Sobre Muerte por hambre, de Nicolás Fiks

En esta obra simpar, Nicolás Fiks, su autor, propone, como remedio a la vida, la última de las medicinas, el “pharmakos” extremo, en el significado que, para sí, tomaban los Reyes sagrados de la antigüedad, que se revestían de todos los males del pueblo y lo purificaban (en un acto que ofrecía un “remedio”, pero también un “veneno”), antes de arrojarse por el acantilado de Léucade y destrozarse en las rocas de abajo, bañadas por el mar proceloso: la muerte.

Fiks nos ofrece una lista (acaso una lista sacra) de nombres de ilustres suicidas “Urbi et Orbe”, que encontraron este “dulce bálsamo” (tomo este préstamo de Edgar Allan Poe) para aliviar su fiebre de vida: Carmen Puch, quien acaso se dejó morir de hambre, antes de cortarse el cabello, un fetiche para su esposo; Juan Larrea, uno de los padres de la nación Argentina; el escritor y periodista Belisario Roldán, romántico tardío; la cantautora chilena Violeta Parra; el francés Gerard de Nerval, que solía sacar a pasear a su langosta marina y se colgó de la reja de una cloaca; la poeta estadounidense Sylvia Plath, que metió la cabeza en el horno de gas y que escribió el verso: “Morir/es un arte, como todo lo demás/Lo hago excepcionalmente bien”; Virginia Woolf que se hundió en el río Ouse con piedras en los bolsillos; Alfonsi Storni, que le dedicaría un poema al otro suicida, Horacio Quiroga, su amante, considerando su decisión como un acto de libertad, también muerta por agua o mediante el agua, como antes Elisa Brown, que posiblemente se dejó caer en un pozo del río o Leopoldo Lugones, padre de una estirpe de suicidas; Ernest Hemingway y su nieta, la modelo Margaux, que decidió quitarse la vida un día antes del aniversario de la muerte de su abuelo o Martha Lynch que, temerosa de envejecer y ser olvidada, disparó contra sí misma.
Pero esta “Silva” de géneros, esta miscelánea literaria que nos ofrenda Fiks, no se limita solamente a la cuasi canonización del suicidio angustiado o desesperado, sino que apela a la filosofía para sustentar una tesis, misma que lúcidamente supo encontrar Manuel Pérez Cornejo, filósofo español que prologa la obra. Retengo unas líneas de uno de sus poemas:

“El hombre inquiere la verdad y busca afirmaciones. La muerte es la afirmación”.

Es aquí, en este “locus”, el sitio exacto, para decirlo en latín, en donde, como una cuña de hierro que penetra pero revela, la filosofía de un Philipp Batz, alias Mainländer revela, con su Filosofía de la redención (suicidado a los 35 años), que considera al mundo y al universo todo, como a los restos de un dios que murió de hastío, provocando el inicio del tiempo físico, y al tiempo humano, que no sería sino una enfermedad ontológica, del Ser que se precipita hacia el No-Ser, porque somos los restos pútridos de una divinidad muerta, las formas literarias escogidas por Fiks: la poesía, que arranca los velos de la ilusión.

Loas elevan al tiempo final, al supremo instante en donde el orgullo de vivir sea reducido, asustado y cercado, por la noble determinación”.
Y es este verso el que me pone en sintonía con la obra y acto supremo de Carlo Michelstaedter, suicida metafísico (en palabras de Giovani Papini), autor de “La persuasión y la retórica”, que consideraba que había que vivir cada momento como si fuese el último para eliminar la “retórica”, es decir, la ilusión de la vida, alcanzar la “persuasión”, el acto de poseer la muerte propia y liberarse de la “muerte en vida”, y de quien escribió Papini: “no se suicidó por ninguna de las razones por las que se matan normalmente los hombres. Él, como otros poquísimos y rarísimos pensadores que lo precedieron, se suicidó para aceptar hasta el fondo, honesta y virilmente, las consecuencias de sus ideas –se suicidó por razones metafísicas”.

Karl Kraus había aludido, al suicidio de Otto Weininger, que lo había hecho: “durante un ataque de lucidez espiritual”. Pero estas filas de filósofos suicidas tienen en sus generales de batalla a los antiguos griegos. Aunque el suicidio no estaba bien visto en la Grecia heroica (la búsqueda de la heroicidad ocupa el horizonte de eventos humanos), acontece posteriormente un concepto ético, o mejor dicho “estético”, la “Kairotanasia” (de “Kairós”, tiempo oportuno y “Tanatos”, muerte, es decir “Morir en el momento oportuno”, un suicidio digno como respuesta a una vida digna) que llega, por supuesto, con el advenimiento de la filosofía.

A Hegesias de Cirene (ha. 300 a. C.), filósofo miembro de la Escuela cirenaica, es decir, aquella creada por Aristipo, el padre del hedonismo que se ramificó en otras escuelas, se lo denominaba como al “Peisithanatos”, el “persuasor de la muerte” con toda razón. Al placer hedonista opuso el dolor, más duradero que los instantes efímeros de placer. Escribió una obra, perdida como tantas otras durante el “naufragio griego”: “El desesperado” o “Muerte por hambre” (en la que apelaba por la “Apokartéresis”, literalmente: dejarse morir de hambre), de la que Fiks toma el título, y en la cual abogó por el suicidio para, así, terminar con la inevitable infelicidad que aqueja la vida. En la balanza, pues, ponía la muerte en equivalencia a la vida aunque, para los sabios, según su pensamiento, ambas resultaran indiferentes y, con esto, unía su pensamiento a la “Ataraxia” de los estoicos, la deseada aspiración de “Imperturbabilidad”. Imaginemos a Hegesias llegando a un pueblo o aldea, presidido por sus discípulos. Una fuerza de convencimiento arrolladora amenazaba con vaciar poblados enteros, antes de enseñar desde la cosmopolita Alejandría, por entonces regida por Ptolomeo II Filadelfo, el responsable de la construcción del Faro y de la Biblioteca quien, alarmado por la ola de muertes que su prédica provocara, tuvo que prohibir sus obras. ¿Leyenda o realidad? Lo que importa es la posibilidad. Su propuesta inquietante y liberadora.

Los ecos de Hegesias resuenan en el budismo (con cuya doctrina pudo haber tenido contacto a través del noble greco-macedonio Magas de Cirene, destinatario de los budistas enviados por Ashoka el Grande de la India y haber sido influenciado por esta, según opina Jean-Marie Lafont) y en el existencialismo, en específico en las filosofías de Jean Paul Sartre y en una frase de Albert Camus en su “El mito de Sísifo”: “No hay más que una cuestión filosófica importante: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida, es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” como un ejemplo acabado de lo que se denomina el “Suicidio Ético” que busca, como realización postrera, una muerte digna ante una vida indigna.

Cito ahora a Nietzsche, que recupera tal concepto: “La muerte, ese tonto hecho fisiológico, hay que invertirlo, convertirlo en una necesidad moral: vivir de tal manera que también la voluntad de muerte se tenga en el momento justo.” Y no puedo dejar de recordar al rey Cleómenes I de Esparta, el padre de la reina Gorgo, popularizada a través del cómic y el cine en “Los 300”, la película de Zak Snyder, que se quitara la vida de una manera atroz, por lo cual se le tachó, ya en su época, de estar afectado por la insania mental. En las vísperas de la guerra contra los persas, fue encadenado a un cepo, amenazó al ilota (el esclavo) que lo vigilaba, hasta convencerlo de darle un cuchillo. Heródoto lo cuenta así: “comenzó a herirse desde las piernas; cortando las carnes a jirones fue subiendo hacia los muslos, y desde los muslos hacia las caderas y las ijadas hasta que llegó al vientre y tras cortárselo en pedazos murió”. Se dice que reía mientras lo hacía.

Cleómenes quizá había enloquecido y se había suicidado. Quizá fue ejecutado por sus parientes. O quizá, como sugiere cierto novelista histórico, el suyo haya sido un suicidio ritual, al estilo del Seppuku o Harakiri japonés.

Con esa dignidad espartana y estoica, atravesada por los ecos de un Milton, de un William Blake, de un Conde de Lautréamont, Fiks nos recuerda que lo más importante, para un suicida convencido, no es, precisamente, la muerte sino la vida. Algo que la banda “Santa Sabina”, inspirada visiblemente en Sartre y a través de la voz de nuestra amada, y fallecida, Rita Guerrero, expuso así:

La existencia es blanda y rueda y se zarandea,
yo me zarandeo, soy,
la existencia es una caída acabada,
no caerá, caerá, no caerá, caerá,
la existencia es una imperfección
.