Profanaciones, de Charlie Punketo

Por Hugo César Moreno Hernández.

Hábitos poco presentables, niños animalizados por el pecado original que, según Freud, tiene que ver más con un cariño filial desmedido que con comer manzanas, a menos que eso sea una metáfora (o parábola), ladrones gerontofílicos en un mal día, un reventón de tripas chingón, con piedra y mota incluidos, unos tenis viejos y un poeta que sólo saca chorros de pornografía barata son las Profanaciones de Charlie Punketo, espécimen literario avecindado en Acapulco de donde, muy seguramente, nutre sus desvergüenzas y las imprime sobre papel.

En estas Profanaciones, los malos hábitos se curan con sesiones en google: “Años de darme terapia en Internet brindaron una respuesta que sosegó mi atormentada personalidad”. De esta manera se evita la mierda de pagar al psicoanalista, aunque no se escape del todo del psiquiátrico. También se puede uno quedar con la morra en el ropero para que nunca se vaya con otro güey: “Guardo su cuerpo en el rincón más íntimo de mi casa, para curar mis días oscuros”, dice el enamorado de Los tenis rotos de Vivien Leigh.

Profanar es atraer los objetos o sujetos sagrados al mundo de lo profano, es decir, al mundo cotidiano, el día a día donde las cosas se pueden manipular al antojo de cualquier hijo de vecino. Si el cuerpo y la familia, el amor y la amistad y otras minucias son sagradas, Charlie Punketo las profana al mirarlas con familiaridad y despojarlas de seriedad. Los humanos se convierten en basura cuando “Dios recordó la enemistad que existe entre él y yo”, a decir del personaje de Milagro contenido. La valentía de quien nada tiene por perder se disuelve cuando las circunstancias lo ablandan y “la cabeza-ojo envía directo a mi alma un rayo de dolor y rabia con la intensidad que le es posible desde su fragilidad”. Mientras el tabú “invita a recorrer un laberinto púbico ignorado” y la gorda se convierte en plato frío a servirse con la cuchara grande.

Los relatos de Charlie Punketo están hilados por la vida de una ciudad, pero ésta funge sólo como escenario para los acontecimientos, nunca como personaje y, mucho menos, como la forja de los personajes. Estas Profanaciones bien podrían suceder bajo el mar contaminado o en el desierto industrializado. Cada cuento, en su brevedad, fotografía un ser y un sinquehacer de la fauna citadina.

Sin embargo, metido entre este discurrir, habita un cuento de otra localidad y estilo, Un sueño carmesí, historia de un Japón samurái cercano al manga, emparentado con Kurosawa y alimentado por la literatura japonesa a la que Charlie Punketo es asiduo. Sale del esquema, del mapa donde existe Profanaciones. Los otros relatos lo ven mal, como que les molesta y no hallan su sentido de ser.

Me parece que este cuento es un juego profanatorio que desguanza el mazo de relatos para, con su sinsentido, profanar la línea. Y Charlie Punketo lo hace al final al incluir poemas, con esto logra un rompimiento a la linealidad de una colección narrativa. Incluso, con el último poema Quiero escribirte poemas de amor, pero sólo me sale pornografía barata, Charlie Punketo promete un relato que se antoja, no sé, una especie de narración bukowskiana desarrollada en algún tugurio de Acapulco. Al llegar a la página… un poema nos profana.

Charlie Punketo. Profanaciones. México: Rojo Siena, 2012.