Ámbar, de Sergio Osorio

Por Adolfo Vergara Trujillo.

El maestro Jorge Aguilar Mora, en su ensayo “El silencio de Nellie Campobello”, a propósito de Cartucho —uno de los grandes libros de la Literatura Mexicana—, advierte que pocas cosas escandalizan a la crítica literaria como la franqueza, pues hay un “profundo pavor ante la visión directa, objetiva, amoral, inmediata” de un niño. Difícilmente podría ser de otra manera: lo que no se entiende, asusta, se evita, se rechaza.

Ya Joseph Campbell, en su influyente El héroe de las mil caras refiere que: (…) La más alta dimensión espirtual, que hace posible reanudar el trabajo de creación (…) consiste en una radical trasferencia de énfasis del mundo externo al interno (…) un retirarse (…) a la paz del reino eterno que existe ennuestro interior. Este reino (…) es precisamente el inconsciente infantil (…) todos los ogros y los ayudantes secretos de nuestra primera infancia están allí, toda la magia de la niñez (…) esas otras porciones de nuestro ser están allí, porque esas semisllas de oro no mueren.

Pero descender al subterráneo por esas semillas no es sencillo; existen decepciones, contradicciones, paradojas, pérdidas y asombros: cosas que el niño no entendió, pero que se quedan ahí, atoradas detrás de los ojos, cuyo sabor añejo, a veces rancio, de pronto regresa al paladar del adulto; y aunque nos acostumbremos a rumiar durante décadas esos retazos de memoria justo antes de dormir, la gran mayoría moriremos sin descifrar su sentido.

Ámbar

En Ámbar, primer libro de narrativa de Sergio Osorio, el autor asume el desafío del descenso a sí mismo, a través de 16 relatos que provocan emociones distintas, para configurar un código propio de símbolos universales.

Afín a la primera persona en casi todos los relatos, el autor migra su narración de la desolación rural al desamparo urbano, en un juego de contrarios que se complementan en un universo sólido, pero sórdido y a veces tan solitario como el juego de un hijo único.

La obediencia ciega a los mayores que se percibe tan arcaica como una grabadora de casetes; la emulación de los tonos del campo que se vuelve casi sonora en la lectura en voz baja; la frustración citadina de un padre —de su padre, de mi padre, de los que somos padres y de los que todavía no lo son— ante el cuestionamiento natural, sin juicio, de un hijo —y peor aún: de un hijo chiquito—, son apenas algunas de las provocaciones contenidas en este libro.

Un detalle que se agradece en Ámbar, es la poca extensión de sus relatos. Pero no se confundan: se agradece porque muchos de ellos guardan una densidad emocional de concreto, que nos sumerge en nosotros mismos, lo que nos obliga a regresar a ellos, reprimir las reminiscencias propias que provocan y leer de nuevo con atención.

Esto nos habla de todo el trabajo que contienen, confirmando la ley: si la literatura es difícil de digerir, fue mucho más complicado vomitarla.

Descubrir el “canto” de las torres de luz que atraviesan los cerros; intercalar el fuero interno del adulto atormentado con los diálogos de los niños que, traviesos, corretean entre microbuses; echar a pelear gallos sobre una partida de dominó; escuchar la cena ajena cuando se siente hambre; ensayar esas pequeñas desilusiones con las que, poco a poco, vamos dejando de ser niños.

Sergio Osorio le propone al lector concatenar anécdotas independientes en un juego de escuadras, para contar al final los triángulos que vemos. Es el caso de los relatos Micho, Allen y Cita.

La fuerza narrativa de relatos como Lobita, KLM, Raybell y el propio Ámbar —que le otorga su nombre al libro—, enlodados de realismo, no hacen más sencillos los finales abiertos que piezas como Orfandad, Mula de cuatros o Cable proponen.

Narraciones como Llantas anchas o Las batallas del hambre, desfiguran su violencia en juegos de plastilina, aunque la desilusión del niño es franca, universal, en Relevo.

Entre tantos relatos, encontramos un cuento perfectamente circular: Grillos, que quizá como ningún otro atrapa, en apenas dos páginas, no sólo la fantasía de la infancia, sino toda la magia, la superstición, el remordimiento y la lección que, lo sepamos o no, nos inculcaron nuestros viejos.

Sergio Osorio emerge de los sótanos con sus semillas y las planta en un libro que hace retoñar literariedad, arquetipos con los que todos cargamos, pero también mucho autor. Y apuesta a exponer su creación aceptando, desde luego, ser juzgado por el lector.

Joseph Campbell termina su aseveración sobre la infancia, afirmando que: Si solo una porción de esa totalidad perdida (de las semillas de nuestra niñez) pudiera ser sacada a la luz del día, experimentaríamos una maravillosa expansión de nuestras fuerzas, una vívida renovación de la vida, alcanzaríamos la estatura de la torre.

Con Ámbar, definitivamente, Sergio Osorio experimenta esa expansión de su fuerza.

Osorio, Sergio. Ámbar. Ediciones Periféricas. 2018.