La ciudad de los reflejos, de Gerardo Vignau

Introducción
La presentación de La ciudad de los reflejos (2019), primera novela de Gerardo Vignau (Monterrey, 1989), atrajo los comentarios de Nahum Torres y los del autor de este espacio. Ambos coincidimos en ver esta novela como un intento de traducir la ciudad de México desde los bordes y a partir de la mirada íntima de ‘Tomás’, protagonista de la historia. Las sombras y deseos de este personaje concurren en una intimidad que se desdobla a partir de ciertos objetos que poseen un simbolismo particular: un piano, una persona, una mirada. Un tufo existencialista envuelve esta obra bajo una capa oblicua, paralela y soñada. Esta novela anuncia a un autor con un cúmulo de obsesiones que, seguramente, le servirán como brújula para orientarse en las exigencias que demanda la literatura.

A continuación, sírvase el lector encontrar los textos íntegros que se leyeron para dicha ocasión.

Soñar un piano
por Nahum Torres

¡Oh, ama, ama tanto como puedas!
¡Oh, ama, ama tanto como debas!
Llegará la hora, llegará la hora
En que sobre las tumbas te lamentarás.
Ferdinand Freiligrat, “¡Oh, ama, ama tanto como puedas!”.

1. Divida en dos capítulos de cinco segmentos cada uno, más un pequeño Epílogo, La ciudad de los reflejos, primera novela de Gerardo Vignau, tiene como eje central la aflicción de ‘Tomás’ ante el sentimiento de pérdida en primera instancia ante la ruptura sentimental con ‘Helena’, su amada, pero con origen en la reciente muerte del padre, de nombre Francisco. Lo que el narrador nos relata es la ansiedad y depresión de ‘Tomás’, y por tanto, más que una trama, la obra de Vignau nos lleva por pasajes de un estado mental fracturado que se manifiesta mediante paisajes flotantes y frases que reverberan.

Estos paisajes flotantes vienen en formato onírico o a manera de recuerdos, contraponiéndose a lo que conocemos como realidad visible.

2. La urbe es un elemento que permite al protagonista de esta historia transitar el primer cuadro del centro capitalino o de Tlalpan, pero estos recorridos que emprende ‘Tomás’, dan paso no sólo al redescubrimiento arquitectónico de la ciudad de México sino que también, son transiciones que van de lo externo a lo interno, de un todo (la ciudad) a lo más pequeño (la habitación, es decir, la intimidad del personaje).

‘Tomás’, desde la habitación en su departamento, mira la ciudad:
Abrió la ventana y se quedó largo rato mirando la miríada de luces que al norte de la ciudad titilaban como a través de un líquido traslúcido. Verlas era abrumador, casi embriagante (…) A través del marco blanco de su ventana, la inacabable Ciudad de México se dibujaba como pintura al óleo.”

El narrador de este relato es consciente de que existen otros relatos, millones, dice. A la mitad de este mismo párrafo se lee:

Observó con cuidado las fachadas, perdiéndose entre las sombras que se alzaban solitarias y silenciosas, y se preguntó qué tantas millones de historias estarían convergiendo allí frente a sus ojos.”

La novela da cuenta de una fragilidad en la organización social desde un relato existencialista sobre un extraño en la metrópoli. Como diría Benoît Mandelbrot (a quien el narrador cita en algún momento): cada parte es similar al todo pero más pequeño. No extraña entonces que la tarde que ‘Tomás’ conoce a ‘Helena’, ella porte entre sus manos un libro (ficticio) intitulado La consumación de Grecia, de un presunto filósofo: Guillermo Haller, quien, nos dice el narrador, en dicho ensayo se adentra en la ontología del mexicano para realizar “un férreo ataque hacia la crecente segregación económica” en el primer lustro de la década de los 80 del siglo pasado.

3. Como si fuera un ‘Antoine Ronquentin’ sartreano del siglo XXI, ’Tomás’ cancela cualquier aventura. Se instala en la disforia, el pesar y la ira. Encerrado en su habitación rememora una escena familiar: su padre, ‘Francisco’, interpreta en el piano el Nocturno no. 3 de Liebesträum, de Liszt. En el segundo segmento del segundo capítulo, ‘Tomás’ decide telefonear al hermano, reunirse con el tío, e incluso sale de casa para intentar recuperar el instrumento que su padre vendió a una mujer, ‘Carolina’:

Todo se mantuvo en silencio. Una ansiedad lo tomó por completo. Inerme, sintió que un peso invisible caía en la gran bóveda de su mente y en medio de ese caos, como un presagio, se imponía el vacío que lo abraza todo”, explica el narrador el sentir del personaje tras la frustración al no poder recuperar aquel piano, simbólico asidero para obtener la paz interna anhelada.

A su regreso a casa ‘Tomás’ se adentra en la Iglesia La Profesa, también conocida como Oratorio de San Felipe Neri, donde se atreverá a confesarse ante un sacerdote.

Cabe mencionar que en arameo Tomás significa “gemelo”. Una dualidad que en el caso del ‘Tomás’ de esta novela se muestra como una fractura de la personalidad mediante “un murmullo interno” o un “pensamiento obseso” que va quebrantando la existencia del personaje.

4. Cada generación tiene derecho a escribir su propia náusea. En el caso de La ciudad de los reflejos, la expresividad de Vignau es suave, sin exageraciones barrocas, lo que le permite construir atmósferas melancólicas, a la vez que reverberantes. Aclaro que no conocía a Gerardo Vignau, por lo que ignoro si es arquitecto, físico, matemático o místico. Lo comento porque, de igual manera, desconozco sus obsesiones y su intención como autor. Sé que es músico, y por tanto, no me resulta casual que su primera novela no sólo tenga referentes plásticos y arquitectónicas sino también sonoros, vibrantes. De allí que cobre sentido la polivalencia de su título: La ciudad de los reflejos, entendidos estos últimos desde el efecto físico, la reverberación de la luz, así como las resonancias en ciertos fraseos… y el conjunto de reflexiones que Vignau nos propone en esta su ópera prima, tan radiante como la búsqueda de “un sosiego repentino”, una restauración emocional al malestar que nos aqueja ya sea en el plano individual como colectivo.

La ciudad de los reflejos
Por Guillermo Fajardo:

Cuando el universo se formó, hace trece mil ochocientos millones de años, y comenzaron a surgir las estrellas, los planetas, los soles y los hoyos negros, las galaxias comenzaron a expandirse, primero frente a sí mismas, como admiradas de su nacimiento, y después a separarse de las demás, como celosas de la belleza de los otros seres cósmicos. Este milagro de polvo y de gas y después de vida nos sugiere a los seres humanos misterios insondables que acaso solo Funes el Memorioso, personaje de Jorge Luis Borges, podría registrar en su memoria. En esta vasta expansión estelar, existen cúmulos y supercúmulos de galaxias que están unidas entre ellas por filamentos galácticos, fideos estelares que se expanden millones de años luz y que unen con superestructuras estelares. El universo es la próxima frontera de la imaginación científica.

Nosotros pertenecemos al filamento Laniakea, que tiene forma de fénix. Nuestra vía Láctea se encuentra en una de sus puntas. Es decir, formamos parte de un monstruo y estamos unidos a él por una suerte inaccesible a nuestros cerebros. Con la literatura pasa lo mismo: todos los escritores en lengua española estamos unidos a lo que Carlos Fuentes llamó “la tradición de la Mancha” de donde él y todos los escritores en lengua español venimos. El reto planteado por Carlos Fuentes tiene la vista puesta en la eternidad de don Quijote de la Macha y su genealogía perteneciente a la pura realeza literaria.

Esta breve digresión me sirve de pretexto para demostrar que, como los filamentos galácticos, la presentación y la escritura de una obra en español nos sugiere una relación inevitable con nuestro pasado literario y nuestro presente creativo. La ciudad de los reflejos, de mi amigo Gerardo Vignau, no solo viene de ese instante peninsular sino que busca recrearse como novela de iniciación y de sorpresa. La mirada de Vignau que se posa sobre la ciudad de México también tiene su propia tradición: la de Guillermo Fadanelli, J.M. Servín, Juan Villoro, Salvador Novo o Carlos Monsiváis, pero también la de la condesa Paula Kolonitz que llegó a México con la emperatriz Carlota y la del administrador colonial Henry George Ward y la de los primeros conquistadores.

Así, pues, La ciudad de los reflejos posa su mirada sobre una ciudad con una vasta tradición literaria y se la apropia. El protagonista, ‘Tomás’, ve en la ciudad una catacumba incomprensible, pues camina “absorto y embelesado”, navega en la imaginación primitiva de la ciudad, pues se imagina “esos mismos muros de granito y tezontle resplandeciendo ante un sol cuatrocientos años más antiguo”. Acaso nuestro primigenio cronista, Guillermo Prieto, estaría orgulloso de esta mirada del protagonista y de esta gresca existencial que lo sostiene, pues el mismo Prieto creía que en nuestras calles se podían “leer nuestras revoluciones, nuestros desaciertos, y servir de termómetro de nuestros atrasos o adelantos”. El lector verá que ‘Tomás’ no es un ser perdido ni un mártir de las profundidades. Sabe lo que quiere aunque su significado se le escape: busca el amor en la mirada de una mujer que se llama ‘Helena’, busca reencontrarse con un pasado que le da en la cara a través del piano de su padre, el tiempo lo mide a través de sus silencios. Esta novela no solo ofrece una intimidad impenetrable por medio del misterio de ‘Tomás’, sino que se expande a través de los otros protagonistas. Las presencias que se vuelcan en la novela son iguales de incomprensibles, pues parecen seres a la deriva, sombras oblicuas en busca de su camino. La ciudad de México, por supuesto, vuelve está búsqueda todavía más difícil, pues su aspecto de laberinto, que no vale ni siquiera la pena mencionar por la desagradable sospecha de volverse cliché, revuelve la psique de ‘Tomás’ y la deshabita.

El lector podrá preguntarse de qué trata esta novela. La pregunta incomoda, pues ninguna novela trata de nada. Pedro Páramo podría ser la historia de un cacique que impone su voluntad sobre ‘Comala’ pero también de los silencios que la muerte impone. Cien años de soledad puede ser la historia de la fundación mítica de un pueblo improbable, pero también de las formas de hacer inteligible la realidad latinoamericana. La ciudad de los reflejos podría ser la historia de un ‘Tomás’ perdido ante su propia conciencia, pero también la historia de un hombre que busca poner su felicidad ante objetos que podrían tener o no un significado. Al final, ‘Tomás’ encuentra o parece encontrar algo de paz después de un sueño. Resulta satisfactoria esta solución onírica, pues desplaza a la realidad como sujeto de nuestras desgracias para poner a esa confusa barrera de la imaginación y la conciencia como antesala de una paz. Un sueño, por cierto, podría ser el universo en el que habitamos como manifestación de una razón o una locura superior. Así como nosotros estamos unidos por esos filamentos galácticos, “La ciudad de los reflejos”, al final, parece unida a ese universo en expansión que es la literatura en español.

Se sabe que en el universo existen zonas en donde no hay nada o muy poco, lugares vacíos en medio de este carnaval galáctico y que han confundido a los expertos. Tomás parece suspendido en una de esas zonas. Quizá todos lo estemos.

Concluyo con la esperanza de encontrarnos con alguna estrella.