en el tacto, sin remedio: palpar los propios pezones, en el caso de Joven desnuda, de pie, caricias sobre una piel ajena –propia durante cierto tiempo–, besos y momentos en los que se comparten las sábanas en Ossia.

El temor es otro de los rostros del deseo; temor a verse satisfecho, a descubrir algo desagradable en su satisfactor. Y entonces el deseo prefiere quedarse sólo con “La nuca de la señorita Nuca”, pese a conocer parte de su itinerario, pese a desear un poco más: “Debo conformarme con las 8:27 y con la felicidad de encontrar tu nuca, tu presencia es suficiente y yo, como todos los pobres hombres, quiero más, aún más, que voltees tu cabeza”. Entreveo en 8:27, Las ventanas un poco de idealización permeando el temor: de obtener algo más que la nuca a las 8:27 la unión entre esa Ella y quien la observa, el silencio compartido, podría resquebrajarse, dejando en vez de puentes algo que los separaría sin remedio. Es mejor quedarse así, a media distancia; de ese modo el deseo sigue con vida, pues un deseo satisfecho ha dejado de serlo.

Existe otra especie de temor, de ceguera y sordera autoimpuestas, en El amarillo es dudoso, carta que Hélène dirige a su hermana Pamela, quien pertenece a “aquellas que pretenden ser salvadas de la indignidad por la moral”, y dice alto y presta oídos sordos a las confidencias de Hélène. Había una vez un cuarto amarillo y una cama, escucha la narración, aquella de la mismísima primera vez, escribe la autora, y más adelante señala para su lector el poder de evocación del lenguaje, el poder de recreación –de creación–: “Lo que se hizo ya no se tiene que hacer y decirlo es hacerlo por segunda vez”.

Además del intento de darle rostro y forma a algo incorpóreo, en Geometría del deseo, existe un afán de combinar disciplinas en apariencia incompatibles, como las matemáticas y la literatura. En Mitología de la espiral hay un ejemplo de esto, una frase que recuerda series numéricas, series cuya utilidad es la de memorizar algo: “Las cadenas causales son a veces sorprendentes: números / lectura de signos / sentidos / creación de una nueva realidad / pérdida del sentido de las realidades / locura / esquizofrenia / premio Nobel / cine / Oscar a la mejor película del 2002”.

Otra arista de la experimentación en la obra de Sophie Canal –experimentación que hace hablar a Julio Cortázar en el cuento Virtud de los triángulos, en el que se convierte en el punto de encuentro de las miradas de Félix y Diana– se centra sólo en las palabras, en el ángulo desde el cual se narra un mismo hecho, en el juego de tiempos que intercomunica épocas dentro de una misma narración. Ossia, ilustra no sólo el juego de los puntos de vista, sino las diferentes maneras en que se puede abordar el mismo acontecimiento –un encuentro sexual entre Hélène y Lucas, aderezado con música y con un tercer personaje, Eros–. El lenguaje es más poético en la “variante Lucas” y algo cercano a una narración casi llana, por así decirlo, en la “variante Eros”: “y luego la lánguida espera del mundo cadera que se vuelve lengua”, “Se besan. Miman los gestos leídos, vistos, entendidos”, son dos de las muchas posibilidades que las palabras guardan dentro para un mismo acto.

(Aquí llama la atención que Eros no se refiere en sus “variantes” a Lucas, sino a él mismo; “Pones el disco y te sientas a mi lado en el sofá, muy al lado mío”, dice Lucas, “Hélène pone el disco y vuelve a sentarse en el lugar que Eros había elegido sin consultarle, a su lado en el sofá”, dice Eros. La extrañeza inicial puede resolverse volviendo a las páginas iniciales, a los Personajes (en orden de aparición): tanto Lucas como Eros son amantes de Hélène; Eros podría imaginarse ocupando el lugar de Lucas junto a ella).

El juego de tiempos se encuentra en Pulcritud de los círculos (Novela de caballería surrealista). Dicho juego abre pasadizos entre la actualidad y la época de los caballeros andantes al nombrar Victoria a una espada y a un auto –el Ford Victoria–, al poner a una dama en peligro en los sueños de Catamount, el jinete, y en la época actual, junto al Ford, a un disco, a la intención de Alberto de ser un superhombre, a la frase de Paulo (“¡Haz calentar el Ford Victoria y vayamos a visitar a Madame!”)

Los pasadizos no se limitan nada más a las épocas: en este cuento es posible encontrar, como en Ossia, la diversidad en las maneras de contar, de describir. De nuevo algo sencillo como “Catamount se despertó, obsesionado por la idea de una princesa en peligro a la que debía salvar”, se contrapone a “(Paulo) Se pierde enseguida en una lenta arqueología visual del lento crecimiento de Mademoiselle de Virecourt: la planta carnívora…”

Aunque un punto en contra de lo experimental –cualquiera que sea el texto, sin importar el autor– es la confusión que puede generar una lectura. Algo así ocurre con el último de los textos, Visión erótica de un mono. Después de releer un par de veces, de imaginar la intención de la autora, se percibe la visión del deseo como algo en parte animal (Mono en la caja del cráneo de Lucas), que por momentos no se ve satisfecho (“¿El baile de Mono no te gusta? ¿Mmm, te haces la difícil, verdad?”). Pero creo que tales extrañezas forman parte de la experimentación, del prueba y error que genera interpretaciones diversas, textos nuevos que toman como punto de partida lo ya escrito.

Canal, SophieGeometría del deseo, Perú: Borrador Editores, 2012.