Fuera de lugar, de Pablo Brescia

Por Hugo César Moreno Hernández

Desde las líneas inquietas de los escritores al afuera por el acantilado del viaje

En la primera parte de Fuera de lugar, Pablo Brescia contraataca, mejor dicho, reinicia el fuego contra los escritos, los escritores y la literatura para armar historias con los cadáveres, pero no monstruos zombis, sino vidas paralelas o vidas reajustadas para fluir en su universo. Desde los dedos, pero no de las manos, sino de los pies, esos que, salvo casos extremos, no escriben: “Los dedos de los pies de las mujeres son mucho más bonitos que los de los hombres. Son delicados y no tienen pelos”, apunta Brescia. No queda más que recordar los dedos de pies femeninos y transportarse, no sé, a una habitación de hotel donde éstos acarician los labios. Esos dedos que no escriben no corren el peligro de caer en argumentos, no argumentan, son torpes. No sufren la prisión en la que el lector forjado en disciplina arroja los libros: “Los libros perdieron su placer y adquirieronsignificadoseinterpretaciones‘”. Y sin placer “entonces, hacer méritos para convertirme en un solitario y en un misántropo”.

Con Fuera de lugar, Brescia se coloca como autor, pero no en forma-función, sino en forma-dolor, quizá víctima. Visita con los cuentos a otros autores y reflexiona con sus personajes sobre la ficción usada para atemperar el tedio y la pesadez del segundero. El autor-personaje recibe el encargo que le deja mirar de reojo la falta de dolor, según un prurito extendido por el acierto, motor creativo. La vida liviana no conduce a la obra y Werner se empantana con sus lecturas para chorrear sus palabras con líneas de literatura: dolor, desamor, sismos espirituales: “Pero esa mujer, que no era suya aún, lo dejó por un poeta vanguardista estrambótico, de aspecto desaliñado, barba larga y ojos hundidos… y ella aceptó la nada, porque en esa nada había algo misteriosos y pasional que le enervaba la cabeza y el corazón… Werner… huyó de la vida hacia la literatura”. Hay en la historia de La belleza sobre mis rodillas una especie de recriminación al autor acomodado. Sensación (no quiero pensarla como crítica) que debate con el relato Realismo sucio, donde la cotidianidad se trastorna con el accidente y las memorias densificadas entre las cosas, registradas magnéticamente entre filos fantasmagóricos e historias enquistadas de sinpasión (permítaseme el salvajismo) desarticulados por el instante (el placer siempre inefable). Distorsiones que serán desactivadas, sí, escribiendo, encegueciendo, enmudeciendo para brillar en el más allá de los ojos enceguecidos por la lectura.

En Objetos raros los libros son moneda para transar gramos de levedad con el destino. Los libros son lágrimas para llorar la ausencia de fatalidad, la falta de muerte; el llanto seco (“sin lágrimas, Valdemar lloraba”), termina Brescia para elucubrar una línea directa entre literatura y muerte, controvirtiendo la supuesta marca de eternidad de ésta o todo lo contrario, quizá haciendo patente que no es el largo aliento de la obra lo que permite futuro, sino la acción presente: escribir, escribirse, leer, leerse.

Cada cuento va soltando polvo de libros, el nombre de esta sección, es decir, el Lugar, el adentro, los límites hacen cuerpo Para llegar a D.F.W. y asumir al no-escritor como función-del-autor en términos de la traición del concepto foucaultiano: la búsqueda del autor para darle carne y quitarle letras. A pesar de la traición, el personaje de Para llegar a D.F.W. tiene una coartada legítima: su fantasma. Quién no tiene uno o varios. Brescia define con exactitud emocionante lo que es un fantasma: “Los fantasmas son ausencias presentes en la memoria colectiva. Los fantasmas son sábanas de memorias incrustadas en nuestras pestañas. Los fantasmas son reales, porque no se van. Los fantasmas son huecos llenos de nada que duelen”. Huecos, pestañas, sábanas, noches, memorias atormentadas por la presencia activa de la lejanía trayendo imágenes y torturas. Sí, todos tenemos fantasmas en los cajones, en los bolsillos, en las billeteras. Sin embargo, lo inmoral del personaje es que el fantasma resulta él mismo en el anhelo y la admiración de lo que no es. La admiración de quien “se hizo escritor para hacer filosofía a martillazos o, al menos, para hacerla con humor”. Cabe decir en este momento que Brescia tiene un fino sentido del humor, el que no pierde a pesar de “escribir con ínfulas de poeta”, como dice él mismo en su primer volumen de cuentos: La apariencia de las cosas.

De la risa, mejor dicho, de la burla a la melancolía muy apretujada entre las líneas, La forma correcta de citar es el mejor ejemplo. Citaré de este relato el siguiente chiste: “La literatura no es para flagelos ni silicios; tiene que ser agente de cambio y debe comunicar”. La broma se articula perfectamente con lo que sigue: “La vida de la escritura pasa por la libertad del riesgo. Leer y escribir tienen que ser como la aventura de un trompo, no como una esfera perfecta y distante”. Al final, las disquisiciones terminan en trifulca, un clásico del humor. Lugar termina con el terror de Frank Kermode. Éste se hunde en las letras, se hiere de letras, se hace literatura y se satura de no-vida o líneas de no-ficción para ficcionar una mujer desdibujada de donde huyen los títulos y los finales. Una especie de mutilación del cuerpo usando cual cuchillas las hojas de los libros escritos.

La segunda parte es Fuera. Aquí Pablo Brescia sale de los libros y busca la aventura de viajes, locuras y suicidios, Tristezas de aeropuerto: “Él pensó si la locura consistía en eso. En obsesionarse y llevar un sentimiento hasta sus últimas consecuencias, arriesgar todo, lastimar y ser lastimado”. Lapivídeo(marca registrada) se burla de la comercialización del viaje a la muerte y El hombre sándwich de las, digamos, profesiones de un mundo hecho mercado, aunque de una manera muy sutil.

Los viajeros también tiene un tono mordaz pero aderezado con una belleza apabullante, es decir, la hermosura con que Brescia dibuja la condición del viajante a través de los objetos confrontado por el viajante con el cuerpo, utilizando el cuerpo de un niña esclavizada por el desplazamiento y el cuerpo de un hombre mayor movilizado por la representación bien puede ilustrar la condición del ser humano contemporáneo en su oscilación sociológica dependiendo de las articulaciones geopolíticas: los vagabundos y los turistas-espectadores-inmóviles, para pensar con Zigmunt Bauman. Con Los viajeros la situación destaca el dolor de ambas partes con dulzura. Las lágrimas finales sólo son belleza.

Fuera de lugar logra burlarse del sí mismo del autor sin descalificarlo, sin lanzar falsas proclamas sobre el fin de cualquier cosa (¿literatura? ¿humanidad? ¿mundo?) ni augurar la mejoría de las otras cosas no mencionadas. Destila literatura densamente sin recurrir con glotonería a la erudición, pero la hay y cuando no, la inventa o hace parecer que es un artefacto para escribir. Brescia reflexiona, pero no con un dejo de superioridad moral en el rostro. Quizá lo haga con una sonrisa sádica, con una sonrisa para lastimar.

Fuera de lugar, Pablo Brescia, Suplemento de Libros

Brescia, Pablo. Fuera de lugar. Lima, Perú: Borrador editores, 2012.

Brescia, Pablo. Fuera de lugar. México: UNAM, serie Rayuela, 2013.