Morbo sacro, de Daniel Rodríguez Barrón

Por Gabriela Fonseca.

Existe un perturbador libro sobre el insomnio que comienza con el diario de una madre que busca documentar los primeros meses de su bebé. Ella creyó que escribiría tiernas anécdotas de un nuevo ser pero terminó siendo el retrato de la desesperación incontenible de su pequeño, que no dormía. Los pediatras le sugirieron seguir escribiendo los terrores, las siestas y el agotamiento que su hijo sufría, con el fin de encontrar la forma de ayudar a la madre y al niño. De los pediatras, pasó a los médicos de distintas especialidades, a los psiquiatras y a los laboratorios del sueño. Este autor hizo su autobiografía a través de su incapacidad de dormir, y el costo que eso tuvo en todos los aspectos de su vida. El libro se llama Nada. Un retrato del insomnio, de Blake Butler.

Es un hechos científicamente comprobado que los escritores, o más bien las mentes creadoras, tienen rasgos comunes. Hay un cierto nivel de sinestesia, de sentidos alborotados y a la intemperie, desbocados y siempre invasivos. Esa sensibilidad extraña que nos separa de quienes amamos, que crea o inventa nuestras distancias y apegos, los estados de ánimo extremos que parecen llegar inesperadamente, la forma en que pareciera que nos gusta lo incomprensible. También entre los creadores existe la tasa de depresión más alta. Parece que los poetas, los músicos de jazz y los pintores abstractos son los más afectados. De todo esto, con detalle casi obsceno, habla Morbo sacro, de Daniel Rodríguez Barrón.

La literatura es siempre una autobiografía y siempre es vivencial, aunque no siempre llamemos a las cosas por su nombre. Algunos se apegan al realismo, otros hablamos de nosotros mismos escondidos en la metáfora, lo fantástico o el símil. El hombre que despierta convertido en escarabajo, el detective obsesivo y disfuncional, los niños huérfanos perdidos en bosques y los mundos fantásticos, todo esto es una realidad y todo lo que se escribe es autobiografía. Sólo se elige la cantidad de maquillaje, vestuario y efectos especiales que se usa para contarla.

Cuando leí Morbo sacro, sentí como si Rodríguez Barrón me hubiera entregado su testamento y no supe qué hacer. Pese a que la depresión, la suya y la mía, es algo de lo que hemos hablado antes, durante nuestros años de amistad, eso y del sueño que nos elude y que, según profesionales de la salud mental, es el bloque sobre el que se construye la mente sana y el estado de ánimo que ni se apaga ni explota, sino que se mantiene ardiendo de manera uniforme y estable. Muchos de nosotros carecemos de esa estabilidad, somos autos de sólo dos velocidades: 500 kilómetros por hora o sin gasolina. Hasta los bebés pueden dormir sin problema, pero no todos fuimos así. Sin sueño no eres nada. Cuando se acaban los sueños nocturnos, también se termina la capacidad de soñar proyectos que requieran de esperanza.

A lo largo del texto, Daniel Rodríguez Barrón muestra citas en las que los autores clásicos no sólo dan pruebas de su propia carga emocional, sino que también sirven para describir el periplo de nuestro narrador, que es finalmente la intención última de toda literatura, crear un circuito alimenticio con nuestros semejantes. Me explico. No es un secreto que la escritura es sanadora para quien la produce y para quien la consume y este libro está destinado a ser precisamente eso: sanar, pero al mismo tiempo es el epitafio de quien está en paz con la bestia que lo ha devorado. Como en todo, eres lo que comes, y en muchos casos eres tú mismo quien se devora. Ese tipo de testimonios no abundan en la literatura ni en la vida.

Estoy convencida de que, para aquellos que no la padecen, es imposible comprender la depresión; sin embargo, es posible llegar a entender a quien la padece. Con esto no quiero decir que Morbo sacro pretenda hacer “conciencia” sobre una enfermedad, ni es uno de esos bien intencionados argumentos arrojados en redes sociales para evitar el suicidio. Considero que para el momento en que esta obra ve la luz, corre menos riesgo de ser un libro incomprendido, sobre todo porque tiene el gran acierto de tener una narrativa muy audaz y efectiva.

Desde hace algunas décadas los escritores de narrativa se han dado a la tarea de mezclar géneros y prescindir de ingredientes convencionales que exigen un planteamiento, un nudo argumentativo y un desenlace, y han optado por las narrativas en espiral, sin principio, centro ni final; es decir, por escribir con la estructura caótica que tienen nuestras propias vidas que avanzan sin que recordemos el principio y sin que veamos el final. Ya en la primera página, el autor nos explica cómo concibió el ejemplar que tenemos en las manos, los recursos que utilizó y aquellos que decidió desechar. Morbo Sacro no es otra cosa sini una afilada vivisección del yo; Rodríguez Barrón no hace concesiones consigo mismo, y basta leer, casi al final del texto, el durísimo listado donde define su vida, un magnífico ejercicio de violenta sinceridad pocas veces visto.

El narrador nos muestra la búsqueda que ha llevado a cabo en años recientes para encontrar una salida ante su falta de sueño y de esperanza, y en la que la opción saludable del yoga es tan inútil como la insalubre del alcohol para vencer al enemigo en la química cerebral y el inconsciente. Pero ante todo, Morbo sacro es una mirada honesta, clínica, pero empática de entender el padecimiento, no como un problema personal, sino como característica y condición del ser humano.

Rodríguez Barrón, Daniel. Morbo sacro. México: Librosampleados, Col. Textitlán, 2018.