Todos mis padres, de Fernando Yacamán

Por Ernesto Reséndiz Oikión.

Al cumplir quince años, en la boda de su madre, ‘Luis Habib’, el narrador de la novela Todos mis padres, tiene las cosas claras, y no va a comprar fácilmente el cuento de la familia feliz, la casita y el perro: “mi mamá, algo borracha dijo que quitara mi jeta y me repitió que al fin formamos una familia. Pensé que esa noticia, antes, tal vez me hubiera emocionado, pero a los quince años ya no me interesaba tener un padre, quería un novio”.

Un padre que sea tu padre. Un padre que sea tu mejor amigo. Un padre que sea tu novio. Un padre que sea tu amante. El domingo 16 de junio se celebra el día del padre en México, se trata de una fecha tan inventada por el mercado como esa invención social que llamamos figura paterna. Si en México las mamás lo son todo: son al mismo tiempo madres y padres, hogar, sustento económico, soporte emocional, maestras de la vida y amor eterno, en contraste la figura paterna es una ausencia. Los papás son esos perfectos desconocidos, incluso si viven bajo el mismo techo. Distantes, poco comunicativos, desaparecidos, los padres mexicanos son para muchos de sus hijos un signo de interrogación enorme, una pregunta sin respuestas. Los padres son una ficción.

La mejor novela de la literatura mexicana de todos los tiempos narró de forma poderosa la incesante búsqueda de un hijo por su padre; me refiero, por supuesto, a Pedro Páramo, de Juan Rulfo. “Vine a Comala, porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, dice Juan Preciado al inicio del libro. ‘Luis Habib’, el protagonista de Todos mis padres, a su vez puede afirmar: Vine a Ciudad Satélite, porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal ‘Coyote’. El escritor Fernando Yacamán Neri hace explícito los ecos de Juan Rulfo en su narración con un epígrafe de Rulfo al inicio del libro: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

En su primera novela publicada, Yacamán ha renovado el tema clásico de la ausencia paterna de forma divertida, desafiante y de una sinceridad estrujante. Fernando Yacamán hace explícito algo que Rulfo no se habría atrevido a imaginar: el deseo homoerótico entre un padre y un hijo. La escritura de Yacamán, que oscila entre la ternura y el deseo, la introspección y la brutalidad, la solidaridad y el abandono, significa una emocionante provocación que se desmarca de los aburridos lugares comunes homonormativos de la literatura gay mexicana actual.

El narrador ‘Luis Habib’ nació el 17 de septiembre de 1985, el día del terremoto del 85. Su madre Sofía lo parió en el Hospital de Pemex cuando toda la ciudad se derrumbaba. El padre de ‘Luis’, ‘El Coyote’, un hombre de raíces árabes, sólo le regaló una lata de leche Nido y unos aretes. Quizá por ello, ‘Luis Habib’ y ‘Sofía’ son damnificados de ese sismo que es la ficción, tan implacable como la vida misma. ‘Luis’ nos va contando su historia que se deja leer con gran facilidad y placer, nos comparte sus recuerdos de niño de clase media jodida en Azcapotzalco, su despertar homoerótico, el recorrido incesante por la Ciudad de México en la búsqueda de sexo, el amor frenético en los tiempos de Grindr, el encuentro efímero de un abrazo justo cuando la frustración pega más fuerte, la solidaridad de la amistad cuando todo los demás está perdido, las noches de complicidad y alcohol en el Gato Calavera, ese tugurio fabuloso donde platiqué con Fernando Yacamán en una presentación de otro libro, mientras la música retumbaba en las paredes: El Gato Calavera, ese hoyo negro que es el refugio para Luis Habib y su mejor amiga ‘Natalia’.

La historia se desarrolla en trece capítulos titulados con sustantivos directos: leche, ecos, alcohol, grito, espuma, silencio, pirotecnia, temblor, bestiario, bruma, extranjero, aullido y coyote. La narración de ‘Luis Habib’ fluye con agilidad entre el pasado de su infancia y adolescencia y el presente donde da clases de español. Paralelamente al diario rojo donde ‘Luis’ registra sus encuentros sexuales con otros hombres, nos va contando los romances de su mamá. ‘Luis Habib’ busca a su papá en el cuerpo de otros hombres y Sofía busca un padre para ‘Luis’. Destaca la capacidad de Fernando Yacamán para construir la subjetividad en ruinas de los personajes.

Como dice la canción, a ‘Luis’ le gustan mayores, de esos que llaman señores. Los vínculos sexoafectivos entre adultos y muchachos en la literatura gay mexicana casi siempre han sido narrados desde la sordidez de la prostitución, Fernando Yacamán explora otras posibilidades al contar estos encuentros desde el deseo homoerótico que se identifica con la figura paterna, lo que hace mucho más compleja la construcción de la identidad. Un recuerdo infantil de ‘Luis Habib’ con su padre hace explícito este deseo: “Reconocí al hombre que salió de un auto negro. Me impresionó su estatura. Miré hacia arriba para ver su cara y mencioné: ‘Yo soy tu hijo’. Me cargó por las axilas y me puso frente a su rostro. Cara a cara me di cuenta que sus ojos estaban caídos, ‘tristes’ mencionaba la gente; eran igual a los míos. Tenía muchos pelos en sus brazos y de su camisa desabrochada asomaban más. Yo deseé tener todos esos pelos, las cadenas que colgaban de su pecho y también el reloj de oro que llevaba en la muñeca izquierda”.

Yacamán dinamita los cánones de belleza de la homonormatividad, porque el deseo de ‘Luis’ palpita con hombres mayores, cuyos cuerpos no están esculpidos por el gimnasio. ‘Luis’ busca a su padre en ‘El Centauro’, un profesor de geografía, casado, que vive en la calle de Motolinía; en ‘Santiago’, el dandi que conoció en la librería Rosario Castellanos y cuya verga curvada le fascina; en ‘Sebastián González’, conocido como ‘El Ojo’, un pintor mediocre, que vive en la calle de Durango en la Colonia Roma, con quien compartió alguna vida pasada y con quien se pierde en el mezcal, antes de que ‘El Ojo’, desaparezca misteriosamente como si fuera un fantasma de su deseo.

En forma paralela, a esta trama homoerótica, ‘Luis’ nos cuenta la búsqueda insistente de ‘Sofía’ por darle un padre, que en realidad es la manera que tiene para hacerse compañía en medio de una tremenda soledad. Por la vida de ‘Sofía’ pasan ‘Eugenio’, un médico gordo, chaparro y feo; ‘Julio’, el contador judío fortachón de Pemex, que comparte la ducha con ‘Luis Habib’ en un viaje a Cuernavaca; ‘Vicente’, el jefe de ‘Sofía’ con quien se casa y los lleva a vivir a un penthouse en la San Miguel Chapultepec; es tal la soledad de ‘Sofía’ que incluso intenta una cita con ‘Eréndira’, una compañera lesbiana de su trabajo en Pemex; y su codependencia se revela total cuando convive con ‘Howard’, un gringo gordo holgazán que la tiene como esclava en un departamento en la Napolés.

Además de mi atracción por los hombres mayores, comparto con ‘Luis Habib’ ciertas lecturas de autores que nos gustan como el dramaturgo José Dimayuga, quien tristemente murió en noviembre de 2017. ‘Luis Habib’ lee a Pepe Dimayuga como un amigo y un cómplice:
Una noche me encontraba en mi habitación. Vicente tocó la puerta e interrumpió mi lectura: Hotel Pacífico, de José Dimayuga.
-¿Podemos hablar?
Hubiera preferido que no se sentara en la cama.
Tu madre me contó que eres homosexual.
Odié la manera en que pronunció la última palabra
.”

En lo personal uno de los momentos que más me gustó de la novela es cuando ‘Luis Habib’ comparte con sus alumnos el poema que el peruano César Moro le escribió a su gran amor, el cadete mexicano Antonio Acosta Martínez. Este poema es uno de los más apasionados de la poesía del siglo XX, y es el mismo que ‘Luis Habib’ lee al ‘Centauro’ durante una tarde de sexo:

-Léeme el poema- dijo mientras cogíamos-. Ese que hace tiempo querías decirme.
Lo ignoré pero insistió. Tomé el teléfono celular del buró y abrí el archivo.
-Antonio puede destruir el mundo en un instante.
-Fuerte.
-Antonio es el fuego interno de la tierra.
-Más fuerte, cabrón.
-Antonio fecunda las estrellas.
Agarraba mi piel como si fuera tierra.
-Antonio nace de la noche.
Sentí su semen en mis entrañas.
-México crece alrededor de Antonio.
Mis mecos salpicaron en las sábanas. Alcé el rostro, observé la luz que atravesaba la ventana. Miré sus ojos grises perdidos en las sombres. Lo besé hasta que me venció el sueño
.”

Todos mis padres es una novela que disfrutaremos no sólo quienes gustamos de los papás, papitos y papacitos, sino cualquier persona sensible dispuesta a dejarse llevar por el terremoto de una narrativa estrujante. La obra de Yacamán es un sismo potente que cimbra los lugares comunes literarios. Los invito a leer una estupenda historia de la que nadie sale indiferente.

Yacamán, Fernando. Todos mis padres. México: Ediciones Periféricas, 2019.
____________. España: Editorial Siníndice, 2019.