Canción de tumba, de Julián Herbert

Por Rogelio Pineda Rojas.

Poeta, aspirante a vocalista de rock, adicto y personaje de esta novela, Julián Herbert reconstruye su infancia y juventud al lado de su madre prostituta, Guadalupe Chávez, mientras agoniza enferma de leucemia en la unidad de oncología del Hospital Universitario de Saltillo. El recurso: la memoria, “un discurso plasma”.

Herbert escribe así Canción de tumba, equilibrando la laptop sobre las piernas, sentado en medio del cuarto de hospital; el reggaetón que escuchan las enfermeras resuena por los pasillos y el gotero enfrente no cesa de verter paracetamol a través de las venas de esta mujer a quien ama y odia, quien se hiciera llamar durante años con el pseudónimo galante de Marisela Acosta. Escribe para pisar el acelerador del cohete que lo expulsará lejos de la angustia: “Formalizar en sintaxis lo que le sucede a uno […] más que narcisismo o psicoterapia: [es] un arte de fuga”.
Nos remite a su infancia en los prostíbulos de Michoacán, donde madre e hijo fueron porristas del equipo representativo de La Huerta, congal donde ella trabajaba. Traza a continuación la belleza acapulqueña de la madre, mujer con cuerpo tan firme que, de joven, sólo requería atarse un paliacate como sostén y enfundarse unos apretados vaqueros para levantar suspiros, y quien engendrara cuatro hijos con cuatro hombres diferentes. Encarna el discurso del niño fantasma expuesto a la orfandad, el abandono, la pobreza y la ignorancia: “Esa desgarradora noche oscura del habla”. Conceptos aquellos que definen perfectamente a la clase media mexicana, apaleada y próxima a la extinción, para la cual familia no es más que retórica televisa.

El narrador se confiesa adicto a la cocaína, al opio, al alcohol. Enumera aventuras amorosas, la paternidad a los veintitrés años, el regusto por los viajes; reflexiona en torno a la creación literaria, la poesía; la violencia del narcotráfico en el norte del país, el envilecimiento de la burocracia mexicana. Incluso, entrevista a un viejo líder ferrocarrilero y se da el lujo de detallar el origen del Hache U —nombra así al hospital Universitario— mediante una corta investigación periodística, cuya soltura remite al José Agustín de Tragicomedia mexicana.

Guadalupe-Marisela-la madre va y viene en esta habitación del tiempo, consumiéndose al paso de las quimioterapias. En tanto, Herbert se quiebra y rehace en el lenguaje, que interpreta con musicalidad. No escapan al autor las marcas de ropa, café, zapatos, medicinas; tampoco la referencia a los pepinos de mar ni a Wilde —lo primero que leyó a los diez años— o a la nueva poesía norteamericana. Alta y baja cultura se fusionan, como en Tres tristes tigres (1967) de Guillermo Cabrera Infante, y la mezcla de lo arrabal y lo sublime, el debate entre lo terreno y lo celeste, se derrama de las páginas: “Porque el valor central del arte es la impureza”. Lo que origina una escritura que avanza a golpe de contraste: rechina los dientes, emociona.

Herbert ha dicho que prefiere apropiarse de la realidad utilizando el oxímoron —palabras positivas en oposición con negativas—, y nunca la metáfora. En Canción de tumba este recurso es efectivo para pintar con crudeza y arrojo escenas que de otra forma carecerían de eficacia descriptiva. Por ejemplo: “Mi actitud, lo descubrí mientras eyaculaba [en el ano de Renata], era la más perfecta expresión del ignorante egoísmo burgués: convertir lo sublime en un centro de mesa”. O: “En el lugar de donde vengo […] el ano es el dios Jano, la flor de dos caras de la embustera masculinidad” (p.145). O: “Guadalupe descubrió una de las más rabiosas maravillas que admite la infancia: escapar”.

Julián Herbert (Acapulco, 1971) ganó el XXVII premio Jaén de novela con Canción de tumba, uno de los mejores pagados en España: 480 mil pesos, aproximadamente. Sin embargo, este tratado de la desnudez y sinceridad, abrumadora laceración al apretón de manos de las costumbres pudorosas de la literatura mexicana, es invaluable. Representa la voz de una generación lanzada a la calle por padres insensatos y el canto de quienes no conocen otro lenguaje que el de la miseria: “Años de pobreza extrema no destruyen. Al contrario: despiertan en uno cierta lucidez visceral”. Es la desnudez de un escritor que habla, habla desde la rabia, sin quejica. No hay lamentos, no hay fracaso: es un vórtice de huída. “Así, desde la fiebre o la psicosis, es relativamente válido escribir una novela autobiográfica donde campea la fantasía. Lo importante no es que los hechos sean verdaderos: lo importante es que la enfermedad o la locura lo sean”. Después de lustros, llegó la primera novela trascendental de nuestras letras.

Herbert, Julián. Canción de tumba, Random House Mondadori, 2012.