El hielo se derrite lentamente, de Daniel Espartaco

Por Hugo César Moreno.

La herencia genética es irrenunciable. En mi caso se trata, más allá de lo visible, del dedo meñique chueco y el dedo gordo del pie muy gordo. En ambos dedos están mi padre y mi madre, son la representación corpórea de su conjunción. La innegable relación sexual donde se me produjo. En cuanto a las herencias culturales, mi padre sólo pudo transmitirme la afición por el Guadalajara, nada de su religiosidad, quiero creer, se transmitió a mí. De mi madre guardo gustos y aficiones. De ninguno tengo un gramo de ideología, quiero creer. El hielo se derrite lentamente tiene como fondo la paternidad, la ideología y las formas en que ésta se transmite o no. Daniel Espartaco muestra a sus personajes arropados por esos elementos.

El padre tiene una presencia amplificada por su halo ausente. Aparece con el himno de la internacional socialista como fondo, como música incidental, no para darle aire melodramático a los relatos, sino como un chirrido, como el sonido de algo viejo incapaz de moverse con agilidad, unas rodillas desgastadas por el campo o la selva, por la lucha, por el secuestro en formato expropiación. Los padres de Daniel Espartaco tienen un dejo de amargura entre las comisuras de los labios, tienen esa mirada ajada de quien ha perdido aun cuando ganó algo. Son guerrilleros en África o Centroamérica, se afiliaron al partico comunista en la juventud, quizá en la adultez temprana cambiaron al anarquismo, pero siempre vivieron más allá de la falsedad de la familia nuclear burguesa, siempre pensaron más allá. Por eso abandonaron, por eso cayeron en la cárcel, por eso apenas si pueden donar unos centavos para ayudar al hijo a realizar un aborto y salvarlo de la prisión que significa la familia burguesa, la familia burguesa, la familia burguesa, esa familia nada peligrosa para el sistema, esa familia productora de ciudadanos consumidores.

Los padres –en el libro de Daniel Espartaco– quieren salvarse y salvarnos. Como son hombres, hombres de acción, hombres sabios, hombres moralmente superiores, tienen justificación para abandonar. No son esos hombres que llegan cansados de la fábrica, exigen comida caliente, una cerveza y un cigarro para echarse a ver las noticias salvajes. Esos son ausentes por alienación. No, los hombres padres de Daniel Espartaco son ausentes porque se suponen mejores. En el interín, son igualmente agentes de abandono, pero no se los digas, no suenes a burgués, no caigas en esas mamarrachadas capitalistas de la familia funcional, no digas algo como “ni obreros ni guerrilleros, hombres libres y deconstruidos”, no digas eso, no lo digas, no lo pienses. No lo hagas, porque de cualquier manera la paternidad se trata de darle en la madre a un hijo, de abandonarlo, sólo se procrean soledades, sólo se hereda un “aire de familia”, un color de pañal, un rojo color de pañal.

Más o menos así suenan los relatos reunidos en El hielo se derrite lentamente. Pero en América (muy a propósito el título) la familia aparece en el mejor de sus momentos, ahí donde el padre está y no se ha convertido en un adversario ideológico, pero ya no es un héroe. Se trata de un momento muy específico en la vida de los hijos, sobre todo de los varones. Es tan fugaz que no tiene posibilidad de obtener una parcela en el campo científico dedicado a estudiar el fenómeno de la familia. Ahí el padre es un referente ético, pero no se le otorga toda facultad de verdad. Ahí el padre sigue siendo enorme, pero ya no se le teme ni se le ama incondicionalmente. Ahí el padre está y en su presencia logra heredar algo más que genes e ideología, logra heredar formas de acometer el mundo, formas para vivirlo, formas para lograr padecerlo lo más dignamente posible.

Daniel Espartaco logra retratar ese momento que en el relato se condensa en una fotografía donde la familia de clase aspiracional tiene tras de sí las moles de acero y cristal más representativas del capitalismo salvaje.

En sus palabras dirigidas al lector, Daniel Espartaco dice que hay una sola historia enconada en cada página del compendio, un fantasma, esa estructura psíquica que los escritores sabemos muy bien disimular, pero siempre nos muerde los tobillos, a veces llega hasta las ingles. Es la historia propia desapropiada, la historia desde donde surgen nuestros demonios, más que las musas. Porque son los demonios los mejores redactores, las musas a penas enseñan las piernas y motivan, los demonios nos ponen las manos sobre el teclado y nos fustigan, nos torturan para blandir con la ficción, con la siempre falsa ficción, historias donde la mugre de los adentros se lava con la lectura de quienes sólo pueden suponernos. Así nos curamos, hiriéndonos. Comprendo a cabalidad por qué estos relatos le son tan queridos al autor: conozco esa historia elusiva, ese escape siempre infructuoso, ese amor por los demonios.

Sánchez, Daniel Espartaco. El hielo se derrite lentamente (relatos 2003-12). México: Librosampleados, 2019.