El incendio de la mina El Bordo, de Yuri Herrera

Por Miguel Ángel Hernández Acosta.

La literatura de no ficción tiene un largo camino en Latinoamérica. Desde El carnero, del colombiano Juan Rodríguez Freyle, que narraba el asesinato de una familia en el siglo XVII, hasta la hoy tan nombrada crónica latinoamericana contemporánea. Algunos de los narradores más destacados de nuestra tradición se han permitido contar a través de ella las historias que el poder ha querido ocultar o de las que ha pretendido mantener vigente una sólo versión. Ahí está Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez que le valió ser perseguido por su gobierno; Operación Masacre, del argentino Rodolfo Walsh que provocó su desaparición; o Asesinato, de Vicente Leñero, pieza enorme del periodismo narrativo. De esta tradición es de donde abreva El incendio de la mina El Bordo, de Yuri Herrera.

La historia, como se advierte en el título, narra el incendio de esta mina. Pero hace algo más: cuenta cómo los mineros que sufrieron dicho evento son la parte más silenciada y menos tomada en cuenta por las autoridades y por los periódicos que utilizaron dicho acontecimiento para tejer una historia de magnates y funcionarios preocupados por unos empleados a quien en realidad jamás tuvieron en cuenta.

El incendio, ocurrido a principios de marzo de 1920, llegó a conocimiento de Yuri Herrera como un rumor, como el cuento que un familiar conoce y que pasa de boca en boca. Su investigación, que en un principio fue una tesis doctoral, se nutrió de archivos de la época, de expedientes judiciales, de notas informativas de El Universal y Excelsior, de las crónicas de José Luis Islas y Félix Castillo García, y de la novela de Rodolfo Benavides. Sin embargo, más allá de la descripción de las fotos, de la síntesis de los expedientes, del parafraseo de las notas periodísticas, la historia que cuenta Herrera es la del silencio, la del contexto, la de los otros; es esa historia que, como él mismo dice, es necesario descifrar.

De inicio hay un incendio, unos mineros que corren para salvarse, que son incapaces de advertir a los demás pues en El Bordo parece nada funcionar como debiera. También hay un tal Berry, del que nunca se sabe el nombre, y quien decide cerrar todas las salidas de la mina para extinguir el fuego argumentando que ya no hay mineros dentro, aunque jamás tenga esa certidumbre. Y hay también periodistas que mientan, autoridades que no hacen su trabajo, fotógrafos que sólo toman cuatro placas con tal de no gastar, e individuos que ante la tragedia esbozan sonrisas, fuman puro y posan mirando a la cámara. “Pareciera que están muy preocupados por salir en el documento oficial como hombres impertérritos que nunca pierden la elegancia a pesar de estar sobre una tumba ardiente”.

Hay, además, como en una especie de pesadilla mexicana, hombres cuyo patrón es el dinero, escenas del crimen alteradas, funcionarios que revictimizan a las víctimas y que dudan de su honorabilidad. Porque una madre, una tía o un abuelo pueden mentir sobre la muerte de su pariente con tal de recibir unos pesos en forma de compensación por parte de los dueños de la mina, pueden fingir esa muerte y su dolor, pueden encubrir a un charlatán; pero si son los poderosos quienes afirman que han estado personalmente en las labores de extracción de los cadáveres, nadie duda, por más que nunca se los haya visto siquiera cerca de la mina, es más, se resalta “el gran ejemplo de humanitarismo que han dado”.

El incendio de la mina El Bordo nos muestra el machismo imperante en una época cuando a una mujer, para creerle, debía demostrar que era “mujer sin tacha”, y en la que los testimonios que valían eran los de los hombres. Habla de un momento cuando en nuestro país, en nuestra ciudad, el único discurso válido era el de los poderosos, y donde ellos podían decidir incluso cómo y dónde enterrar a los muertos, sin siquiera consultar a los familiares, pues no sólo eran los patrones, sino también los dueños de esos cuerpos. Cuenta cómo la muerte de al menos 87 personas vale lo mismo que un quiosco del Parque Hidalgo. Y, sin embargo, este libro cuenta muchas cosas más: el desconocimiento de la historia de Pachuca, del mutismo de una sociedad que pocas veces protesta; de un aparato administrado por gobierno y empresarios, en este caso estadounidenses, que aquilatan en metal sus triunfos, aunque estos sean las derrotas de la ciudadanía.

La labor de Yuri Herrera, en tanto escritor, no es sólo la de un historiador. Integrante de una generación que creía en ideales y utopías, en desenmascarar y denunciar lo que considera injusto, en sus tres novelas anteriores retrató la realidad incómoda del país. Hoy, con El incendio de la mina El Bordo, excava más profundo, en los quereres, y va hasta Pachuca para demostrar que debajo de la resignación o tolerancia, del “puro valemadrismo”, como él menciona, hay algo más: historias y personas dispuestas a recordar y con ello no permitir que el olvido sea una mordaza.

En el epílogo a la segunda edición de Operación Masacre, en 1964, Rodolfo Walsh al releer su historia se preguntaba si valió la pena contar aquello, “si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras”.
¿Qué pasará con Yuri Herrera cuando relea esta historia? No lo sabemos, pero lo cierto es que, al proyectar luz sobre esta tragedia, impedirá que el lector quede indiferente y siga fingiendo que todo es como debiera.

Yuri Herrera. El incendio de la mina El Bordo. Guadalajara, México: Cooperativa Editorial El Quinque/Editorial Periférica, 2019.

* Texto leído en la presentación del libro en la 19 Feria del Libro Infantil y Juvenil Hidalgo 2019.