La apariencia de las cosas, de Pablo Brescia

Por Hugo César Moreno Hernández

De las manos inquietas por la escritura de los escritores o la función autor en operación

La apariencia de las cosas se descubre en la ficción del objeto llamado libro. Sobre el libro, su creación, su manipulación, la inexistencia de los sonidos acallados por la cápsula letra, Pablo Brescia desarma y rearma la escritura, alcanzando altura, yendo muy por encima de la metaliteratura (no hallo prefijo que tenga la capacidad para dar a entender lo que Brescia busca y logra con la brevedad de los textos que construyen La apariencia de las cosas). Aunque no es asunto de estar muy por encima, sino una suerte de penetración genética, una especie de especulación viral sobre la escritura y los grandes escritos. Sobre el autor reintervenido en su texto repitiendo hasta la novedad. El primer autor, como función, totalmente despersonalizado “Sería transgresor de los límites dimensionales, conocedor de lo absoluto: el primer humano libre”, es decir, el individuo emancipado, totalmente desujetado, el autor disuelto en la textualidad, fluctuante, inalcanzable: “Los idealistas pedían su cabeza por conservar y los conservadores por idealista”.

Los breves relatos (o relatos breves o microrelatos o los textos a veces henchidos de pura forma, sin precisar de nudos y desarrollos) escriben y se escriben en su entorno urbano. Las líneas por donde los animales de ciudad cartografían su existencia sirven a Brescia de página arruinada donde el blanco aparece como letra, en un movimiento paradójico, los ojos leen buscando estática y comprensión bajo los túneles y lugares cerrados, para fortificar la función-autor con la capacidad-lectora, el personaje se pierde hacia fuera para ensimismarse con el recuerdo: “Miraba por la ventanilla y pensaba en ella, en la infamia de la despedida, en mi rechazo a lo que yo creía muestras de piedad”, el personaje se coloca para conseguirnos lugar, el lugar del autor-lector y operar la función: “Subí y me ubiqué en los asientos para los que viajan sin más compañía que su soledad”. Bien dice Deleuze que la lectura enceguece. También ensordece, nulifica el cuerpo para constituir la fuerza que descifra y se plasma. Sordera y ceguera cualificadas para forzar la aventura, mirar el devenir, el deambular del cuerpo inerte, adormecido y lanzado como sentado en un vagón del metro, donde “el tren ejecutaba sinfónicamente su oscilación adormecedora; las estaciones cambiaban de nombre con indiferencia. Nunca antes había notado que los pasajeros del subte tienen la mirada perdida”, como si leyeran la lejanía del destino descubriendo la semántica de los iconos, la paciencia de las cosas en espera de golpearnos con su apariencia. En un momento llegamos al punto final, la última página y “la máquina se detuvo; creí que nadie me vio llorar. Salí despacio”. La escritura sobre escritura de Brescia pasa de la pluma (permítase el arcaísmo, debería decir teclado, pero imagino a Pablo Brescia terco con marcar el papel con punzón) al cuerpo para mediar texturas. A pesar del tono ciclópeo, desciende a la cotidianidad para llenarse de absurdo y beber ficción con los amores-desamores citadinos del eterno nómada urbanita, inmóvil en su trajinar, pues “el metro la ponía de buen humor o, al menos, le otorgaba a sus días un cierto aire de riesgo. El subsuelo era símbolo de lo prohibido, de lo que se esconde” y a quien confiesa “me repugnan tus constantes caricias, tus ojos plenos de melancolía, tus labios que buscan los míos, tu propensión a la lágrima”. Sí, el autor desgrana miradas ahítas de miedo y estrés, angustia que “Después de asestarle, con calma, veintisiete puñaladas asépticas, pensé: “siempre estuvo confundida…””, la acción está escrita.

La apariencia de las cosas exige moverse línea tras línea de la calle al interior de la casa y más adentro, a la oscuridad de la ceguera. La mirada hacia dentro, imposible por la oscuridad, descubre el sendero a la luz gracias a la acción femenina (será palabra la mujer o la mujer palabra, sobre todo escrita). Ella: “Me propuse explotar esas falencias de su personalidad, sabiendo que todo ser humano es esclavo de su modo de sentir el mundo y de las ficciones que construye a partir de esa relación”. Él continúa esclavo de su manera de sentir, pero nos abre con un flash el color y el cuerpo en trazos de literatura.

Está ese otro misántropo (condición que nos aqueja a la mayoría de los paseantes de la ciudad) a quien le gustaría destrozar el mundo y vivir en el paraíso borgiano, rodeado de lo mejor que puede hacer la humanidad: “Pensás que si cayera una bomba limpiaría toda esa desgracia de mundo… Han muerto los sujetos y viven los objetos… Sonreís. Nunca te había gustado la gente; preferías la soledad de las palabras impresas”. Las bibliotecas se convierten en casas, algo inconcebible si atendemos a la advertencia sobre que el lector es una especie en extinción, como señala Brescia, posible en estas cosas sumergidas en su apariencia libresca, inconcebible, “Algo tan inconcebible como una novela de Borges sólo podía conjurarse en un espacio y un tiempo muy bien delimitados”, entre páginas.

A cada relato, Pablo Brescia nos prepara al cierre, a la digresión sobre sangrar letras, a discernir entre tinta y sangre, sufrimiento y motor. Asco a la escritura o asco por la función autor. El autor se desmarca, “Simplemente se dejará vivir. Y, como para nosotros –supuestos escritores– vivir significa escribir, el escritor se deja escribir”, se escribe a sí mismo describiendo el acto de escribir, mutilación de los sentidos, ablación del tacto y la pasión por rayos de sol, la intrascendencia de la escritura, casi forma micción, “Yo digo que una niña al acariciar un perro siente tanto o más que nosotros al poner el punto final de un cuento”. Casi suscribo la apreciación. Casi, porque también me vibra esta: “Escribir es (des) sangrar un poco”. En ese poco no hay emoción del asesinato. Apenas leve sangría para flagelar el espíritu y arrastrar el lápiz (gracias por el arcaísmo, sería mejor decir: aporrear las teclas), apenas punta envenenada para no frustrar la ficción y dejar con su mierda la realidad donde “el mal debía perdurar, aun a costa de la vida de Marcelo, su lector más fiel. Porque, en casos como éste, la ficción debe superar a la realidad”. O viceversa o ambas, imbricadas, asociadas, amantes. En un descuido, el autor, el texto, la escritura o la acción viva de escribir “Pero ves no puede ser ya estás queriendo escribir con ínfulas de poeta”, habrá entonces que reconvenir, retomar la cordura y escribir, porque “La escritura debería ser un goce y termina siendo tortura”.

Brescia, Pablo. La apariencia de las cosas. México: UNAM, 1997.