El cantante de muertos, de Antonio Ramos

Por Hugo César Moreno Hernández.

“¿Qué gano con ir al pasado? Nada. Sólo definir mis orígenes”, descubrir, quizá, una autodefinción escamoteada por la velocidad del mundo contemporáneo. Ese mundo que para la generación nacida en la segunda mitad de la década del setenta ha erosionado lo entendible y asible, lo ha licuefaccionado para dejarse escurrir entre las manos, dejándonos confusos, temerosos al futuro y con un pasado que a fuerza de ir hacia adelante, se aleja maléfico, y nos abandona al “dolor que es no encontrar a nadie que lo enraíce en la tierra”.

En El cantante de muertos sentí confabulación con Antonio Ramos, no complot, sino una especie de comprensión profunda, muy a pesar de la distancia, muy a pesar de la lejanía del norte respecto al centro. En su narración localicé lo humano de la geografía anclada en la vivencia cotidiana, la relación con el padre, con lo que el padre es y uno, como hijo, pretende ser y logra ser, una elasticidad ontológica precaria por el infortunio del futuro. Y el presente ¡ay el presente! Lamento de muerte bien indicado en las siguientes líneas del escritor regio:
Veo a mis padres con su camioneta llena de ropa de segunda, ya más viejos, oliendo la cercanía de la muerte mientras comen de prisa junto a los montones de ropa de la gente muerta, comiendo casi con vergüenza ante los ojos de los demás: muertos todos desde ya, en esa falacia que es la vida, esa ilusa fabulación, vida para morirla nada más, para enterrarla, vida podrida finalmente, cadáveres que somos, música al fondo de los clamores y chillidos”.

En la primera parte de El cantante de muertos encontré un ambiente muy parecido al de mi niñez y adolescencia. El descrito por Ramos me llevó a rememorar las pintas callejeras luciendo los nombres de pandillas, a los propios pandilleros, las muertes, las riñas, las calles vírgenes de asfalto y el polvo del invierno viciando el aire. Mi propia adolescencia convulsa.

Por supuesto, mi padre no le cantaba a los muertos y estaba lejos de ser un paria, un mariachi, a pesar de que le encanta el canto. Pero Ramos logra pronunciar lo indecible del momento crítico en que el padre deja de ser el héroe absoluto y, sin embargo, aún sostiene un aire de superioridad innegable. Esa tensión es lo que hace bella esta sección del libro, además de la relación con Sol, la abuela, lindísimo personaje que se va profundizando a lo largo de la novela. Aquí parece una vieja obsesionada con la muerte, entusiasta del viejo Alarma! y orgullosísima de que el hijo tomara el oficio paterno con diligencia. Casi una demente senil con aficiones purulentas, como azuzar al nieto hacia la muerte, hacia el placer de cantarle a los muertos, muy a pesar de los oídos vivos, las coplas tristísimas que aliviarán la pesadez del camino.

Sí, en el pasado -por lógica elemental- se halla la definición del origen, pero a veces no sirve para desenredar el presente, mucho menos para diseñar el futuro, quizá sea mejor olvidar el origen, arrancar las raíces y volar a la deriva, sin ancla. Quizá. Pero al final sólo con el origen se puede acceder a la tumba con un gramo de dignidad, nomás para decir fui.

Por eso, creo, la segunda sección de El cantante de muertos, y más que para amarrar el derrotero de la narración, nos remonta al inicio, al erase una vez Antonio Heredia, cantante de muertos y asesino quien heredó el oficio al abuelo para dañar de origen al nieto y llevarnos más y más lejos el pasado, a rancherías desérticas capaces de paralizar el corazón, arenilla flotando, sequedad raspando las gargantas y una amistad de infancia rota por leve traición. Sí, cuando el medio ambiente es hostil y la escasez el punto final de cada día, o el coma de cada oración, una leve traición implica el pago con la vida y a esas va Rodas Primero de la línea de cantantes de muertos, a cumplir la encomienda paterna, a dar muerte, a lidiar con la muerte en el sentido activo.

Dar la muerte, dice Derrida, es algo im-posible, pues es la única propiedad absoluta, mi muerte, tu muerte, la muerte es de quien muere, no puede darse, otorgarse, pues “sólo el verdadero amor y la muerte nos toman desprevenidos”. Hay que hacer otra cosa con la muerte: escucharla al cantarle ¿Qué pasa entonces con el fin del oficio? ¿La barca de Caronte se hunde? ¿El Mictlán cierra sus puertas? ¿Por eso todos parecemos fantasmas?

La tercera sección, en presente, espesa los dolores. El pasado refulge como filo de sica sin fuerza para clavarse, hiere con tímidos pinchazos y la agonía aumenta. Rodas Tercero mira cadáveres, pero no les canta, logró evadir el estigma paterno y en ello carga desdicha. La muerte siempre estuvo cerca de él y por vocación, no pudo conjurarla ni del cuerpo de su mujer. La ama y, como cualquier hombre, no sabe por qué ella lo ama, se consuela con un “supongo que todas las mujeres que nos aman, nos aman con mucho de compasión”, no queda más que aceptar la apreciación, pues con este aire de zombis endilgado a nuestra generación sólo la conmiseración nos alcanza para sentirnos un poquito vivos, al borde de la eliminación. No puedo dejar de pensar en Nietzsche al momento que escribo estas líneas, pues hay tragedia en la sensación que me dejó esta parte de El cantante de muertos, esta idea del fin, de la muerte como el acabose, cuando, al morirnos todos, cadáveres ya, sólo espera la vida. Así como dice Sol, al final, al último hombre vivo, o medio vivo, podríamos soltarle: “Ni te voy a decir que la enterramos con toda aquella muerte chorreándole del pecho, hinchándola de nada hasta explotar”, claro, refiriéndonos a la vida.

El cantante de muertos es una novela hermosa que no abusa de los clichés sobre la irreverencia mexicana hacia la muerte, incluso, no se los halla. Antonio Ramos Revillas presenta una tradición muerta y como “los muertos se revelan amorosamente, aparecen impregnados, llenos de música”, añorada. Pero no lo sé de cierto, no soy del norte y aunque he escuchado mariachis en entierros, visto grabadoras sonando rock en sepelios de pandilleros en los ochenta y reguetón en los dosmiles, nunca escuché sobre cantantes de muertos, quizá sea una bella metáfora para pensar en la supuesta irreverencia del mexicano respecto a la muerte. No lo sé. Sólo sé que a la pregunta “¿no te parece bonito que en tu funeral suenen tristes instrumentos?” respondo con un sí rotundo.

Ramos, Revillas Antonio. El cantante de muertos. Almadía, 2011.