Margarita no quiere crecer, de Julia Wong

Por Judith Castañeda Suarí.

Por regla general, o casi, los niños quieren ser grandes y los mayores regresar a la época en que su única obligación era mantener sin polvo su recámara y acomodar la ropa sucia dentro del cesto correspondiente. Los menores ven con ojos de asombro la vida de los adultos, su libertad: éstos pueden llegar a altas horas de la noche, desvelarse, ir a donde les plazca sin rendir cuentas a nadie. Parece un sitio emocionante, pero cuando se llega a él es demasiado amplio. No sabemos qué ruta seguir en medio del vértigo. Y sí, muchas veces quisiéramos se realizara el imposible de volver años y manecillas atrás.

Este sentimiento es el que podemos ver entretejido en los cinco relatos que conforman este libro, que desde la la ilustración de portada nos muestra a una persona de edad incierta: mientras brinca la cuerda como una niña, el vestido amplio y el cabello largo, de flequillo sobre la mitad del rostro, podrían muy bien ocultar las formas y las facciones de alguien mayor.

Existe otro elemento que se percibe a lo largo de las setenta y dos páginas que conforman Margarita no quiere crecer: una alusión a los orígenes chinos de la autora (Julia Wong es hija de migrantes provenientes de aquel país), esto a través de frases en primera persona como “mi abuelito el chino”, “el nombre en chino de mi padre” o “No ser. Ni peruana, ni china, ni estudiante de palabras”.

Pese a esta unidad, la obra parece dividida en dos partes: la primera la conforma sólo un cuento, el más largo, el que da título al libro; la segunda está hecha de cuatro narraciones cortas con cierto aire fantástico tres de ellas, de leyenda contada en torno a una fogata o a una lámpara de mano encendida, bajo una sábana a manera de casa de campaña.

Dicho aspecto fantástico se da no tanto por menciones a la cultura china, sino por un hecho que se oculta, que no llega a verse, como en los cuentos El pomo y Mujer gorda rodeada por cajas de cartón, en los que una anécdota sencilla da pie a un acontecimiento que bien podría tener una explicación lógica, por así llamarla… O quizá no.

En el caso de El pomo, la narradora menciona los obsequios que su tía Bertha, jefa de aeromozas, recibió de su madre muerta: un buda verde que siempre lleva con ella, y que se colgó en un “total acto de amor”, pues “nunca creyó que le traería buena suerte ni la salvaría de morir en un accidente de aviación”, unos aretes de mariposa que alejarían a pretendientes no deseados, un frasco vacío y limpio de fu yi, queso chino fermentado hecho a base de soya. Este último regalo funciona como la ventana por donde se asoma lo fantástico –una desaparición–. “Alguna vez un lugar te ahogará de pena o felicidad, entonces mételo al pomo. El pomo tiene la capacidad de guardar todo lo que quieras que sea contenido en él”, escribe Wong, y estas palabras, dichas por la madre de la jefa de aeromozas al momento de obsequiarle el frasco, aunadas a las de Javier, un compañero de trabajo en la aerolínea –“Alguien debe haberlo metido a una botella”–, nos sugieren que la ausencia del único argentino que venía en el vuelo, “el hombre apuesto del 5b”, podría no deberse a que nadie le puso atención al momento del descenso. Y los movimientos de la tía Bertha, apretar el paso, aferrar el bolso, donde guarda el frasco de fu yi vacío, no hacen sino apuntalar la suposición del lector: al argentino lo guardó en su frasco la jefa de aeromozas siguiendo el consejo de su madre, para entonces muerta: “Se llama Fede. Abre la tapa, pasa por su lado, aún sigue sentado”.

En Mujer gorda rodeada por cajas de cartón los recuerdos también se guardan en un recipiente reciclado: cajas que contuvieron zapatos. Aquí hay un retorno a la infancia por parte de la anciana, quien designa el contenido de las cajas con el nombre de tesoro, como lo haría un niño refiriéndose a canicas, trozos de papel o piedras recolectadas junto a una montaña. Al igual que en El pomo, lo que no se alcanza a distinguir es lo que presta una pincelada sobrenatural, si queremos nombrarla así, pues la anciana guarda a sus muertos. Y frases como en una de las cajas, aún vive mi gran amor, ¿viven otras personas en las cajas?, sí, soldados, no debes abrirlas, aunadas al hecho de oír disparos, de percibir cierto olor a arena –cuando a Daniel, el amor muerto de la anciana, siempre quiso manejar motocicleta en el Sahara–, brindan soporte a lo que de misterioso o inexplicable guarda el texto.

El dejo de hecho fantástico relatado por la noche va perdiéndose en los dos últimos cuentos: mientras en Leyenda del Hon Cai Si Mercado rojo de Macau se cuenta cómo un brujo mutiló a la narradora, cortándole el dedo meñique de la mano izquierda, Chung King Love es más una estampa, un encuentro en la terraza de un edificio de dieciséis pisos.

(En referencia a Leyenda del Hon Cai Si Mercado rojo de Macau, después de buscar el o los significados que tiene el dedo meñique –hacer una promesa, lo equivalente a mostrarle el dedo medio a otra persona, el dedo ligado con el corazón–, intuyo que podría ser ficticio el hecho de que sea “el dedo de la vanidad, inservible totalmente para las enseñanzas espirituales”. Lo anterior no suena tan descabellado si tomamos en cuenta los obsequios de la madre de la tía Bertha en El pomo: “su madre solía obsequiarle regalos poco comunes, resultado de alguna tradición china que con seguridad ya había pasado de moda, o que en el peor de los casos ella inventaba para no sentirse lejos de su país natal”).

Es en los dos últimos textos donde podemos ver cómo un mismo elemento –en este caso una alusión a la cultura china– puede dar pinceladas distintas a una historia: mientras que en Leyenda del Hon Cai Si Mercado rojo de Macau es algo no revelado, el centro de la narración –“Perdí mi pequeño y delgado meñique izquierdo en Macau, un brujo me lo cortó porque yo no quise revelarle el nombre en chino de mi padre, su nombre era absoluto y sagrado”–, en Chung King Love es apenas una parte del entorno del edificio, lugar éste que parece ajeno a todos los países (ubicado en Hong Kong, sin embargo), quizá ligado al que la narradora de del cuento homónimo desea para sí: “Allí viven musulmanes, hindúes, pakistaníes, chinos, ¿japoneses?, japoneses no… tienen plata y pueden pagarse mejores hospedajes”.

Chung King Love nos devuelve a las primeras páginas del libro. “La axila pesada de un país que quiero olvidar me persigue” hace que pensemos en el viaje a Buenos Aires del cuento inaugural. Me fui a Buenos Aires, porque no soportaba la idea de parecerme tanto a mi madre, confía la narradora tal vez a un interlocutor, tal vez a una libreta –“Su especialidad, debí contarlo primero”–, en un texto que quiere reflejar la no linealidad del tiempo, o eso pareciera, al cambiar de tiempo verbal, yendo de pasado a presente, incluso dentro de un mismo fragmento. Recurso que también encontramos en El pomo, pero lo que en este cuento funciona para resaltar la desaparición del pasajero argentino –está escrito en pretérito y pretérito imperfecto, al final, cuando las aeromozas se dirigen a la aduana, salta al presente–, en el cuento de Margarita no quiere crecer logra que el lector se confunda por momentos, ignorante del tiempo o tiempos desde donde están relatándole la historia; podría tratarse de más de uno.

En todo caso, en este fluir de confidencias se encuentran temores ajenos a los cuentos para asustar niños. Reales, de cuando la infancia y la adolescencia terminaron: el hecho de querer alejarse de los padres, enamorarse del hombre equivocado (según palabras de la narradora), fracasar en los estudios, la obligación de trabajar para sostener una carrera. Temores entretejidos con inquietudes como la búsqueda de la identidad, el gusto por la música y las películas en formato DVD, con tics molestos y el hábito de morderse los labios y pasar la lengua por encima del superior.

La oleada de recuerdos que forman el cuento que da nombre al libro, gira en torno a la familia de la narradora (su padre inmerso en su trabajo, su madre, quien presume ante ella una aventura –“No te fuiste lo suficientemente lejos de casa, mamáTú querías que yo te viera, por eso aparcaste allá… Los vi, luego me dijiste que me había parecido, tus mentiras tomaron otra dimensión”–, su abuelito chino), al hombre equivocado, al que llama Bukowski, a una muerte: la de su hermano Óscar. Una fecha en relación con este último evento, sospecho, es la que desencadena el texto; quizás un cumpleaños, el aniversario luctuoso, tal vez una celebración de fin de año, algo que por costumbre reúne a las familias y hace aún más notoria la falta de los ausentes.

Margarita no quiere crecer guarda en sí una frontera desde la que el lector joven puede ver su tiempo venidero a media distancia, consciente de él, pero sin separarse por completo de los territorios seguros a lo largo de los que ha estado caminando.

Margarita no quiere crecer, Suplemento de Libros

Wong, Julia. Margarita no quiere crecer. Perú: Borrador editores, 2010.